Crítica y amor como antídotos
¿Cómo resistir a un gobierno de ultraderecha empeñado en una contrarrevolución cultural? Marta Ruiz, periodista y excomisionada de la Verdad, propone una resistencia contraintuitiva: inteligencia y afecto. Lejos de una batalla de trincheras o tribus, lo que está enfrente es una batalla de seducción. Por eso propone cinco escenarios para sembrar conversaciones críticas e inteligencias ante lo que viene.
Fecha: 2026-07-10
Por: MARTA RUIZ, columnista invitada
Ilustración por:
Matildetil (IG: @matildetil)
Fecha: 2026-07-10
Crítica y amor como antídotos
¿Cómo resistir a un gobierno de ultraderecha empeñado en una contrarrevolución cultural? Marta Ruiz, periodista y excomisionada de la Verdad, propone una resistencia contraintuitiva: inteligencia y afecto. Lejos de una batalla de trincheras o tribus, lo que está enfrente es una batalla de seducción. Por eso propone cinco escenarios para sembrar conversaciones críticas e inteligencias ante lo que viene.
Por: MARTA RUIZ, COLUMNISTA INVITADA
Ilustración por:
Matildetil (IG: @matildetil)
La primera batalla de las nuevas derechas no es electoral: es cultural. Steve Bannon —el jefe de la campaña electoral de Donald Trump en 2016— lo ha dicho de manera explícita, y quienes hoy llegan al poder en Colombia parecen haber asumido esa premisa como una hoja de ruta. Hablan sin ambages de una contrarrevolución cultural, esto es disputar los valores que durante décadas han ampliado las libertades, el reconocimiento de la diversidad, los derechos de las mujeres y de las minorías, el pluralismo y la idea misma de ciudadanía democrática. No reivindican el espíritu de la Constitución de 1991, sino unos supuestos valores “fundantes” que presentan como anteriores y superiores a ella. Odian el feminismo porque no creen en la igualdad.
Odian la diversidad sexual porque postulan el patriarcado como mandato divino. Odian el ambientalismo porque consideran que es una pérdida de dinero. Odian el multiculturalismo porque creen que todo, incluida la cosmovisión, puede ser fabricado en serie, de manera artificial. Odian los valores solidarios y humanistas porque conciben la sociedad como una jerarquía definida por las ambiciones.
El triunfo de la ultraderecha es el resultado de un sofisticado estudio de la cultura del colombiano promedio. Estudiaron el miedo y la rabia. El machismo que nos ha llevado a ser un país maltratador de niños y mujeres. El arribismo que llevamos pegado a los huesos; así como el miedo al otro, especialmente al diferente. Las herencias sangrantes de una guerra llena de venganzas y cuentas por cobrar. El individualismo que nos caracteriza, alimentado durante décadas por la gran influencia de los Estados Unidos en nuestra visión del mundo y por la penetración paulatina de la cultura mafiosa.
Recuerdo que, hace unos años, Umberto Eco decía, respecto de Italia, que el problema no era Berlusconi, sino los italianos. El tiempo le dio la razón. En el caso colombiano, la pregunta que debemos hacernos es qué pasa en una sociedad que vota mayoritariamente —aunque por poco— por un proyecto que enarbola la falta de empatía como principio, que promete violencia y que destruye por completo la confianza en los demás. También debemos preguntarnos qué hacer en este momento.
Pienso como periodista; es mi manera de estar en este mundo y, por tanto, confío profundamente en la capacidad del ser humano para comprender su realidad. De hecho, creo que es fundamental entender a qué nos enfrentamos cuando hablamos de la nueva derecha y de su proyecto de destrucción democrática. Situarnos sin ingenuidad, pero también sin paranoia, es importante.
Desde hace tiempo nuestra tarea debería ser la transformación cultural del país, y los hechos políticos recientes lo subrayan con urgencia. La guerra nos ha dejado huellas muy negativas: estigmas, prejuicios, odios y el uso de la violencia como recurso para tramitar las diferencias. No basta con contener esos contravalores; también debemos promover un cambio de conciencia social hacia la solidaridad y la empatía, hacia una conciencia política basada en el buen vivir y no en el capitalismo voraz ni en la acumulación de dinero.
Algo hemos avanzado en ese camino. El país está sembrado de experiencias de resistencia, solidaridad, creatividad y cambio social. Eso no es patrimonio de un partido ni de un líder: es una construcción colectiva. Lo más importante es que esas experiencias se conviertan en una red, en un verdadero movimiento.
En experiencias del pasado, cuando América Latina se enfrentaba a una primera ola de militarismo e intervención estadounidense, la educación y la comunicación popular fueron fundamentales. De hecho, a esos movimientos les debemos buena parte de lo que se ha cosechado en estos últimos años en capacidad de movilización y organización de los sectores populares. La educación y la comunicación popular promueven el pensamiento crítico, impulsan liderazgos auténticos y cultivan valores de verdadera convivencia comunitaria.
Por eso, en la víspera, para mí son clave por lo menos cinco escenarios para tejer redes y, sobre todo, mantener abiertas las conversaciones críticas: la escuela, con el papel esencial de maestros y estudiantes para sostener el conocimiento que eleva el debate público. Los medios de comunicación que, gracias a la democratización digital, hoy existen en múltiples plataformas, donde una información oportuna y de calidad es indispensable para contener las políticas de desinformación. Los sectores de la Iglesia que acompañan a las comunidades desde un enfoque de protección de derechos. El arte, que mantiene viva la llama de la vida y constituye una actividad social y comunitaria por excelencia. Y los espacios de diálogo, porque proteger la palabra, el intercambio y la capacidad de comprender juntos la realidad, tanto de manera presencial como virtual, es indispensable. Es tiempo de organizarse, de reflexionar y de actuar.
Es tiempo de sembrar. Es tiempo de unirnos. Es tiempo de contarnos historias. Es tiempo de acudir a la memoria y al testimonio. Es tiempo de confiar en el otro, en nosotros mismos, y de no tener miedo de aquello que hemos conquistado como sociedad. También hay que proteger la democracia desde lo cotidiano.
La batalla cultural que propone la extrema derecha, una batalla antiderechos que busca destruir los valores civilizatorios y de igualdad que hemos conquistado, no debe librarse a los gritos, sino con inteligencia. No es una batalla de trincheras ni de tribus, sino una batalla de seducción, de afecto y de valores de vida.
La tarea no consiste en derrotar a un gobierno, sino en lograr una transformación más profunda de la cultura individualista e indolente que también habita entre nosotros. Esa cultura ha sido una causa de la violencia prolongada, pero también una de sus consecuencias.
Es hora de enarbolar la política del amor. Oponer a la propuesta de Bannon la propuesta de Marta Nussbaum. Esto es: un patriotismo crítico, que haga mejores instituciones; una justicia basada en la compasión y la restauración; la aceptación de la vulnerabilidad; el impulso de las capacidades creativas; el cuidado de lo común; la gratitud y la paciencia. Con amor y pensamiento crítico, oponernos al militarismo y a la promesa de destrucción social y ambiental que viene en camino.
![]() |
MARTA RUIZ, columnista invitada Marta es periodista y excomisionada de la Verdad en Colombia. Ha sido destacada con los premios Rey de España, por el cubrimiento del escándalo de la parapolítica, y los premios SIP y Simón Bolívar por un especial sobre los métodos de barbarie usados en la guerra en Colombia. |
![]() |
Esta columna hace parte de la serie La víspera: 7 ideas para preparar la resistencia que reunirá siete columnas de opinión antes del siete de agosto para deliberar, organizar la mirada colectiva y ser más que espectadores. Puedes leer todas las que han salido siguiendo este enlace. |


