“La deuda se ha encargado de presentarse como algo vergonzoso: si estás endeudada es porque fallaste como sujeto económico”: Verónica Gago y Luci Cavallero

Aunque endeudarse para completar ingresos parece cada vez más cotidiano en América Latina (sobre todo si eres una mujer trabajadora), es el resultado de un proceso histórico que ha vuelto la deuda algo inevitable. ¿Por qué? Verónica Gago y Luci Cavallero sostienen que es momento de hacerle preguntas políticas a la deuda para empezar a romper su trampa.

Fecha: 2026-03-08

Por: Karen Parrado Beltrán

Fotografía por:

KAREN PARRADO BELTRÁN

“La deuda se ha encargado de presentarse como algo vergonzoso: si estás endeudada es porque fallaste como sujeto económico”: Verónica Gago y Luci Cavallero

Aunque endeudarse para completar ingresos parece cada vez más cotidiano en América Latina (sobre todo si eres una mujer trabajadora), es el resultado de un proceso histórico que ha vuelto la deuda algo inevitable. ¿Por qué? Verónica Gago y Luci Cavallero sostienen que es momento de hacerle preguntas políticas a la deuda para empezar a romper su trampa.

Por: KAREN PARRADO BELTRÁN

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KAREN PARRADO BELTRÁN

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A veces la injusticia hierve y lo hace en forma de libro: un libro hirviente. Quizás no sea una frase capaz de condensar todo el trabajo de las argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero acerca de la deuda y cómo ha secuestrado el trabajo de las personas más precarizadas del continente, pero se acerca. Sobre todo si lo que aspiramos es a observar de cerca cómo el endeudamiento masivo afecta la vida de las personas comunes y corrientes en América Latina, que, por el curso actual de los tiempos, parece cada vez más atribulada y morosa.

Verónica Gago y Luci Cavallero son las autora de Una lectura feminista de la deuda (Fundación Rosa Luxemburgo, 2019), un libro del que salen sentencias como esta: “Una lectura feminista de la deuda es posible porque hemos conquistado poder discutir las finanzas en términos de conflictividad y, por tanto, de autodefensa de nuestras autonomías”. Y más recientemente, en 2025, autoras de Contra el autoritarismo de la libertad financiera (Tinta Limón Ediciones), un manifiesto “contra el modo en que, en nombre de la libertad, las finanzas gobiernan la vida de las mayorías” o contra el terrorismo fiancinanciero. 

La deuda no es un tema nuevo para América Latina (¿cómo podría serlo?), ni para los Estados, los bancos ni mucho menos para los medios. Paradójicamente, sí lo es para las personas endeudadas, que no tienen tiempo de observar con perspectiva (y desde afuera) qué diablos les hace la deuda por dentro ni por qué no pueden detenerla; para quienes viven atrapadas en el remolido del endeudamiento: más solas, más cansadas y trabajando más en peores condiciones.

No se trata de una lectura distante para Colombia, donde los hogares terminaron 2025 más endeudados de como lo iniciaron. Los que ganan menos de un salario mínimo (dos millones de pesos) cargan con deudas que equivalen, en promedio, a más del triple de sus ingresos (3,7 salarios mínimos), según un informe de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (Anif) y Colombia Fintech. A inicios de 2026, otro estudio de Bravo mostró que casi una de cada dos personas colombianas (44,1 %) vive sobreendeudada y tiene hasta cinco obligaciones en mora.

Gago y Cavallero advierten que, tras un largo proceso de mutación (que incluyó el sobreendeudamiento de los Estados con la deuda externa y la desaparición de los servicios públicos que apoyaban la vida cotidiana), “la deuda es el recurso que aparece ante las emergencias frente al despojo de otras redes de apoyo”. La deuda, lo dicen sin rodeos, es un mecanismo de desposesión.Por eso insisten en bajar los números de la nube abstracta de las finanzas a su contexto material. Argentina es hoy el país más endeudado con el FMI, tanto en América Latina como en el mundo, según Bloomberg. En octubre de 2025 su deuda ascendía a US$56.944 millones, el 8,3 % de su PIB. Colombia, por su parte, ocupa el sexto lugar del ranquin, con una deuda que suma US$638 millones, equivalente al 0,15 % de su PIB.

Conversamos con ellas la mañana de un viernes en la Casa de la Cultura y la Cooperación Confiar, la sede cultural de una de las cooperativas más históricas de Medellín, en el centro de la ciudad. Verónica (filósofa, politóloga, investigadora y activista feminista) y Luci (socióloga e investigadora en la Universidad de Buenos Aires y miembro del colectivo feminista NiUnaMenos) hablaron de la deuda bajo la lupa inevitable de su intesercción con el género, la raza y la case. Pero también de los trabajos y cuerpos que sostienen la deuda, del rencor que esto causa, de los jóvenes libertarios y de lo que queda por hacer cuando, como dicen en uno de sus libros, estamos “siempre en deuda con algo o con alguien”.

Karen Parrado: Ustedes dicen que la deuda ha estado confinada durante demasiado tiempo y que es momento de sacarla del clóset. ¿De dónde viene esa claridad y por qué es necesario que deje de ser un tema de expertos y se vuelva un asunto más popular?

Verónica Gago: Cuando empezamos a hacer este trabajo sobre deuda era algo que emergía en la conversación cotidiana, pero en voz baja: te cuento una intimidad, te cuento casi un secreto, pero con una cierta carga entre de vergüenza y de culpa. La deuda se ha encargado de presentarse como algo vergonzoso: si estás endeudada, es porque fallaste como sujeto económico, o porque no sabes manejar bien tu economía y tus finanzas, entonces tenés que finalmente endeudarte. 

Nosotras habíamos estado también en conversación con otras experiencias en otros lugares del mundo, donde también ya había movimientos de endeudados y endeudadas, por ejemplo por cuestiones médicas, de salud, por cuestiones estudiantiles, para pagar la educación, y nos parecía clave cómo esas experiencias nos mostraban que volver colectivo el problema de la deuda realmente desafiaba toda esa carga de culpa y vergüenza con que la deuda gana poder.

“Empezamos a investigar cómo en Argentina los planes de ajuste y de austeridad se traducían en un recorte de servicios públicos, pero también en una baja de los salarios”.

Empezamos a investigar cómo en Argentina los planes de ajuste y de austeridad se traducían en un recorte de servicios públicos, pero también en una baja de los salarios. Y por tanto, cómo se producía la situación por la cual la deuda empezaba a convertirse en una necesidad cotidiana para completar ingresos. Es decir, qué es lo que se tiene que privatizar, qué es lo que se tiene que empobrecer, qué es lo que se tiene que devaluar como trabajo, por ejemplo, para que la deuda aparezca como inevitable.

K: Es clave que se haga transparente que la deuda es un proceso histórico direccionado, con un propósito muy fijo desde el principio, a pesar de que no nos lo cuenten así…

VG: Exactamente. Que no es un problema individual, no es una falla personal, no es una falta de inteligencia en el manejo de las finanzas, sino que se ha producido históricamente una situación en la cual la deuda se hace inevitable. Y es una situación histórica, social y colectiva. En ese sentido, empezamos a trabajar mucho trazando este circuito entre proceso histórico, proceso de la deuda externa y endeudamiento en los hogares y las familias.

K: Hablemos de los trabajos que pagan esa deuda. ¿Cómo se hace evidente que ya no se trata solo de trabajo asalariado, sino sobre todo de un trabajo precarizado e informal?

VG: Hay un cambio en a quiénes se oferta crédito. Que históricamente para acceder a un crédito era necesario tener un recibo de salario, un trabajo formal, registrado, que pueda demostrar que vos tenías una estabilidad de ingresos. Pero todo el mundo financiero se fue adecuando a la precarización del trabajo, tratando de explotar también las formas informalizadas, precarizadas e inestables del trabajo. Ahí se produce una paradoja, porque podríamos decir: hay poblaciones que son excluidas del mercado de trabajo asalariado, pero son incluidas financieramente por el mercado de la deuda.

“Se produce una paradoja: hay poblaciones que son excluidas del mercado de trabajo asalariado, pero son incluidas financieramente por el mercado de la deuda”.

Las finanzas reconocen que ese trabajo inestable y precario va a esforzarse en cumplir la obligación financiera de la deuda. La deuda al incorporarse a la rutina y a la vida cotidiana, lo que hace es acelerar la explotación del trabajo, porque vos sabés que tenés que cumplir la obligación financiera cada 15 días o a fin de mes. Y, por lo tanto, vas a tener que hacer lo que tengas que hacer para juntar ese monto de dinero. Si trabajás en una feria o trabajás vendiendo cosas o trabajas teniendo distintos turnos de trabajo docente, vas a estar permanentemente buscando qué otro trabajo podés agregar para pagar la deuda. 

Nosotras decimos que la deuda no está separada del mundo del trabajo, la deuda se metió adentro del mundo del trabajo, especialmente en el trabajo formalizado y precarizado, y obliga a ese trabajo a trabajar más. Fue importante también estudiar cómo había cambiado esta arquitectura financiera, cómo empiezan a aparecer, más allá de los bancos, otras instituciones como crédito fácil o efectivo ya. 

“La deuda no está separada del mundo del trabajo, la deuda se metió adentro del mundo del trabajo, especialmente en el trabajo formalizado y precarizado”.

Eso tiene un salto cuantitativo y cualitativo durante la pandemia, cuando ya los créditos se ofrecen directamente por billeteras virtuales. Entonces, ni siquiera te tenés que ir a un puesto o a una ventanilla de una estación de tren, sino que directamente te aparece como oferta en las redes sociales. Esa dimensión de ver cómo se adecúa la arquitectura financiera, cómo se flexibiliza para capturar el trabajo más informalizado, es un punto clave porque nos obliga a pensar ya en un endeudamiento de masas, que excede el mercado de trabajo formal asalariado y que a cambio logra cobrar intereses altísimos. Porque dice: ‘Como yo le presto a población riesgosa, a gente que no sabemos si va a poder pagar, para asegurarme mi beneficio está justificado que cobre intereses muy altos’. Bajo la idea de que se democratiza el crédito, lo que hay también es una hiperexplotación por medio de un costo altísimo que se paga por ese dinero. 

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K: Ustedes hablan de que el endeudamiento de masas se dirige específicamente a un grupo de personas: las mujeres, los migrantes, las personas trans. Porque dentro de lo precarizado, ellas están hiperprecarizadas. ¿Cuál es el rol que entra a cumplir la mujer y su trabajo no remunerado dentro de este esquema de sobreendeudamiento?

Luci Cavallero: La investigación se hizo adentro del movimiento feminista. Y eso ya nos dio una cantidad de lentes para mirar la cuestión del endeudamiento, que si bien había estudios anteriores, como los de Silvia Federecci y otras compañeras, capaz no estaba tan desarrollada en Argentina esa mirada feminista sobre el endeudamiento. Empezamos a hacerle una investigación muy política, que era cómo estaba afectando la vuelta del Fondo Monetario en la Argentina, en el 2018, en las economías domésticas, ya con toda la visión y las lentes que nos daba el movimiento feminista para entender que en la economía doméstica hay producción de valor en el trabajo no remunerado, hay relaciones de subordinación, hay una división sexual del trabajo. Y desde esa mirada revisamos el impacto de la deuda externa en los hogares. Ahí nos encontramos que muchas mujeres estaban, a partir de la caída del poder adquisitivo de los ingresos, completándolo con deuda. ¿Y qué vimos además? Primero, que la deuda estaba en principio vehiculizada a partir de un subsidio que se da justamente para criar a los niños, es la Asignación Universal por Hijo. Que muchas mujeres dejaron de poder comprar lo que necesitaban para criar a los chicos y empezaron a usar ese subsidio para acceder a deuda, deuda que ofrecía el mismo Estado.

“A la deuda hay que hacerle preguntas políticas”.

K: Sucede también en Colombia, como una forma de inclusión financiera: para acceder al subsidio, debes bancarizarte. Luego de eso ya ocurre que te ofrece un montón de cosas diseñadas para tu perfil riesgoso. Es algo tóxico.

LC: Es súper tóxico. Hay una articulación orgánica entre los mandatos de género y el endeudamiento. Muchas mujeres se están endeudando para comprar lo que necesitan para cuidar. Y empezamos también a ver que estaba creciendo el número de mujeres como titulares de deuda, sobre todo en estos préstamos ligados a los subsidios dados para criar a los niños, y los préstamos de entidades más informales que los bancos. Ahí está creciendo mucho la feminización del crédito, en las que son las financieras, que incluso encontramos en la investigación que ponían locales cerca de las escuelas para ofrecer, antes de empezar las clases, comprar las cosas que necesitan los chicos. Como una astucia del mundo financiero para leer que las mujeres hacen, en situaciones de crisis, malabares para sostener la economía doméstica y, por lo tanto, le ofrecemos crédito sabiendo que van a hacer cualquier cosa para pagar, cualquier cosa para que no falte nada en la casa, y las construimos como buenas pagadoras. 

A la deuda hay que hacerle preguntas políticas. La forma en que se mide el endeudamiento, las estadísticas oficiales e incluso en las investigaciones, deja fuera preguntas políticas de primer orden, como por ejemplo: ¿Quiénes asumen la deuda? ¿Con qué trabajo se paga? ¿Y cuál es el costo de endeudamiento? Y ahí nos encontramos esto, empezamos a acuñar esa frase que se hizo muy famosa en Argentina, que fue la de endeudarse para vivir. A buscar cierta orientación interseccional para entender la deuda y para darnos cuenta también, primero, que las mujeres están endeudadas de maneras informales. Cuando vos te vas a pensar cómo eso se cruza con la migración, y a medida que vas encontrando poblaciones en peores condiciones, vas encontrando endeudamiento más informal, mayor violencia frente a la posibilidad del impago. 

K: En su libro mencionan que la deuda genera violencia financiera. Pero, ¿cuáles son las violencias que no tienen un vínculo tan obvio con la deuda y que es urgente mirar?

VG: La afectación en la cuestión de la vivienda es muy clara, porque el mercado inmobiliario, si sos mujer, si sos lesbiana, travesti, trans, si tenés hijes, bueno, te pone muchas más condiciones para alquilar. Y durante la pandemia, los dueños también producían distintas herramientas de extorsión sobre esa población para sostener el alquiler. Eso implicó que tuviesen que tomar más deuda para pagar el alquiler y no ser desalojadas. Hay todo un circuito que se va retroalimentando: tenés más tareas y más responsabilidades de cuidado, entonces podés trabajar menos, en un momento de la pandemia donde bajan los ingresos, y encima la presión del dueño de tu casa.

La violencia financiera condensa un conjunto de otras violencias. Al final del recorrido lo que está haciendo es sintetizando una cantidad de violencias, que puede ser la violencia habitacional, la violencia sexista y racista, las violencias machistas, por supuesto. Y veíamos que la violencia financiera, que muchas veces no está conectada con todas las otras violencias, funciona como una suerte de síntesis final de por qué tenés que tomar deuda en peores condiciones, por qué vas a pagar más, por qué, además, te endeudás con prestamistas que después ejercen violencia a la hora de reclamar el pago.

KP: La violencia financiera es la que más desprevenidas nos coge…

VG: Y aparte parece como objetiva y abstracta: ‘Bueno, esto es una cuestión de tasa de interés’, ‘Esta es una cuestión de las condiciones en la que se te presta el dinero’. ¿Pero cómo llegaste a tener que tomar esa deuda? ¿En qué condiciones? ¿Y cómo eso actualiza un montón de otras violencias? Hay que ponerlo en palabras y mostrar cuáles son los cuerpos sobre los cuales recaen todas esas violencias, que no son cualquier cuerpo. 

En el caso de de Argentina, también el hecho de que haya sido desde el movimiento feminista donde se empezó a politizar la deuda fue muy importante, porque se tradujo en un lenguaje político. Entonces, hablamos de las consigna Vivas, libres y desendeudacas nos queremos, pero después hubo otra consigna muy importante que es La deuda es con nosotres. Entonces invertir: se nos debe a nosotras y a nosotres, y por eso es que finalmente siempre estamos en condiciones de desventajas a la hora de conseguir un trabajo o alquilar, la carga de cuidado, etcétera.

K: ¿Por qué esa deuda es con nosotras? Porque suena como a contra sentido común: por qué me deben a mí, si la que sacó el crédito fui yo.

VG: Me parece que es interesante pensar, si reconstruimos cómo llegas a esas condiciones de endeudamiento, cuáles son los cuerpos que quedan endeudados en las peores condiciones, si damos vuelta a la moneda, miramos cuáles son los despojos que hacen que esas personas, esos cuerpos, se enfrenten al mercado de crédito en las peores condiciones, pero también al mercado de vivienda y al mercado de trabajo. 

“La deuda aparece como natural y obligatoria, pero parece borrar todas las condiciones que produjeron esa situación de inequidad e injusticia”.

Lo que se invierte cuando decimos Nos deben a nosotras y a nosotres, es porque estamos dando cuenta de todas las formas de injusticia, de desigualdad, de racismo, de sexismo, que hicieron que estemos en condiciones de desventaja en cada uno de los planos de la vida. 

La deuda aparece como natural y obligatoria, pero parece borrar todas las condiciones que produjeron esa situación de inequidad e injusticia. Invertir y decir nos deben a nosotras, porque, bueno, tenemos miles de horas de trabajo gratis de muchas generaciones, nos deben a nosotres porque las líneas de herencia, en general, dejan afuera a las mujeres y las personas queer, entonces el acceso a una vivienda es totalmente distinto. 

Empezar a reponer esas situaciones históricas, es desindividualizar, ponerle genealogía política e invertir la carga de la deuda. En el libro que compilamos con Silvia Federici, se llama Quién le debe a quién, hacemos este juego de cómo pasamos de decir Nosotras las deudoras a decir Nos deben a nosotras. Cómo hacer ese desplazamiento político en cada situación, también como una pedagogía entre nosotras de cómo reconstruimos esas cosas, porque no es evidente. Hemos aprendido a decir: ‘Bueno, sí la deuda es mi culpa’, o ‘No tuve suerte, o ‘Me salió mal’. Pero es una tarea de pedagogía política entre nosotras ir reconstruyendo esas situaciones.

K: ¿Por qué lo financiero y crear tu libertad financiera apunta tanto a los jóvenes? ¿Qué no estamos viendo ahí? 

VG: En nuestro último libro, Contra el autoritarismo en la libertad financiera, tomamos ese concepto porque se convirtió en un concepto fundamental de la campaña política de Javier Milei, que prometió estabilidad en la moneda. Hay que poner en contexto que Argentina tiene una crisis de inflación muy fuerte, lo cual vuelve muy inseguras todo el tiempo las condiciones de reproducción. Te pueden cambiar los precios de un día para el otro, lo que estás pagando sabés que va a variar, mientras los salarios están fijos o se devalúan. Entonces, Milei hizo campaña contra la inflación, diciendo: ‘Yo lo que voy a ofrecer es estabilidad y libertad financiera’. Nosotras en ese título lo que hacemos es poner en contradicción esta idea de autoritarismo por medio de la libertad. Porque, en general, asociamos el autoritarismo a las experiencias históricas de no libertad o de cuando la libertad está coartada o limitada. Y lo que queríamos entender es qué tipo de autoritarismo produce la idea de que la libertad se restringe a lo financiero. De que la libertad que tenés es la libertad de endeudarte, mientras te empobrecen. Que la libertad que tenés es la de, justamente, pagar más tasa de interés porque no hay ninguna regulación. 

El gobierno de Milei se encargó de quitar todas las regulaciones, por ejemplo, a los intereses de las tarjetas de crédito. Entonces, hoy en Argentina, la mayoría de la gente financia sus compras de alimentos con tarjeta de crédito. Las tarjetas de crédito han sido totalmente desreguladas. Entonces, si vos pagás el mínimo al mes siguiente, porque no podés pagar la totalidad, o porque vas financiando con la tarjeta en cuotas, no sales de ahí y se va armando una bola de deuda que es infernal. ¿Qué significa que se use la palabra libertad, para declinarla en una clave financiera, mientras te empobrecen y te someten justamente a la desregulación del poder de estas corporaciones: tarjetas de crédito, mercado inmobiliario? 

Nos interesaba hacer chocar esas nociones para explicar qué es lo que estaba pasando. Y, a la vez, poner en juego que la idea de la libertad financiera, sin embargo, tiene un atractivo de que convoca a esa figura del emprendedor, de que vos vas a poder hacer lo que quieras porque depende de tu esfuerzo, de tu entusiasmo, de tu energía. Y ese modo en que la ultraderecha convoca, diciendo: ‘Vos no podés’, ‘Vos sos una víctima que necesita que el Estado te ayude’, o ‘Vos sos vago y no trabajás y el Estado te subsidia las cosas’.

“Mucha gente tiene muchos trabajos, está endeudada y termina resentida con el que tiene al lado y no el que tiene arriba.”.

Se logró construir desde la ultraderecha esa idea de que el Estado, los servicios públicos y los derechos son para las personas que no pueden, para las víctimas o para las personas vagas o perezosas. Y que en cambio, la libertad financiera interpela a quien sabe sacar las cosas adelante, a quien confía en su capacidad emprendedora. Eso es una interpelación política muy potente.

K: Es un poco como el mundo al revés: no pidas derechos públicos de calidad, ni educación pública y gratuita, porque te pones en el papel de víctima.

VG: Esa es una trampa tremenda, pero muy bien hecha. Lograron cambiar la percepción que tenemos sobre los derechos. Los derechos que son luchas acumuladas: si tenemos derecho a la educación pública, es porque hubo un ciclo histórico de luchas de quienes dijeron esto tiene que ser de acceso libre, gratuito, la salud pública lo mismo. Es un conjunto de luchas que han ganado y consolidado eso como bienestar y como riqueza colectiva y pública. La ultraderecha cambia la percepción colectiva, deshistoriza también lo que significaron los derechos como un conjunto de luchas y dice: ‘No, los derechos son para las personas que no pueden’, ‘Si vos podés, no necesitás al Estado’, ‘Si vos podés, no necesitás los derechos, te vales por vos mismo’. Creo que ahí hay un mecanismo muy complejo, porque también involucra una crítica a cómo en nuestros países esos derechos también han dejado afuera a parte de la población. No han sido lo universales que se decía que fueran.

K: En su primer libro insisten en la comunidad, pero hoy esa es una palabra muy manoseada. ¿Cómo se hace comunidad en medio de estas subjetividades atravesadas por lo neoliberal y las redes sociales?

LC: En el último libro hablamos mucho de cómo actúa la deuda individualizando a las personas y desarmando, o mejor, explotando ciertas formas de economía de la reciprocidad. Y al mismo tiempo, individualizando la responsabilidad de la obligación financiera. La verdad es que no tenemos una receta sobre eso, son ensayos que hacemos. Hoy en Argentina está muy difícil, porque hay una descomposición fuerte del tejido social, porque hay una avanzada muy fuerte en destruir la base material que te permite tener tiempo para estar con otros. 

Hoy ese es el desafío y eso es lo que tenemos que poder hablar, y ver cómo ir colectivizado lo más sinceramente posible las formas en que se impide la participación política del resto. Mucha gente tiene muchos trabajos, está endeudada y termina resentida con el que tiene al lado y no el que tiene arriba. Entonces, creo que hay que hacer comunidad es discutir el tiempo que tenemos, los trabajos que tenemos, poner a disposición recursos materiales, colectivizarlos, tener de frente esa discusión, no dejarla para lo último. 

K: ¿Qué tipo de recursos?

LC: Todos los recursos, desde vivienda hasta dinero. Es que hoy está en crisis la capacidad de tener tiempo para hacer comunidad, para crear en conjunto con otros. Entonces, nosotras lo pensamos por ahí, en esa discusión sincera. A mí decir comunidad como lo puede decir una empresa de telefonía celular, no. O sea, hoy los problemas de hacer comunidad son estos y lo único que te puedo decir es poner esto como problema político a la hora de hacer comunidad. La deuda, el empleo, la posibilidad o no de hacerse tiempo para la participación política y para crear con otros.