Practiquemos la obediencia civil (sí, obediencia) para resistir a Abelardo
Frente a la retórica del abelardismo, la desobediencia tradicional requiere de un complemento: la seriedad extrema. Inspirada en la rigurosidad de la huelga de celo, esta táctica propone aplicar al régimen sus propias reglas y los símbolos de manera literal y estricta.
Fecha: 2026-09-18
Por: Tomás Molina
Ilustración por:
Angélica Duque Aristizábal (@dame_una_a)
Practiquemos la obediencia civil (sí, obediencia) para resistir a Abelardo
Frente a la retórica del abelardismo, la desobediencia tradicional requiere de un complemento: la seriedad extrema. Inspirada en la rigurosidad de la huelga de celo, esta táctica propone aplicar al régimen sus propias reglas y los símbolos de manera literal y estricta.
Fecha: 2026-09-18
Por: TOMÁS MOLINA
Ilustración por:
Angélica Duque Aristizábal (@dame_una_a)
¿Es posible desarmar a un régimen no a través de la desobediencia y la risa, sino de una seriedad implacable? ¿Qué ocurre cuando nos tomamos las promesas, normas y símbolos de una ideología con mucha más seriedad que sus propios creadores?
Frente al avance del abelardismo, la respuesta convencional suele oscilar entre la resistencia frontal y el desdén satírico. Sin embargo, existe otra vía: la seriedad extrema. Aquí, lejos someternos pasivamente, debemos aplicarle al abelardismo sus propias reglas de manera tan rígida y literal que este termine colapsando bajo el peso de su propio absurdo. Si queremos que el neofascismo se desacredite rápidamente, debemos obligarlo a confrontarse con su propio discurso.
Reírnos de Abelardo de la Espriella no es la gran arma crítica que suponemos. Al presidente le molesta, sin duda alguna, pero eso no significa que sea efectivo hacerlo.
Una vieja leyenda urbana ilustra esto muy bien. En la Unión Soviética había un ministerio secreto de los chistes que manufacturaba risas críticas del Gobierno. Lejos de minarlo, le permitía a los ciudadanos desahogarse sin que nada cambiara.
La leyenda tal vez sea falsa, pero su moraleja no lo es: la risa puede aplacarnos; produce un efecto catártico que nos hace más tolerantes de los males que nos rodean y de los cuales nos burlamos. En cambio, tal vez sea útil optar por una seriedad mortal.
Tanto confiamos en el poder crítico de la risa que mi idea suena absurda a primera vista. Permítanme explicarla.
Toda ideología oficial, por seria que parezca, toma una distancia irónica de sí misma. Por ejemplo, casi todos saben que la mayoría de abelardistas no se toman muy en serio el saludo militar. La prueba está en que con frecuencia lo dan muertos de la risa, cosa que contrasta con los soldados que sí se toman en serio sus símbolos. El problema es que los críticos del Gobierno tampoco se toman sus ideas en serio —aunque sí sus acciones—, por lo que no dudan en ridiculizarlas.
Mi apuesta es que la risa, la ironía y el desdén no son la mejor vía para mostrar el absurdo ideológico del abelardismo. Por eso abogo por la seriedad total.
Voy a explicarla con un ejemplo.
Hay una táctica sindical llamada la huelga de celo. En vez de dejar de trabajar como en una huelga normal, los trabajadores cumplen cada reglamento al pie de la letra: cada norma de seguridad y protocolo que en la operación normal se salta por sentido común, e incluso, por efectividad y eficiencia.
A diferencia de una huelga convencional, aquí el sistema no se paraliza por falta de trabajo, sino por la obediencia rigurosa e inflexible de las reglas. No se trata de trabajar con lentitud física, sino de ser “más papistas que el papa” con el reglamento. Y esto no es humor ni sátira, aunque pueda ser cómico desde una perspectiva externa.
La huelga de celo funciona porque ninguna institución sobrevive a la aplicación literal de sus propias normas. Las doctrinas fascistas no son una excepción. A pesar de la disciplina marcial que muestran en sus marchas, lo que las caracteriza en la práctica es su flexibilidad y distancia irónica.
Un viejo chiste de la 2GM ejemplifica bien esto: “¿Qué es un ario? Rubio como Hitler, delgado como Göring y bello como Goebbels”. En efecto, la cúpula nazi merecía ir a un campo de concentración de acuerdo con su propia ideología. Ninguno de los tres hombres que mencioné era precisamente un ideal ario, pero mandaban como si lo fueran.
Veamos otro ejemplo.
Bajo el comunismo checoslovaco tardío, la Constitución garantizaba en el papel la libertad de expresión, de reunión y de prensa. El Gobierno había firmado los Acuerdos de Helsinki comprometiéndose a respetar los derechos humanos. El disidente Václav Havel no ridiculizó esas promesas, sino que exigió su cumplimiento con total seriedad. El Gobierno no tuvo respuesta lógica, pues no podía castigar a alguien por invocar su propia Constitución sin exponer, en el acto mismo de castigarlo, que la Constitución era ficción y el Gobierno, un cúmulo de contradicciones.
Por supuesto, no queremos que Abelardo cumpla con su programa, queremos exponer el absurdo mismo de su programa desde una seriedad total e inflexible.
Si en el abelardismo dicen “Viva Cristo rey”, que reconozcan a Cristo incluso en los criminales que tanto quieren matar, y les den la oportunidad de arrepentirse bajo reglas estrictas, pero cristianas.
Que abjuren del lujo y la ostentación y vivan con sencillez evangélica. Que dejen de idealizar la riqueza y a los ricos, y opten en cambio por los pobres.
Que el presidente cambie los trajes finos y las corbatas italianas por el ascetismo de un líder cristiano genuino. Y no solo él. Que sus ministros, si de verdad son los tigres dispuestos al sacrificio por la patria que dicen ser, renuncien a sus guardaespaldas y opten por lo más radical de la tradición cristiana, que implica la renuncia a la violencia.
Y si no lo van a hacer, entonces que se defiendan con armas propias. Exactamente como se lo piden a los ciudadanos de a pie. Es lo mínimo que exige lo que dicen encarnar. Si cada quien se tiene que armar para defenderse, que empiecen ellos. Ya veremos qué tan efectiva es su propia política.
Y, en fin, si van a poner a Cristo sobre todo poder temporal —como lo implica “Viva Cristo rey”—, que confiesen abiertamente que odian la Constitución de 1991 y desean reemplazarla por una teocrática. ¿O qué pensaban que significa ese lema? ¿No se lo estaban tomando en serio? ¿Era una mera provocación para azuzar a sus bases cristianas? ¿La mentira no es un pecado?
Apliquemos la seriedad total. Con ella se revelará el absurdo y las contradicciones del abelardismo.
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TOMAS MOLINA, columnista invitado Tomas es doctor en Filosofía, columnista y profesor universitario. |
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Esta columna hace parte de la serie La víspera: 7 ideas para preparar la resistencia que reunirá siete columnas de opinión antes del siete de agosto para deliberar, organizar la mirada colectiva y ser más que espectadores. Puedes leer todas las que han salido siguiendo este enlace. |


