Mujeres y VIH: las olvidadas de la epidemia

Las cifras oficiales siguen indicando que los hombres representan casi el 80 % de las personas seropositivas en Colombia. Pero las desigualdades y la violencia de género, así como la invisibilización de su experiencia, hacen que sean las mujeres quienes carguen con las peores consecuencias de una epidemia que completa 45 años.

Fecha: 2026-08-27

Por: Luisa Fernanda Gómez

Ilustración por:

@Matildetil

Mujeres y VIH: las olvidadas de la epidemia

Las cifras oficiales siguen indicando que los hombres representan casi el 80 % de las personas seropositivas en Colombia. Pero las desigualdades y la violencia de género, así como la invisibilización de su experiencia, hacen que sean las mujeres quienes carguen con las peores consecuencias de una epidemia que completa 45 años.

Por: LUISA FERNANDA GÓMEZ

Ilustración por:

@Matildetil

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Pese a los avances científicos en el desarrollo de tratamientos contra el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH), poco ha cambiado para las mujeres que adquieren la infección.

Mónica Mantilla, epidemióloga y magíster en VIH/sida, sigue atendiendo en su consultorio a hombres que le dicen que no saben cómo se infectaron y a mujeres recién diagnosticadas que le cuentan —angustiadas y sorprendidas— que solo han tenido relaciones sexuales con sus esposos. Ancladas a las normas sociales que les exigen una única pareja —o muy pocas en su historial—, logran saber, casi con exactitud, cómo llegó el virus a sus vidas.

Maria Natalia Sáenz, tras 28 años acompañando psicológicamente a mujeres que viven con VIH, sigue escuchando las mismas preocupaciones: el temor de que alguien se entere de su diagnóstico, el agotamiento por tener que cuidar de todos a su alrededor sin sentir que son cuidadas, la soledad en que se sumen al pensar que nadie va a amarlas por tener el virus.

Yaneth Valencia, quien fue diagnosticada en 1997 y en 2003 fundó la Asociación Lila Mujer para acompañar a las mujeres afrocolombianas del Pacífico seropositivas al VIH, sigue insistiendo en lo importante que sería una caracterización en Colombia que permita saber con certeza cuántas son, dónde están y qué requieren, de manera que puedan ser atendidas teniendo cuenta sus necesidades particulares y no bajo estándares internacionales que ignoran sus contextos.

Cuatro décadas después del comienzo de la epidemia, “solo ha cambiado la efectividad del tratamiento”, dice la psicóloga Carolina Restrepo, quien investigó para su tesis doctoral la situación de las mujeres seropositivas colombianas. Socialmente, dice, nada ha cambiado. Porque siguen sin abordarse los factores que las hacen vulnerables: el rechazo y la discriminación hacia las personas con VIH, la violencia contra niñas y mujeres, y la desigualdad entre hombres y mujeres.

Invisibles, vulnerables y violentadas

Desde hace varias décadas, el Programa de Naciones Unidas sobre VIH/sida (Onusida) consolidó el concepto de ‘poblaciones clave’ para atender la expansión del virus. Estas son: hombres que tienen sexo con hombres, personas trans, personas que se inyectan drogas, trabajadores sexuales y personas privadas de la libertad. Y a pesar de que desde hace 20 años la misma organización ha alertado sobre la alta vulnerabilidad y el impacto desproporcionado del virus en mujeres y niñas, ellas están lejos de ser una ‘población clave’ para la prevención y el tratamiento.

En Colombia, se atiende la epidemia con este mismo enfoque de poblaciones clave, porque, según las instituciones encargadas, es allí donde se concentran las infecciones. Aunque eso no es del todo preciso, pues el 48 % de las personas que viven con VIH registradas en el país no pertenecen a una población clave. La consecuencia de asumir que el VIH es un asunto que solo afecta a estos grupos, es que el sistema enfoca la prevención y los recursos de educación, diagnóstico y tratamiento en estos, por ejemplo, ignorando a las mujeres, cuyo peligro va en aumento.

“Eso implica una brecha desde lo que tiene que ver con el acceso a una prueba gratuita, porque muchos de los programas que las realizan no incluyen a las mujeres cisgénero”, dice Sáenz, quien vive con VIH desde 1998 y es co-creadora del colectivo La vida en dos. Al no haber campañas dirigidas a ellas, las mujeres, en general, no consiguen tener una noción real del riesgo de adquirir la infección.

Los cuerpos de las mujeres tienen características que las hacen muy vulnerables a infectarse de VIH en las relaciones sexuales que involucran penetración vaginal. “La superficie de la vagina es muy grande comparada con el huequito de la uretra de los hombres, lo que deja un área mayor expuesta al virus. Y el hombre deposita en la vagina unos tres a cinco centímetros de semen, mientras que lo que una mujer puede depositar en la uretra de un hombre, es mínimo”, explica la epidemióloga Mantilla. Los estudios en parejas sexuales donde uno de los miembros es VIH positivo muestran que las mujeres tienen al menos el doble de probabilidades de infectarse a través de relaciones heterosexuales sin protección que los hombres, ha dicho Onusida en varias publicaciones.

La desigualdad de género, por su parte, “puede aumentar las tasas de infección y reducir la capacidad de las mujeres y niñas para hacer frente a la epidemia”, afirma ONU Mujeres.  Puesto que, a menudo, ellas tienen menos información sobre el VIH y menos recursos para poner en práctica medidas preventivas. De acuerdo con esta organización, las mujeres encuentran impedimentos a la hora de negociar prácticas de sexo más seguro. Las investigaciones de los organismos de Naciones Unidas se centran en África —donde se concentran la mayoría de mujeres y niñas que viven con VIH en el mundo—, pero sus análisis no difieren de lo que sucede en Colombia. 

“Muchos de los diagnósticos de VIH en mujeres cisgénero han estado marcados por temas de violencia de género”, añade Sáenz. La falta de educación sexual, los bajos niveles educativos que consiguen alcanzar y las pocas oportunidades de acceder a un empleo que les permita independencia económica, empuja a muchas mujeres a relaciones de pareja abusivas. Y “entre menor poder adquisitivo, menor capacidad de negociación del uso del condón y mayor riesgo de violencia”, dice Sandra Ávila, directora para Colombia de la Fundación para la Atención Médica del SIDA (AHF por sus siglas en inglés).

En todo el mundo, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia de pareja en algún momento de su vida, y esta aumenta hasta en un 50 % las probabilidades de infección en mujeres dentro de zonas con alta prevalencia, de acuerdo con Naciones Unidas.

Es así como las mujeres adquieren el VIH y sus realidades distan de los estereotipos que han marcado históricamente la epidemia. El perfil de las mujeres que viven con VIH en Colombia, aquellas que Mantilla, Sáenz y Valencia han acompañado por tantos años, lo componen mujeres empobrecidas, madres, con bajo nivel de escolaridad y en edad productiva.

Un diagnóstico que llega tarde

El relato se repite en todas las entrevistas con investigadoras y líderes de organizaciones que acompañan a esta población en Colombia. Las mujeres que viven con VIH suelen enterarse que están infectadas durante el embarazo o cuando su pareja —que creían heterosexual y monógama— recibe el diagnóstico. Son esos los dos momentos principales en que el sistema de salud activamente se acerca a las mujeres para realizarles una prueba. Y mientras tanto, el virus ya ha dejado sus consecuencias.

Para el caso de las gestantes, las cifras de la Cuenta de Alto Costo (CAC) —el organismo técnico del sistema de salud en Colombia que realiza el seguimiento, auditoría y análisis del VIH— indican que el virus ya había comenzado a desgastar el sistema inmunitario en el 43 % de las mujeres embarazadas diagnosticadas en 2025. Y que casi el 30 % de las gestantes con el virus, estaban en fase sida; la etapa clínica más avanzada de la enfermedad y en la que esta destruye las defensas del cuerpo.

“Estamos hablando de que pueden haber tenido la infección desde hace siete u ocho años, o más, y no se habían dado cuenta”, precisa la epidemióloga Mantilla.

La otra manera en que las mujeres se enteran de su diagnóstico es cuando pasan mucho tiempo con un malestar que no les quita, pero transcurre tiempo antes de que les realicen una prueba. “Y eso está atravesado también por esos prejuicios que se hacen sobre las mujeres”, dice Mayerline Vera sobre un caso que acompañó en Huellas de Arte, su fundación: “Una señora tuvo su diagnóstico muy tarde porque muchas veces se acercó al centro de salud a pedir que le hicieran la prueba, y siempre le decían que para qué, si ella tenía su esposo [y no tenía más parejas sexuales]. Un día vio que estaban haciendo pruebas y dijo que era trabajadora sexual para que se la hicieran. Apenas ahí se enteró”.

La estigmatización es mayor y les deja las peores consecuencias

Una persona seropositiva al VIH que se toma sus medicamentos como le indican sus médicos y se hace los controles de salud de rutina, puede vivir una vida larga y saludable, es menos vulnerable a la adquisición de enfermedades oportunistas y puede tener relaciones sexuales sin protección y no transmite el virus. Hoy en día, el VIH no significa muerte.

Pero aunque en Colombia, los hombres concentran el mayor porcentaje del total de las muertes de quienes viven con la infección —porque son la mayoría entre las personas seropositivas—, las mujeres enfrentan una letalidad proporcionalmente más alta que ellos. Los datos de la CAC muestran que las mujeres son el 21 % de las personas que viven con la infección en el país, pero representaron el 23 % de las personas infectadas que murieron en 2025. 

Esto tiene que ver con que el abordaje que se ha hecho de la infección en estas cuatro décadas ha sido, casi de manera exclusiva, salubrista y medicalizante. “Tenemos un control médico muy avanzado, pero seguimos sin abordar las esferas sociales, factores que también inciden en la adherencia que las personas tienen a los tratamientos; la importancia de hacerse pruebas, de tener prácticas sexuales seguras [como el uso del condón]”, sostiene la directora para Colombia de AHF.

Agrega: “Hay toda una esfera que rodea la epidemia que aún no se aborda con el mismo afán. Incluso los estigmas siguen siendo los mismos de hace 40 años”. Aún hay personas que piensan que se pueden infectar de VIH por el contacto con la piel, al besar o al compartir el baño con una persona seropositiva. Y las mujeres sufren las mayores consecuencias de estos estigmas. Según cuenta Yaneth Valencia, en algunos lugares del país —como la región Pacífica— son incluso perseguidas y asesinadas si se descubre su estado serológico. “Las mujeres racializadas tienen más vulnerabilidad aún, porque en los sectores donde están ellas, están los grupos armados. En Buenaventura, muchas mujeres adquieren la infección por violencias sexuales ejercidas por los grupos criminales”, que luego las desplazan del territorio o las amenazan con asesinarlas, de acuerdo con la fundadora de Lila Mujer. “Nadie sabe cuántas mujeres con VIH han matado en el Chocó”, sentencia.

Pero los lugares del país sin conflicto armado tampoco son más amables con las mujeres seropositivas. Ni siquiera lo son sus círculos más cercanos. “Dentro de los antecedentes y la investigación que hice, encontré que la familia puede convertirse en una fuente de apoyo o en un factor de riesgo”, dice Restrepo. “Es que el problema es que estamos invisibilizando las repercusiones que el VIH tiene sobre la vida social de las personas. Estamos desconociendo que una persona que vive con VIH tiene que vivir el diagnóstico en soledad, porque si lo cuenta va a dejar de hacer parte de la sociedad, va a ir a un lugar de exclusión”, agrega.

Carolina Restrepo hizo un grupo focal, más una investigación documental exhaustiva, para su tesis doctoral y encontró que si las parejas de estas mujeres son asintomáticas y desconocen su diagnóstico, las castigan con exclusión, abandono o violencia: “Las coaccionan para que no reclamen el tratamiento, las insultan y las maltratan psicológica y verbalmente”. Además, continúa su relato, “cuando ya se clarifica de dónde viene el diagnóstico, ni siquiera hay una disculpa. Simplemente la vida sigue como antes y la mujer se queda allí, y asume el cuidado de la enfermedad de su esposo”.

Maria Natalia Sáenz, por su parte, agrega que esto dista de lo que pasa con los hombres. Mientras muchas veces quienes la contactan son las mamás, las abuelas o las parejas de los hombres infectados, “cuando la mujer es diagnosticada y está en una relación, deja de lado el tratamiento porque igual tiene que atender y acompañar las necesidades de cuidado de otros”, asegura la psicóloga.

Ese aislamiento puede provocar en ellas baja autoestima, depresión e incluso pensamientos o actos de suicidio, según reporta la organización The well project, que además afirma: “El estigma relacionado con el VIH tiene un efecto negativo aún mayor en las mujeres y las niñas”. Porque mientras que en otros grupos el diagnóstico se aborda con mayor apertura, en las mujeres la infección sigue asociada a juicios morales sobre su conducta sexual. “Ellas siempre habían pensado que una mujer que tiene VIH se lo merece, que recibió un castigo divino porque es promiscua o drogadicta. Cuando se dan cuenta de su diagnóstico, piensan en todos los imaginarios que tienen sobre el VIH y dicen: ¿pero cómo, si yo no soy nada de eso?, continúa Restrepo.

“Un hombre gay a quien le diagnostican VIH a los 30 años, seguramente ha conocido a otras personas que viven con el virus, que toman antirretrovirales y que, por el hecho de ser gay [porque las campañas de prevención se han enfocado en ellos como población clave] está más familiarizado con el virus que una mujer, ama de casa, heterosexual, que nunca ha sido preparada para que le contemos que vive con VIH”, dice Mantilla. 

La consecuencias son evidentes en las cifras de la CAC, que muestran que la proporción de mujeres que accede a los medicamentos, acude a los servicios de salud y logra supresión viral e indetectabilidad —es decir que la carga del virus sea tan baja que no sea posible detectarla y por lo tanto sea intransmisible—, es menor que la de hombres. “Los médicos las llamamos las desjuiciadas”, dice Mantilla, “pero realmente es no entender el tema del género y la parte emocional, que pesa muchísimo”. No es una decisión de las mujeres atentar contra su propia salud, “a eso es a lo que nos lleva el sistema y la sociedad civil”, agrega Yaneth Valencia.

Transformar imaginarios desde adentro

El silencio en torno a sus realidades no ha facilitado que las mujeres que viven con VIH sean atendidas, y frente a la amenaza de ser estigmatizadas o asesinadas, es comprensible que no quieran alzar la voz ni dejarse ver. Pero ni políticos, científicos o investigadores sociales han actuado, en la medida necesaria, para cambiar esta situación. La misma Onusida ha reconocido que aunque las mujeres, las niñas y las personas de género diverso, se ven desproporcionadamente afectadas por el VIH en numerosos contextos, a menudo las políticas y los programas actuales relacionados con el VIH y los derechos en materia de salud sexual y reproductiva (DSSR) no les prestan la atención que merecen.

Por eso, ellas mismas están creando sus propias organizaciones para acompañarse y apoyarse. La Corporación Lazos de amor, Fundación Huellas de Arte, el colectivo La vida en dos y Asociación Lila Mujer son fundaciones de mujeres seropositivas que, a partir de su experiencia, trabajan por comprender y visibilizar las maneras diferenciales en que las mujeres son afectadas por el virus, la serofobia y la falta de políticas que las prioricen. A partir de ese conocimiento y de la identificación de las necesidades de esta población, han generado espacios de encuentro y conversación entre mujeres, construyendo un lugar de contención y refugio para ellas.

“Las mujeres son unas antes del diagnóstico, otras cuando lo reciben, y terminan siendo otras cuando se adaptan y aprenden a vivir con él”, explica Carolina Restrepo que fue uno de sus hallazgos.

Es en los grupos de apoyo donde empiezan a darse cuenta que su experiencia, aunque individual, no es única. “Ven que hay otras mujeres a las que les pasó lo mismo y que tampoco son todo eso que se imaginaban. Que hay otras mujeres que también tienen hijos, que viven con el diagnóstico hace muchos años y que tienen una vida saludable”, complementa la investigadora. Y eso les permite generar nuevas relaciones sociales, de pareja, consigo mismas y con el VIH.

Porque el virus en sí mismo ya ha sido investigado y atendido en profundidad. Sigue pendiente la vacuna y dejar de ignorar las consecuencias sociales que genera excluir a las personas que se infectaron, aún cuando casi todo está dado, en términos médicos, para detener la transmisión. “El pronóstico de todas las poblaciones mejoraría si hubiese una aceptación social del diagnóstico y un conocimiento informado sobre el mismo”, añade Restrepo. Solo si la atención se pusiera en el lugar correcto y nos libráramos de prejuicios envejecidos.

*Este artículo se enfoca exclusivamente en la situación de las mujeres cisgénero que no ejercen el trabajo sexual. Al usar la palabra “mujer” y su plural se hace referencia a aquellas personas cuya identidad de género femenino coincide con el sexo que se les asignó al nacer. Esta elección se debe a que las mujeres cisgénero no hacen parte de las consideradas poblaciones clave del Programa de Naciones Unidas sobre VIH/sida (Onusida). Y esta ausencia, junto con los factores expuestos a lo largo de este texto, las ponen en un alto riesgo de adquirir el virus.