Repertorio de emociones: cuando las personas LGBTIQ+ "salen del clóset" con sus familias

Es común que las familias de las personas LGBTIQ+ atraviesen un duelo cuando sus hijas, hijos e hijes ‘salen del clóset’. Pero ese proceso también puede generar bienestar emocional y menos exposición a riesgos si se vive desde el amor y el respeto. Este reportaje cuenta las emociones que surgen en el camino y cómo transitarlas.

Fecha: 2024-02-02

Por: Pilar Cuartas Rodríguez

Ilustración: Primario @primario.co

Repertorio de emociones: cuando las personas LGBTIQ+ "salen del clóset" con sus familias

Es común que las familias de las personas LGBTIQ+ atraviesen un duelo cuando sus hijas, hijos e hijes ‘salen del clóset’. Pero ese proceso también puede generar bienestar emocional y menos exposición a riesgos si se vive desde el amor y el respeto. Este reportaje cuenta las emociones que surgen en el camino y cómo transitarlas.

Fecha: 2024-02-02

Por: PILAR CUARTAS RODRÍGUEZ

Ilustración: Primario @primario.co

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—Mamá, soy gay.

—¿Qué hice mal?

A Jorge Apolaya aún le duele recordar lo que le respondió su mamá en 2007, cuando le contó que le gustaban los hombres. En su círculo social, los activistas como él suelen decir que no quieren que la gente los acepte, sino que los respete. Pero la verdad es que él sí quería que ella lo aceptara. 

“Yo sí deseaba que mi mamá me aceptara. No hubiera podido vivir con la historia que siempre cuenta Juan Gabriel (el cantante), que su mamá nunca lo quiso. Me quiebra eso. Las madres no están obligadas a querer por querer, pero no puedo imaginar que mi mamá no me quisiera por ser gay y no porque, por ejemplo, le vendí la casa y afecté su salud o por ser un delincuente”, recuerda Jorge.

Desde entonces, han pasado amores, desamores, viajes, lecturas, charlas y terapias. Hoy, Jorge (45 años) y su mamá (64 años) viven juntos, se siguen amando y han establecido sus propias reglas de la casa: no se toleran los chistes homofóbicos, solo participan de los eventos familiares en los que los dos son bienvenidos y no entra nadie que odie a los gais. 

Jorge cuenta orgulloso cómo su madre aprendió sobre diversidad sexual y asistió a su primera marcha del Orgullo en 2010 en Lima, Perú. Portó una bandera en la que se leía: “Amo a mi hijo gay”. Conocer ahí a otras madres de hombres gais y participar de convenciones de familias de personas LGBTIQ+ le permitieron entender que ser homosexual es una orientación sexual, al igual que la heterosexualidad. Que no hizo nada mal, no es un castigo, ni un delito, tampoco una enfermedad. Es natural. 

Pero, para llegar a ese punto, antes sintieron la culpa, el miedo, la vergüenza, el silencio. Las personas LGBTIQ+ y sus familias atraviesan un carrusel de emociones parecido al de Jorge y su mamá. Profesionales en Psicología, Derecho y Antropología que acompañan esos procesos dicen que es igual que hacer un duelo, porque mueren las expectativas que los padres tienen sobre sus hijas, hijos e hijes. Sin embargo, no todas las familias viven el mismo escenario y algunas se ubican en los extremos de aceptar inmediatamente a sus familiares LGBTIQ+ o rechazarlos sin dejar siquiera una puerta para el diálogo. 

 

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La culpa

La culpa suele ser una de las primeras emociones que aparecen. Culpa en las personas LGBTIQ+ por ser quienes son y amar a quienes aman. Culpa por no poder seguir la heteronorma (creer que la heterosexualidad por mandato social es la norma), pues la orientación sexual y la identidad de género no se eligen como si se tratara de un catálogo. También hay culpa en las familias por creer que es un castigo y se equivocaron en la crianza. Culpa porque la religión predica que es pecado. Culpa porque les dicen que es una patología y les venden la promesa de curarla, pese a que la Organización Mundial de la Salud estableció que no es cierto y que la Organización de las Naciones Unidas considera esas “terapias de conversión” como tortura. Culpa, culpa y más culpa.  

Thiago Miranda, psicoterapeuta de la organización boliviana Adesproc Libertad, lleva más de diez años atendiendo a personas LGBTIQ+ y sus familias. Explica que la mayoría de las sociedades latinoamericanas se preocupan por el qué dirán y que, en su experiencia, son las mamás las que más cargan con ese peso. Ellas mismas se culpan o la sociedad las culpa. 

Eso le sucedió a Marithza Sandoval. Hace diez años, la culparon de que su hijo dejara de identificarse como hombre, para hacerlo como mujer trans. Su expareja y padre de su hijo la “acusó” de haberlo vestido con “ropa de niña” cuando era bebé y se negó a aceptarla. Nunca más volvieron a hablarse. 

Marithza, a su vez, se culpó porque, siendo psicóloga de profesión, no se dio cuenta antes de que tenía una hija trans. Buscó ayuda, pero no encontró asesoría especializada en el sistema de salud público ni privado de Colombia. Así que le tocó ser parte de la solución. Se unió al primer grupo de familias del Grupo de Acción y Apoyo a Personas Trans (Fundación GAAT), que acompaña a los padres, madres y demás familiares, y brinda información acerca de temas claves como la identidad de género, que es un derecho, según pronunciamientos de organismos internacionales como la ONU y entes judiciales regionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y se refiere a cómo vive cada quien internamente el género, lo que puede corresponder o no con el sexo asignado al nacer.

El miedo

Marithza Sandoval sintió miedo al saber que tenía una hija trans. Lloró casi a diario durante tres meses imaginando las formas en que podrían dañarla en Colombia, el país donde más asesinan a personas lesbianas, gais, bisexuales y trans en América Latina, según el más reciente informe de la campaña Sin Violencia LGBT, y donde 35 mujeres trans fueron asesinadas en 2022, de acuerdo con la organización no gubernamental Colombia Diversa. 

“Es la realidad. Siempre ha sido mi terror y todavía lo es. Sufro todos los días imaginando que le hagan algo a mi hija, que se monte a un bus y alguna persona se considere ofendida por su existencia y la mate, sin haber hecho nada”, dice.

Mientras lidia con el miedo, Marithza Sandoval libra otras batallas. Como la que ganó para que los celadores del edificio donde vive entendieran que su hija ya no se identifica como hombre y tiene un nuevo nombre, con el que tiene derecho a ser llamada. 

—Mi hija es una mujer trans. Significa que se siente y es mujer. Lo que tú conociste, olvídalo, yo ya lo olvidé. Y yo soy la mamá. ¿Por qué tú no puedes hacerlo y llamarla por su nombre?

—Sí, señora Marithza, tiene razón.

“Yo puedo medir hasta dónde puedo hablar con la persona y lograr un impacto y cuando no hay nada que dialogar, porque no pienso discutir si mi hija tiene derecho a existir. Eso no tiene discusión. Hay casos en los que negocio y otros en los que rompo vínculos”, cuenta Marithza, quien se identifica como una “mamá trans”, porque se considera parte del tránsito de género de su hija.

¿Por qué sentimos culpa y miedo?

Cristina Rojas Tello, antropóloga y magíster en Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia, explica en su libro De Colores que la diversidad ha sido rechazada, perseguida y prohibida en muchas sociedades y épocas de la historia. Así que esa culpa y ese miedo que sienten las familias no está infundado. “La buena noticia es que no hicieron nada mal”, apunta Rojas. 

“Vivimos en un mundo homofóbico, pensado y construido solo para heterosexuales. Crecimos en un lugar donde la televisión nos mostró que el personaje diverso de la novela era siempre objeto de burlas, ridiculizado por sus gestos y siempre terminaba solo. Inconscientemente, nos crearon la idea de que esa soledad era su castigo por ser homosexual”, explica la antropóloga en su libro. 

Añade que otra de las raíces de estas emociones es el sistema educativo, que “nos mostró un mundo binario, dividido entre hombres y mujeres, donde los puntos medios, los grises, debían ser excluidos”. “Las instituciones y las personas que nos rodearon, maestros, padres, vecinos y hasta el tendero, se convirtieron en policías del género cuya misión era que nadie saliera de la norma. De hacerlo, sería socialmente castigado mediante la burla, el rechazo y la violencia”. 

El libro también reúne las preguntas más comunes en las familias:

—Mi hija es lesbiana. ¿Tal vez le faltó un novio o un hombre que la hiciera heterosexual?

—Soy madre soltera. ¿Ese es el motivo por el cual mi hijo se volvió gay?

—Mi esposo nos abandonó hace años. ¿La falta de una figura paterna llevó a mi hija a convertirse en lesbiana?

—Entre mi hijo y su novio, ¿quién es la mujer y quién es el hombre? 

—¿Por qué razón decidió mi hijo ser gay y hacerme ese daño?

El psicoterapeuta Thiago Miranda, sin embargo, cree que ha habido un cambio. En los primeros años de su consultorio, eran las personas LGBTIQ+ quienes buscaban asesoría sobre cómo ‘salir del clóset’ con sus familias o cómo lidiar con su rechazo. Recuerda que se encontró con familias que lo buscaron con la idea de que “curara” la sexualidad de sus hijas, hijos e hijes. Contrario a eso, de forma más reciente, han llegado a su consulta personas diciendo que aman a sus familiares LGBTIQ+, pero que no conocen el tema y necesitan ayuda. 

“Eso me ha impresionado, porque antes tocaba rogarles a los papás para que fueran a mi oficina o a las actividades, incluso nos decían que estábamos ‘homosexualizando’. Pero ahora son más bien las familias las que se acercan y dicen ‘necesitamos una guía”, cuenta Miranda, quien atribuye este cambio a la divulgación de información y a la labor de las organizaciones sociales. 

La familia nos marca

La familia es central en la vida de cualquier persona, pero aún más para una LGBTIQ+. Lo que vivimos en nuestro hogar nos marca. Cris Guerrero Olaya, persona no binaria, profesional en Psicología y a cargo de la dirección del área psicosocial de la Fundación GAAT, sostiene que la familia nos enseña en qué creemos, a qué valores le apostamos, cómo vemos el mundo, qué nos parece bien o mal. Es el entorno que brinda cuidado y afecto. 

El ser humano es social y la familia es el primer grupo que lo protege y cría. “Se aprende que integrar este grupo es estar a salvo. Entonces, cuando se rompe, hay una sensación de desarraigo. Se siente que ya no tiene sentido la vida. Las personas LGBTIQ+ muy probablemente se van a enfrentar a discriminaciones. Si cuentan con su familia, podrían enfrentarlas más fácil, entender que no hay nada malo en ellas, contar con quién dialogar y recurrir a los medios legales. Pero cuando no es así, se podrían volver inseguras, sentir que no merecen desarrollarse profesionalmente o estar expuestas a manipulación”, añade Betina Ticoulat, psicóloga clínica y social y especialista en Estudios de Género. 

El informe “Niños saludables con el apoyo familiar”, realizado por la Universidad de San Francisco (EE.UU.) en 2009, es el mayor referente en este asunto. El documento concluye que la aceptación familiar promueve el bienestar y ayuda a proteger a los jóvenes LGBTIQ+ contra los riesgos. Mientras que el rechazo los expone a problemas de salud física y mental.

“Ser valorados por sus familias ayuda a los niños a aprender a valorarse y estimarse. Pero escuchar que su orientación sexual es algo malo o un pecado envía el mensaje implícito de que no son buenas personas. Afecta su capacidad para quererse y cuidarse. Aumenta las conductas riesgosas, incluyendo el riesgo de infección por el VIH y la drogadicción. Afecta su capacidad de hacer planes para el futuro, puede irles mal en la escuela y es menos probable que quieran llegar a tener una familia o ser padres”, indica el estudio.

También establece la comparación entre los jóvenes homosexuales y transgénero que no sufrieron rechazo alguno o que fueron rechazados levemente por sus familias, debido a su identidad homosexual o transgénero, y los jóvenes que experimentaron un fuerte rechazo. Estos últimos mostraron:

  • Una probabilidad 8 veces mayor de haber intentado suicidarse
  • Una probabilidad casi 6 veces mayor de presentar altos niveles de
  • depresión
  • Una probabilidad 3 veces mayor de consumir drogas
  • Una probabilidad 3 veces mayor de correr un alto riesgo de infectarse por el VIH y contraer enfermedades de transmisión sexual 

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Gerald Wilmer González Brito concuerda con estas cifras. Tiene 46 años y hace 20 descubrió que es una persona intersex, es decir, que nació con órganos reproductivos o sexuales que no se ajustan a lo que tradicionalmente se considera “masculino” o “femenino”. Como él dice: es un cuerpo en el “medio”, es un cuerpo con “ovotestes”, una de las posibles realidades intersex. No tiene ovarios ni testículos. Pero los médicos nunca le dijeron la verdad a su mamá y, con mentiras, intervinieron quirúrgicamente su cuerpo. La hormonación a la que fue sometido lo hace parecer un “hombre”. Vive en Cuenca, Ecuador, es docente y le atraen los hombres. 

Hace años se fue una temporada de su casa porque su familia lo rechazaba. “Yo no ejercí el trabajo sexual, pero sí pude entender que la sociedad te empuja a eso, porque no hay oportunidades cuando te discriminan y mucho menos cuando estás viviendo fuera de tu casa, sin tu familia. En esa situación, la gente muchas veces se suicida porque, más que querer acabar con su vida, quiere acabar con el dolor, con ese momento de angustia”. 

La relación con su mamá (78 años) ha mejorado de a poco y en la actualidad viven juntos. Pero él sigue añorando una aceptación total. Que su mamá le dé un primer abrazo. Que se digan “te quiero”. Que se sienten en la mesa a hablar de sus amores. Que le preste su hombro para llorar la muerte de esa pareja a la que mataron. Que sepa que no puede tener hijos y que quiere adoptar. 

La negociación

Bruno Montenegro tiene 32 años, es presidente de la Fraternidad Transmasculina Perú y trabaja en la organización Más Igualdad Perú. Tenía 18 años cuando ‘salió del clóset’ como mujer lesbiana y 25 como hombre trans. Y lo hizo a empujones, sin quererlo, porque su hermana lo amenazaba con revelarles su orientación sexual a sus papás y lo hostigaba. Una hermana a la que tuvo que denunciar y a la que la justicia ordenó pagar una suma de reparación civil por el daño que le produjo. El litigio para defender quién era hizo que Bruno comenzara su activismo e incidencia en su propia casa. 

El proceso de aceptación familiar lleva más de diez años y ha progresado gracias a la negociación. A veces, los padres de Bruno se equivocan y lo llaman con su anterior nombre o se refieren a “ella” y no a “él”. Le molesta, pero, tras varias conversaciones, entendió que no lo hacen con malicia, sino que también están atravesando un duelo a esa antigua identidad. 

“Sé que soy la misma persona, solo tengo un nuevo nombre. Pero también yo debería ser más tolerante. Solemos no entender que los papás tienen un proceso, vienen de contextos y épocas diferentes”, reflexiona Bruno.

Aunque es flexible en ese punto, hay otros que no son negociables. Como cuando su mamá le pidió que no le hablara de sus parejas o que no las llevara al hogar. Entonces, Bruno vivía una doble vida. En la casa era uno, pero en la calle otro. Salió de un clóset para meterse en otro. “Hasta que dije que no me parecía justo, porque mi hermana cisgénero y heterosexual sí llevaba a sus parejas. Yo era callado y aceptaba lo que me decían, porque eran mis papás, pero se trata de mi esencia. Ya digo ‘no acepto’ y no dejo que decidan por mí”. 

La aceptación

Bruno recuerda cuando su mamá les sirvió a su hermano y a él una porción más grande de comida en el plato alegando que los “hombrecitos comen más”. Su hermana refunfuñó porque le pareció machista la escena. Él sabe que lo fue, pero ahora sonríe porque su mamá reconoció por primera vez que era un hombre. Así como cuando su papá salió a comprar ropa y regresó con una camisa para él, de la sección de hombres y talla S. 

Esta evolución es producto también de recibir información veraz y confiable. La mamá de Bruno ha asistido a encuentros con otras madres de personas trans y recibió asesoría psicológica. Así, cuando sus hermanas la llamaron para decirle que su hijo era una vergüenza para la familia por aparecer como activista en la televisión, ella les calló la boca respondiéndoles que él tenía derechos.  

En América Latina hay organizaciones dedicadas a acompañar a las familias de las personas LGBTIQ+, como Familiares y Amigos Unidos por la Diversidad Sexual y de Género (FAUDS), en Colombia; Asociación Es Mi Familia, en Ecuador; Familiares Mentes Libres, en Bolivia; y Madres de LGBTIQ, en Perú. A nivel regional, existe la Asociación Internacional de Familias por la Diversidad Sexual, una red de 23 países que se creó en 2002. 

Luis Perelman, sexólogo y uno de sus cofundadores de esta organización regional, explica que cuentan con espacios de apoyo para conversar sobre dudas y experiencias.

María Cristina Pulido, de 72 años y mamá de un hombre gay en Perú, asistió a varios de esos encuentros que se han convertido en convenciones internacionales repletas de papás y mamás con preguntas para mejorar la relación con sus hijas, hijos e hijes LGBTIQ+. Le alivió hablar con otras mujeres y saber que tenían las mismas preguntas.

Su hijo ‘salió del clóset’ hace 45 años, y en ese entonces, su amigo peluquero y gay fue la única fuente de información. No encontró libros, folletos, ni programas que le hablaran sobre la homosexualidad. Era tabú. Desde su casa, ya pensionada, hoy sostiene que “todes” tenemos derecho a vivir libres y sin miedo, e invita a las familias a conectarse a la reunión virtual que organiza el primer sábado de cada mes, pues ahora es la presidenta del capítulo peruano de la Asociación Internacional de Familias por la Diversidad Sexual. 

Así como ella, la organización FAUDS en Colombia ofrece encuentros individuales con personas que están en crisis y espacios grupales en los que se reúnen, hijos, hijas, tíos, abuelos, amigos, parejas y cualquiera que quiera aprender. 

Santiago Carvajal, abogado y uno de los cofundadores de FAUDS, cree que es un gran paso cuando una familia busca ayuda. “No se preocupen, también estuvimos de ese lado, tuvimos miedo, pero aquí les daremos las herramientas necesarias”, es el mensaje que se les transmite a las familias. Luego comprenden que las emociones que se viven son parecidas a las de un duelo.

Además de tener apoyo de organizaciones, las leyes y el litigio podrían contribuir a mejorar las relaciones familiares de las personas LGBTIQ+. Carla Guardia Pastrana, abogada y directora ejecutiva de la organización Igual en Bolivia, considera que cuando las leyes negaban la existencia de la diversidad sexual, era más difícil para las familias aceptar a sus familiares. 

Las familias se sienten más respaldadas y con menos miedo cuando saben que hay una Constitución que les protege y que, por ejemplo, se expidió una ley de identidad de género que reconoce a las personas trans, que los homosexuales ya pueden donar porque no deberían cargar con el estigma de “promiscuos” y que sus uniones son legales. 

Hay varios caminos para que la familia biológica o de origen pueda seguir siendo un espacio seguro, de amor y cuidado. Pero si deja de serlo, pese a todos los esfuerzos, las expertas recuerdan que la familia también es una construcción social y que se pueden conformar lazos con las personas que sí aceptan nuestra esencia. La posibilidad de elegir otra familia también sana.