Hablemos de masculinidades, amor y trabajo
El mandato de la masculinidad atraviesa a los hombres desde las heridas íntimas del amor romántico, hasta las dinámicas de abuso de poder y acoso sexual en espacios laborales. Una entrevista con Luciano Fabbri, coordinador de masculinidades en Grow y capacitador sobre políticas de género y sexualidades, para entender los efectos de ese mandato.
Fecha: 2026-08-06
Por: Luisa Fernanda Gómez
Ilustración por:
Luisa F. Arango (@holaahumano)
Hablemos de masculinidades, amor y trabajo
El mandato de la masculinidad atraviesa a los hombres desde las heridas íntimas del amor romántico, hasta las dinámicas de abuso de poder y acoso sexual en espacios laborales. Una entrevista con Luciano Fabbri, coordinador de masculinidades en Grow y capacitador sobre políticas de género y sexualidades, para entender los efectos de ese mandato.
Fecha: 2026-08-06
Por: LUISA FERNANDA GÓMEZ
Ilustración por:
Luisa F. Arango (@holaahumano)
Al final del 2025 estuve saliendo por varios meses con un chico que era intermitente en sus expresiones de interés y afecto. “No quiero una relación”, me dijo en la cama cuando le pregunté “¿qué puedo esperar de ti?”. Yo tampoco quería una relación, al menos no una de amor romántico, pero necesitaba entender la naturaleza de nuestro vínculo. Su falta de claridad se extendió en el tiempo hasta zafarme un tornillo y entré en un estado de repulsión hacia el amor y hacia los hombres.
Esa tusa vino después de otra decepción amorosa, que vino después de otros intentos fallidos por relacionarme sexo-afectivamente con varones, incluyendo una relación larga y emocionalmente violenta. Estaba agotada y quise odiar a los hombres; pero también quise tratar de entenderlos.
Me puse a leer a bell hooks en El deseo de cambiar. Hombres, masculinidades y amor. ¿Cómo aman los hombres?, me pregunté. ¿Y cómo influye lo que les dice la sociedad que deben ser y hacer en la manera en que aman y expresan amor? Esas dos preguntas fueron la semilla de una serie de contenidos que fuimos publicando en Mutante como parte del ciclo de conversación #HablemosDeMasculinidades, que inauguramos poco tiempo después, y que comenzó con un post en Instagram con un título que se sentía como un anuncio personal: SE BUSCA HOMBRE QUE SEPA AMAR.
Recibimos cientos de comentarios y, junto con las charlas que sostuve con amigos varones, noté que había un tema que convocaba a la conversación.
De modo que hicimos un Círculo Mutante; un espacio híbrido de periodismo participativo que fusiona elementos de interacción cercanos a un grupo de apoyo con preguntas periodísticas. Se inscribieron un centenar de varones y asistieron más de cuarenta que, por más de dos horas, hablaron sobre la construcción silenciosa del mandato de masculinidad, de lo contradictorio que era el libreto de lo que se espera de un hombre en una relación y de los dolores que les causaba el amor cuando seguían este libreto. Al escucharlos noté frustración, confusión y disposición a mostrar su vulnerabilidad, pero también el reconocimiento de que hacerlo conlleva múltiples obstáculos sociales.
Seguí haciendo reportería para terminar de entender cómo construyen vínculos, de qué manera las normas sociales y la masculinidad inciden en esas relaciones, y si transformar esa manera de vincularse podría contribuir a la prevención de las violencias basadas en género. Con esas ideas llegué a Luciano Fabbri, docente y capacitador sobre masculinidades, políticas de género y sexualidades con más de 15 años de experiencia en ese campo.
Luisa Fernanda Gómez: ¿Qué es la masculinidad, hay un solo tipo?
Luciano Fabbri: Yo suelo proponer una distinción conceptual entre el uso singular para referirse a la ‘masculinidad patriarcal’, y las masculinidades en plural. Cuando me refiero al uso singular no estoy hablando de sujetos, de identidades o de corporalidades, sino de un conjunto de normas sociales para aquellas personas fundamentalmente nacidas con pene y testículos. Y podríamos decir que uno de los componentes principales de ese dispositivo es que los hombres debemos alcanzar y sostener posiciones de jerarquía.
La masculinidad es un proyecto político extractivista porque nos socializa a los hombres para esperar y pretender que los tiempos, cuerpos, energías y sexualidades de las mujeres están a nuestra disposición.
LFG: ¿Y las masculinidades en plural?
LF: Supone múltiples y diversas maneras de habitar, de vivir y de expresar la masculinidad. Y eso incluye a masculinidades que no necesariamente son cisgénero ni heterosexuales. Y en ese universo de masculinidades además de diversidad, hay jerarquías. Mientras más nos aproximemos a eso que la masculinidad singular pretende de nosotros, más factible es que ocupemos posiciones de jerarquía sobre otres.
LFG: ¿Qué hace la masculinidad en la dimensión emocional y relacional de los hombres?
LF: Uno de los puntos pilares de la socialización masculina tiene que ver con una falta de registro de las necesidades emocionales y de cuidado, propias y de las personas con las que nos vinculamos. Mientras a las niñas se las estimula muy tempranamente a través del juego con un bebé para que aprendan a identificar, atender y satisfacer las necesidades de los demás, cuando un niño agarra el bebé se le dice “esto no es para vos”. Vos no tenés que identificar, atender y satisfacer las necesidades tuyas ni de los demás porque alguien lo va a hacer por vos. Entonces hay un problema anterior a la distribución inequitativa de las tareas de cuidado, un primer gran obstáculo en ese proceso de socialización que consiste en cierta mutilación de la condición humana. Rita Segato, cuando habla del mandato de masculinidad, refiere a los hombres como los primeros destinatarios de esa violencia patriarcal: para poder ser socializados en el ejercicio de las violencias contra otros, primero somos violentados desde el ejemplo más básico: “No llorés”. El “no llorés” es: no lo sientas. No te asumas vulnerable. No asumas parte indispensable de tu condición humana. La socialización masculina es en sí un proceso de deshumanización primero de sí mismos, y luego de los demás, de los cuales te puedes servir para tus propias necesidades, contra los cuales puedes ejercer violencia.
LFG: ¿Y qué pasa específicamente en el campo del amor? ¿Cómo entienden los hombres el amor cuando siguen el libreto de la masculinidad?
LF: Hay elementos constitutivos de un amor más saludable que están enemistados con los mandatos de la masculinidad y que tiene que ver con esa falta de reconocimiento de las mujeres como pares y semejantes. Los hombres no van a tratar a sus amigos como tratan a sus parejas, porque a sus amigos sí los validan como pares y semejantes.
Si pienso en una forma saludable de construir vínculos amorosos, tengo que pensar en formas que desafíen los mandatos de la masculinidad: no esperar que ellas —su tiempo, sus energías, su trabajo emocional, su sexualidad— estén a mi disposición. Pensar si estoy siendo recíproco en mi forma de construir ese vínculo amoroso, si estoy esperando más de lo que estoy dispuesto a dar, si estoy ejerciendo formas de control y de micromachismos en el marco de ese vínculo, si estoy sosteniendo una división sexual del trabajo de cuidados y emocional… El amor se opone al extractivismo.
LFG: ¿Y cómo se relaciona esto, “la incapacidad” de los hombres de registrar las emociones, con la violencia de género?
LF: Hay una socialización de género para que los hombres encarnemos algunas emociones y censuremos otras. La emoción —así, en singular— más legitimada es la ira. Es la válvula de escape de una paleta más amplia de emociones pero que en ese proceso de deshumanización nos van privando de expresar: si estamos nerviosos, angustiados, ansiosos, frustrados, nos enojamos. Esa paleta emocional se reduce a unas pocas expresiones que se traducen en violencia, contra otres pero también autoinflingida.
Del amor al trabajo
Quienes asistieron al primer Círculo Mutante de masculinidades querían continuar la conversación, así que les propusimos juntarnos en un grupo de WhatsApp —una comunidad de conversación—. Se unieron más de 50 de ellos y, desde enero de 2026, ha sido un espacio en el que han podido reflexionar e intercambiar experiencias sobre todas las maneras en que el mandato de la masculinidad los ha afectado y conducido a dañar a otrxs —especialmente mujeres—.
Cuando en marzo de 2026 explotó el llamado #MeToo de los medios colombianos —luego de que se conocieran los casos de acoso y abuso sexual en Noticias Caracol y otros medios del país— les pregunté, como moderadora, a los hombres de la comunidad por los pensamientos que esto les detonaba.
“Me parece un tema muy difícil. Creo en el derecho que tenemos las personas a denunciar, pero se debe tener el deber de presentar pruebas. Todos somos inocentes hasta que se nos demuestre culpabilidad. Las relaciones laborales son relaciones de poder, por subordinación, tiempo, experiencia…”, dijo uno de ellos.
“Estas noticias me dan miedo, confieso” —dijo otro—, “me hacen pensar en las relaciones laborales que tengo con las mujeres: si me he sobrepasado, si hice algo que no estuvo bien, si ejercí abusos de autoridad, si me aproveché, si hay alguna mujer que se sintió incómoda conmigo en los espacios laborales, si he permitido el abuso contra mujeres por parte de hombres, si lo he incentivado…”.
La confesión del miedo llamó mi atención, así que pregunté: “¿Creen que les sería útil que construyéramos una herramienta para identificar si estoy ejerciendo violencias de género en el trabajo?”. Una docena de ellos reaccionó positivamente y fue dejando preguntas que respondimos más adelante en otra publicación de Mutante. Encontramos un segundo tema de conversación que arrancamos en junio de 2026.
Volví a Luciano Fabbri con más preguntas para entender el problema sistémico detrás: el mandato de la masculinidad expresado ahora en las oficinas. Fabbri es, también, coordinador de masculinidades en Grow, una organización que trabaja el abordaje integral de la perspectiva de género en los espacios laborales.
Luisa Fernanda Gómez: ¿Por qué los hombres violentan en el trabajo? Es claro que no los beneficia a ellos, ni a la empresa, y por el contrario les puede traer consecuencias al menos sociales.
Luciano Fabbri: Ejercen violencia porque pueden. La pregunta es por qué pueden, quizá. Por qué lo pueden hacer con la misma frecuencia e impunidad que lo hacen por fuera, si en un ámbito laboral deberían existir otras condiciones para que todo el mundo pueda transitar de forma segura y libre de violencias, y hay mayores niveles de control, de dependencia económica, de normativa que quizá permitieran otro grado de prevención. Y sin embargo pueden y por eso lo hacen. Y tiene que ver con que los ámbitos laborales son patriarcales —como los demás— y eso implica que los pactos vigentes en términos de relaciones de poder desiguales y violentas, también están allí.
LFG: Con un elemento adicional en los entornos laborales y son las jerarquías…
LF: Hay búsqueda por alcanzar y sostener posiciones de jerarquía, hay dividendos económicos, simbólicos, de reconocimiento, de posicionamiento, de prestigio en disputa, y todo eso influye en un ejercicio masculinizado del poder que los hombres, fundamentalmente, ejercen y que algunos otros sujetos también. Por eso tampoco es extraño encontrar masculinización de otras identidades dentro de los espacios laborales,
porque de algún modo buscan regirse por las mismas reglas generizadas que permiten históricamente a los hombres hacerse con las posiciones dominantes en el mundo del trabajo.
LFG: El segundo ciclo de #HablemosDeMasculinidades lo inauguramos con otro Círculo Mutante para la comunidad de WhatsApp y allí apareció una pregunta: ¿por qué los hombres buscan relaciones sexuales o afectivas en el trabajo? ¿Han sido los espacios laborales territorio de validación sexual para ellos?
LF: Es posible que los hombres busquen afecto o iniciar un vínculo sexo-afectivo siendo que, en el capitalismo, el trabajo es uno de los ámbitos donde mayor tiempo transcurrimos y donde tejemos muchas relaciones sociales. La cuestión más relevante tiene que ver con la validación sexual, principalmente, frente a los ojos de otros hombres. Mientras más masculinizados sean los ámbitos laborales y los equipos de trabajo, más probable es que existan esos mecanismos de homosociabilidad y de validación entre pares que en buena medida está dado por la búsqueda de la validación de la masculinidad viril y heterosexual.
Incluso ante la ausencia de otras identidades de género, los equipos hiper masculinizados validan la propia masculinidad, virilidad y heterosexualidad desde las formas de chistes, microagresiones, comentarios que hacen sobre las mujeres, o entre sí sobre sus respectivas mujeres —madres, esposas, hijas, hermanas—.
LFG: En el Círculo Mutante aparecieron también testimonios de hombres que, al presenciar violencias contra mujeres, optan por el silencio porque hablar significa “traicionar a otro hombre”. ¿Cómo funciona el “pacto de silencio”?
LF: No tienen tanto que ver con la negación a traicionar a otro hombre sino con el exponerse a que la propia masculinidad, sea invalidada o devaluada. Pareciera que en el cuestionamiento de prácticas o comentarios sexistas, uno se muestra menos masculino. Que ese cuestionamiento solo puede provenir de un ‘outsider’ a la masculinidad. Y que si proviene desde dentro es porque no hay tanta masculinidad en quien cuestiona. La no traición hacia un par, compañero, amigo es más una excusa o coartada que los hombres planteamos o incluso de la cual nos convencemos para no admitir que en realidad en ese silencio estamos cuidando nuestra propia masculinidad.
LFG: En la comunidad de WhatsApp apareció un comentario sobre el miedo y el cuestionamiento propio sobre las acciones realizadas luego de que se conocen casos de acoso sexual en el trabajo…
LF: La existencia de ese miedo nos habla de un registro nuevo que sospecha de la falta de registro anterior. Es como que la existencia de estas denuncias, de estos discursos y críticas nos hace pensar que estamos empezando a identificar como acoso o como violencia cosas que antes no registrábamos y que somos plausibles de haber ejercido. Y que ante ese nuevo registro lo potencialmente potente es transformar ese miedo en una observación crítica y autocrítica para no ejercer esas violencias que ahora empezamos a ver como tales, así como no permitir que se ejerzan en nuestro entorno. Es decir, no basta con que el miedo se transforme en un temor por la propia imagen, por haber hecho algo mal y eso se nos vuelva en contra en clave punitiva, sino como una alerta para que eso que empezamos a registrar como violencia no suceda, ni por nuestra responsabilidad de acción, ni omisión ante las prácticas de nuestros pares.
LFG: ¿Vale la pena poner el foco en las masculinidades para prevenir las violencias de género en los espacios laborales?
LF: Es una forma indispensable para prevenir la violencia basada en género en el ámbito del trabajo. Principalmente, porque son los varones los que con mayor frecuencia ejercen esas modalidades de violencia. Y porque en Latinoamérica, el 85 % de los puestos directivos de las empresas están ocupados por varones, por lo cual que existan políticas normativas y transformaciones culturales que permitan prevenir, abordar y erradicar las violencias de género en el trabajo, requieren el involucramiento activo y la decisión por parte de quienes lideran esas organizaciones.
LFG: ¿Y qué pueden hacer las empresas y entornos laborales con las masculinidades?
LF: Generar espacios de confianza, de seguridad, de confidencialidad, donde poner en palabras la necesidad de hacer crítica y autocrítica sobre nuestros comentarios, actitudes y comportamientos no sean vistos como un ataque o una amenaza sino como una oportunidad de revisión y mejoramiento de los vínculos y las relaciones. Sensibilizar en torno a los efectos nocivos que tiene la reproducción de esas prácticas. Las empresas tienen que poder dimensionar cómo la reproducción de estas violencias afecta al propio negocio; expulsan el talento joven y diverso, generan que las personas no se puedan expresar realmente como son. Y cuando desde las empresas se pregunta cuál es el beneficio de trabajar estos temas hay que preguntarles también si son conscientes de lo que ya están perdiendo por no trabajarlo.
LFG: ¿Por qué les cuesta tanto a los hombres ver todo el daño que les hace a ellos también el patriarcado?
LF: Uno, porque implica un duelo. Reconocer que esos mandatos de masculinidad nos hacen daño, es reconocer la ficción que la masculinidad en sí misma es. Y eso supone un duelo identitario. Dos, porque cuando esa imagen te constituye como alguien importante, digno de reconocimiento, merecedor de poder, no te vas a querer correr de esa identidad. Para poder encarnar una posición de poder en el marco de las relaciones sociales, los hombres tienen que permanecer sordos al diálogo de dudas que va surgiendo en su vivencia cotidiana.
No sé si ya di con un hombre que sepa amar, pero sé que estoy encontrando muchos que lo están intentando, que están escuchando y buscando maneras de disputar la masculinidad en singular, que rechazan la dominación e intentan crear referentes de masculinidades en plural. Y veo que lo están haciendo en colectividad.
“La curación no se produce de forma aislada”, escribe bell hooks al final del libro que se convirtió en guía para mí. Porque para amar hay que reconocer la interdependencia.
Quisiera creer que al final, los hombres que hacen parte de la comunidad Hablemos de masculinidades y otros más que pasan por los mismos cuestionamientos que allí surgen, podrían convertirse en eso que pusimos en la contracara de la publicación inaugural de la conversación: hombres que practican el amor integrando el cuidado, la responsabilidad, el respeto, la honestidad y el compromiso. ¿Eres tú uno de ellos?
