El algoritmo al servicio de la resistencia popular

¿Cómo hacer frente al poder de las plataformas digitales que está al servicio de la ultraderecha? Santiago Roldán, experto en datos y coyuntura política, propone agitación, organización y acción colectiva. En esta columna describe los retos de los algoritmos y el papel que deberían jugar los sectores populares en este campo de disputa.

Fecha: 2026-07-24

Por: Por: Santiago Roldán, columnista invitado

Ilustración: Luisa F. Arango (@holaahumano)

El algoritmo al servicio de la resistencia popular

¿Cómo hacer frente al poder de las plataformas digitales que está al servicio de la ultraderecha? Santiago Roldán, experto en datos y coyuntura política, propone agitación, organización y acción colectiva. En esta columna describe los retos de los algoritmos y el papel que deberían jugar los sectores populares en este campo de disputa.

Por: POR: SANTIAGO ROLDÁN, COLUMNISTA INVITADO

Ilustración: Luisa F. Arango (@holaahumano)

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Al despertar cada mañana, una de nuestras primeras acciones suele ser desbloquear el teléfono. Al hacerlo, un universo de noticias, mensajes, música, videos e imágenes se despliega frente a nosotros. 

La rapidez, el exceso y el consumo permanente se presentan como parte de un entorno aparentemente neutral, como una analogía del mercado: productores y consumidores de contenido que confluyen libremente en un mismo espacio.

Pero esa libertad es, en buena medida, aparente. Detrás de cada pantalla actúa el algoritmo, organizando lo que vemos, jerarquizando unas voces sobre otras y moldeando, silenciosamente, nuestro sentido común.

Las plataformas digitales hoy constituyen un poder privado, concentrado en unas pocas corporaciones globales, cuyo funcionamiento ha escapado en gran medida a controles democráticos y económicos efectivos. 

Su actividad no se limita a vender publicidad: recopilan información, anticipan comportamientos, modelan preferencias y administran la atención colectiva. 

Este ecosistema, dominado principalmente por grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses, ha sido aprovechado con enorme eficacia por la ultraderecha internacional y por los «tecnofascistas», como los llaman algunos autores. 

Pero esta convergencia entre grandes empresas tecnológicas, multimillonarios de ultraderecha y proyectos políticos autoritarios no se manifiesta únicamente en Colombia. También puede observarse, con sus propias particularidades, en países como Ecuador, Honduras o Perú.

Los algoritmos de recomendación premian aquello que captura la atención de manera intensa, a través de emociones como la indignación, el miedo, la confrontación y el escándalo. Segmentan a cada usuario y le presentan el mensaje que tenga más capacidad de movilizar sus emociones. Al mismo tiempo, concentran en pocas plataformas el poder de establecer los temas, los ritmos y los límites de la conversación pública.

Cuando esa maquinaria es utilizada con fines partidistas, puede convertirse en una sofisticada forma de ingeniería social: produce percepciones, refuerza identidades, fabrica enemigos y distribuye temores a gran escala. La transformación de X en un instrumento político cada vez más explícito es quizá una de sus expresiones más visibles.

La izquierda compite en ese terreno con una evidente desventaja: dispone de menos recursos económicos, tiene un menor dominio técnico de las plataformas y, con frecuencia, continúa utilizando herramientas digitales contemporáneas con formas organizativas y comunicativas del siglo pasado. 

Frente a esta realidad reaparece una de las preguntas clásicas del pensamiento revolucionario: ¿cómo puede una clase sometida cotidianamente a relaciones de explotación y subordinación convertirse en sujeto consciente de su propia emancipación? 

Desde diferentes sectores y movimientos sociales que participamos en la campaña de Iván Cepeda en 2026 comenzó a surgir una posible respuesta: la construcción de un tecnoleninismo popular.

Lenin comprendió el periódico no solamente como un medio para informar o divulgar ideas, sino como un «organizador colectivo». En ¿Qué hacer?, publicado en 1902, planteó que el instrumento de comunicación debía ser también parte constitutiva de la organización política. El periódico permitía conectar luchas dispersas, formar criterios comunes, coordinar acciones y construir una estructura capaz de actuar sobre la realidad. 

Más de un siglo después, una parte de esa función ha sido ocupada por los algoritmos y las plataformas digitales. Son ellos los que conectan personas, distribuyen mensajes, jerarquizan acontecimientos y determinan qué puede adquirir relevancia pública. Por eso, el organizador colectivo de nuestro tiempo ya no puede pensarse al margen de la tecnología.

El tecnoleninismo popular sería, entonces, la capacidad de comprender ese nuevo terreno, intervenir en él y construir herramientas propias para disputarlo. No consiste simplemente en producir más publicaciones ni en imitar las tácticas comunicativas de la ultraderecha. Tampoco significa someter la política a la lógica de las plataformas. Su propósito debe ser utilizar la tecnología para fortalecer la organización popular, orientar la acción colectiva y recuperar autonomía frente al poder de las grandes corporaciones digitales.

Las plataformas realizan, con enorme eficacia, una parte del trabajo político: la agitación. Ninguna herramienta anterior había permitido que un video, una denuncia o una consigna alcanzara millones de visualizaciones en cuestión de días. Sin embargo, rara vez realizan la segunda parte: la organización. A las plataformas les conviene la reacción inmediata de las audiencias, no necesariamente la formación de comunidades capaces de deliberar, coordinarse y actuar. Prefieren usuarios que consumen, comentan y comparten de manera permanente antes que sujetos que se encuentran, construyen confianza y toman decisiones colectivas.

Por eso, tener seguidores no equivale a tener una organización. Alcanzar millones de reproducciones no significa haber construido poder popular. Una audiencia puede desaparecer con el siguiente desplazamiento de pantalla; una comunidad organizada, en cambio, puede permanecer, aprender y vencer.

Durante la campaña se desarrollaron en Bosa algunas experiencias que mostraron otro uso posible de la tecnología. La información georreferenciada y los datos electorales fueron empleados para reconocer territorios, orientar esfuerzos y apoyar acciones colectivas concretas: 

En esa misma dirección he venido trabajando con datos públicos, software libre y herramientas abiertas disponibles en plataformas como GitHub.

Entre la primera y la segunda vuelta construí el mapa Cómo ganar en segunda vuelta, pensado para orientar la acción territorial mediante estrategias e información electoral. Su objetivo fue identificar los lugares en los que una intervención organizada podía contribuir a ampliar la votación, reducir diferencias o consolidar apoyos.

Después de la derrota en las urnas desarrollé el Mapa de la Resistencia, concebido simultáneamente como una evaluación de lo ocurrido y como una herramienta para pensar lo que sigue: dónde resistió el voto, dónde se decidió la elección, qué territorios deben consolidarse y cuáles necesitan recuperarse.

Estas herramientas están publicadas con datos y software abiertos para que cualquier colectivo pueda utilizarlas, replicarlas, cuestionarlas y construir su propia agenda. 

Su valor no reside exclusivamente en la precisión de los mapas, sino en la posibilidad de cambiar la dirección de la tecnología: dejar de emplearla solamente para disputar opiniones y comenzar a utilizarla para construir organización.

La tarea consiste en transformar los clics en vínculos; las audiencias, en comunidades; los datos, en decisiones colectivas; y los mapas, en presencia territorial. Solo entonces la tecnología dejará de ser una máquina que administra nuestra atención y podrá convertirse en una herramienta para organizar la resistencia.

SANTIAGO ROLDÁN, columnista invitado

Santiago es politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, Maestro en Gobierno y Asuntos Públicos de FLACSO México, experto en datos y coyuntura política.

Esta columna hace parte de la serie La víspera: 7 ideas para preparar la resistencia que reunirá siete columnas de opinión antes del siete de agosto para deliberar, organizar la mirada colectiva  y ser más que espectadores. Puedes leer todas las que han salido siguiendo este enlace.