La resistencia comienza por descolonizar la mente
La víspera: 7 ideas para preparar la resistencia es una serie de siete columnas de opinión antes del siete de agosto para deliberar, organizar la mirada colectiva y ser más que espectadores. La resistencia comienza por descolonizar la mente es la primera entrega.
Fecha: 2026-06-26
Por: Mariana Llano Valencia, columnista invitada
Ilustración: Luisa Fernanda Arango ( IG: @holaahumano).
Fecha: 2026-06-26
La resistencia comienza por descolonizar la mente
La víspera: 7 ideas para preparar la resistencia es una serie de siete columnas de opinión antes del siete de agosto para deliberar, organizar la mirada colectiva y ser más que espectadores. La resistencia comienza por descolonizar la mente es la primera entrega.
Por: MARIANA LLANO VALENCIA, COLUMNISTA INVITADA
Ilustración: Luisa Fernanda Arango ( IG: @holaahumano).
Esta semana, mientras los resultados de la segunda vuelta presidencial seguían sacudiendo al país, comenzó a circular la narrativa de un supuesto “voto fusil”: la idea de que los habitantes de regiones periféricas de Colombia votaron bajo presión de grupos armados a favor del candidato progresista Iván Cepeda. Esta narrativa cuestiona la autonomía política de los territorios que desde el 2014 han venido votando por una paz que anhelan. Y desconoce que los sectores que más sufren tanto la guerra como la pobreza monetaria tienen razones materiales concretas para votar como lo hicieron.
Durante estos cuatro años la pobreza extrema alcanzó su nivel más bajo del siglo y cerca de cuatro millones de personas salieron de las condiciones más adversas. Según los análisis del economista y geógrafo Camilo Rey, el ingreso real (el poder adquisitivo efectivo una vez descontada la inflación), aumentó significativamente para el 80 % de la población más pobre del país, aunque el aumento no fue tan significativo para el 20 % más rico. Comparado con el gobierno de Duque, la tendencia fue completamente opuesta, casi todos los beneficios se concentraron en el 20 % más rico, mientras el otro 80 % apenas vieron mejoras, incluso desmejoró para algunos de los sectores más pobres.

La región del Pacífico, por ejemplo, votó de forma contundente por el proyecto político de Cepeda y la continuidad del Gobierno del cambio. No es un dato menor: si observamos territorios negros e indígenas como Chocó, Cauca, Putumayo, Vaupés o amplias zonas de Bolívar, incluso si miramos el mapa electoral dentro de la misma Cartagena, encontramos comunidades que conocen bien las consecuencias de ciertos proyectos de desarrollo y extracción. La idea de progreso para ellos, especialmente comunidades negras e indígenas, suele funcionar como vehículo de profundas formas de violencia.
Reducir el mapa electoral al “voto fusil” no sólo implica desconocer la agencia política de estos grupos. Es sobretodo una narrativa peligrosa (el concejal de Medellín Andrés Felipe Rodríguez ‘el Gury’ se atrevió incluso a pedir el bombardeo de los municipios donde Iván Cepeda obtuvo mayor respaldo electoral). Asociar territorios y poblaciones con la guerrilla ha servido históricamente para justificar su estigmatización y persecución, como recordó la condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos al Estado colombiano por el exterminio de la Unión Patriótica.
¿Por qué para tantos sectores del centro del país resulta tan difícil aceptar que estas comunidades votan por decisión propia? Quizás la dificultad para reconocer su agencia política revela una jerarquía mucho más antigua: una forma de mirar el país que asocia conocimiento, progreso y racionalidad con unos territorios y se los niega a otros. Esa mirada tiene una historia larga en América Latina.
La blanquitud nunca fue solamente una cuestión de apariencia. Como señala el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, es ante todo un ideal civilizatorio: un conjunto de valores, comportamientos y formas de habitar el mundo que se presentan como sinónimo de modernidad. Más que una característica física, ha funcionado históricamente como una promesa.
Cuando los europeos llegaron a América encontraron la posibilidad de reinventarse socialmente. En las colonias se consolidó un sistema jerárquico donde la “raza” servía para distribuir privilegios y ordenar la sociedad. La blanquitud fue, desde el comienzo, una categoría política antes que biológica. Operó como una invitación (a veces una imposición) a incorporarse a un nuevo orden donde los beneficios asociados a la condición de blanco parecían estar garantizados.
La experiencia de los judíos sefardíes expulsados de España ilustra bien esta dinámica. Tras sufrir persecución en Europa, algunos encontraron en América Latina y el Caribe espacios donde, al adaptarse a las estructuras coloniales y religiosas, podían acceder a protección, movilidad social e incluso al derecho de tener esclavos. De allí surgió una idea extraordinariamente persistente: que quien se adapte, trabaje y adopte los valores “correctos” terminará prosperando. Incluso con el tiempo, los españoles y portugueses le dieron la oportunidad a las personas esclavizadas de comprar su propia libertad. Esa narrativa sigue siendo uno de los pilares del capitalismo contemporáneo. Que puedes comprar tu libertad. El problema es que un sistema basado en la acumulación desigual y la explotación no puede convertir a todos en vencedores.
El pensador sudafricano Steve Biko escribió que “el arma más poderosa en manos del opresor es la mente del oprimido”. Tanto él como Frantz Fanon insistieron que las formas más profundas de dominación no operan únicamente mediante la fuerza, sino a través de la interiorización de las jerarquías heredadas del colonialismo. Cuando esas jerarquías se vuelven normales, dejan de percibirse como imposiciones.
La colonización de la mente exige olvidar la historia. Exige ignorar que millones de personas fueron esclavizadas durante siglos y que, tras las independencias, las compensaciones económicas fueron para los esclavistas y no para los esclavizados. Exige desconocer casos como el de Haití, obligada a pagar durante más de un siglo una deuda absurda a Francia por haber conquistado su libertad: los esclavos eran propiedad, y se le cobró cada persona negra emancipada como “pérdidas económicas”. También requiere aceptar el mito de que el mestizaje eliminó el racismo. Historiadores como Alfonso Múnera y Marixa Lasso han mostrado cómo esa idea ha servido para ocultar desigualdades persistentes bajo una aparente armonía racial.
La mente colonizada aprende a creer que existen formas más legítimas de ser humano. Cuanto más cerca se esté del ideal masculino, blanco, europeo y propietario, que acapara riquezas, mayor será el reconocimiento social. Esa lógica también transforma nuestra relación con el territorio: el agua, los bosques y los ríos dejan de ser condiciones para la vida y pasan a entenderse como recursos. Lo que para muchos pueblos indígenas constituye una relación espiritual y sinérgica con la tierra fue reducido durante siglos a superstición o atraso. Hoy, quienes defienden sus territorios frente a proyectos extractivos continúan enfrentando amenazas, desplazamiento y asesinato. Solo en 2023, Colombia registró el mayor número de líderes ambientales asesinados a nivel global según los datos de Global Witness (GW), organización que documenta estos casos desde 2012.
Pienso en mi propia familia. Mi abuela me decía que me casara con un “gringuito” para “mejorar la raza” asumiendo que un gringo es más blanco y más rubio que yo. Lo decía con cariño, convencida de que estaba deseando un mejor futuro para sus nietos. Esa aparente inocencia revela la profundidad del fenómeno: la asociación entre blancura, riqueza, prestigio y éxito se transmite de generación en generación incluso cuando quienes la reproducen actúan desde el afecto.
La consecuencia es que muchas veces abandonamos las solidaridades colectivas y depositamos nuestra confianza en la promesa meritocrática. Cuando esa promesa fracasa, resulta más fácil culpar al migrante, a las minorías racializadas o a los pueblos empobrecidos que cuestionar las estructuras que producen la desigualdad y cómo nos afectan.

Este fenómeno no pertenece únicamente a América Latina. En Europa y Estados Unidos adopta otros lenguajes, pero conserva una lógica similar. El atractivo de figuras como De la Espriella, Trump, Netanyahu o Milei tiene menos que ver con beneficios materiales inmediatos que con una forma de fe política. Ofrecen una explicación sencilla: tus problemas son causados por otros grupos que te están quitando lo que te corresponde. La atención se desplaza de quienes concentran la riqueza hacia conflictos entre personas que comparten condiciones materiales semejantes porque te quieres parecer al que tiene más y distanciarte en lo posible de que te asocien con el que tiene menos.
¿Qué hacemos entonces frente a todo esto?
El movimiento zapatista en Chiapas lo advirtió con claridad: el neoliberalismo es una guerra contra la humanidad misma. En 1999, el subcomandante Marcos denunció ante la Comisión Civil Internacional de los Derechos Humanos que la globalización económica destruye “todo lo humano que se oponga a la lógica del mercado”. Eso incluye los vínculos comunitarios, las economías del cuidado y otras formas de conocimiento y vida que no tienen precio y que sostienen la vida misma. También, claro, las formas de pensar que no generan acumulación desigual. Ante este panorama, Biko propone la capacidad de impulsar a otros a creer en sí mismos.
Si pudiéramos dejar a un lado nuestro egoísmo y deseo de acumular con la falsa promesa que eso comprará nuestra libertad, podríamos relacionarnos con los pueblos indígenas y negros no como folclor, sino como fuentes de conocimiento urgente. ¿Quién de acá habla el lenguaje de los Kogi, los Embera, los Witoto o la lengua Palenquera? Nuestras escuelas no nos los enseñan. Y eso no es una curiosidad antropológica, sino una pérdida enorme para los colombianos. La descolonización de la mente es, antes que nada, un ejercicio de imaginación. Es aprender a ver el medio ambiente no como recurso de explotación, sino como la condición de vida que nos sostiene. Reinventar una sociedad más justa pasa por aprender de formas distintas de organización y relación con el territorio, en lugar de seguir expandiendo minas, fracturando tierras, y contaminando ríos.
También implica hacernos preguntas: ¿Qué tendríamos que cambiar para no depender de las presiones exteriores por acaparar nuestros recursos?¿Qué significa revisarnos frente a lo que viene? ¿Cómo mitigamos las dinámicas de un sistema que ha aprendido a usar nuestras propias heridas para enfrentarnos entre nosotros?
Mientras sigamos viendo en el hombre rico, blanco y poderoso la imagen del éxito, seguiremos reproduciendo muchas de las desigualdades que decimos rechazar. La descolonización de la mente es una tarea más profunda que cualquier ciclo electoral. Comienza cuando dejamos de medir nuestro valor por comparación y empezamos a preguntarnos quién se beneficia realmente de esas jerarquías.
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MARIANA LLANO VALENCIA, columnista invitada Mariana es arquitecta, urbanista y candidata a PhD en la Universidad de Cambridge, donde investiga las ciudades latinoamericanas desde una mirada feminista y decolonial. (Substack: @marianallanov) |
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Esta columna hace parte de la serie La víspera: 7 ideas para preparar la resistencia que reunirá siete columnas de opinión antes del siete de agosto para deliberar, organizar la mirada colectiva y ser más que espectadores. Puedes leer todas las que han salido siguiendo este enlace. |


