Aguas con pulso en La Mojana: la historia más allá del “desastre”
En esta extensa llanura inundable del Caribe, las aguas no son solo paisaje. Son también compañeras de sus habitantes. Pero la comprensión de este ecosistema sólo desde la “emergencia” y el desastre por las inundaciones ha llevado a intervenciones humanas que cortan sus ciclos y desconocen su vocación natural: apaciguar la fuerza de tres de los ríos más grandes del país.
Fecha: 2026-03-05
Por: Natalia Duque Vergara
Fotos de:
CHARLIE CORDERO
Fecha: 2026-03-05
Aguas con pulso en La Mojana: la historia más allá del “desastre”
En esta extensa llanura inundable del Caribe, las aguas no son solo paisaje. Son también compañeras de sus habitantes. Pero la comprensión de este ecosistema sólo desde la “emergencia” y el desastre por las inundaciones ha llevado a intervenciones humanas que cortan sus ciclos y desconocen su vocación natural: apaciguar la fuerza de tres de los ríos más grandes del país.
Por: NATALIA DUQUE VERGARA
Fotos de:
CHARLIE CORDERO
*Conoce más en el especial Todas las aguas llevan a La Mojana.
“Yo me conozco no solo los caminos, sino todas las aguas de por aquí”, dice Miguel Severiche, de 73 años, mientras guía el motor de su yonson, la embarcación que se desliza a unos 40 km/h por la Ciénaga de San Marcos. Donde alguien foráneo ve solo un manto de agua, él ve la profundidad, los colores y los obstáculos que debe esquivar, como matorrales y atarrayas.
En La Mojana, una región interna sin mar en el Caribe colombiano, que incluye a once municipios de los departamentos de Sucre, Córdoba, Antioquia y Bolívar, las aguas son igual, o incluso más importantes que las carreteras. En verano se anda en moto o a caballo, pero en invierno todo se inunda y el yonson (cómo se refieren a las pequeñas embarcaciones con motor por su marca comercial) es la mejor forma de ir de un lugar a otro.
Las aguas de La Mojana se cruzan con el cielo durante casi todo el año. Traen consigo tres recorridos, uno por cada gran río: el Cauca, el Magdalena y el San Jorge. Los ríos empiezan cientos de kilómetros antes y al llegar a la llamada Depresión Momposina se mezclan entre sí, formando un gran espejo acuático que descansa sobre 5.000 kilómetros de tierras inundables y planas.
Estas aguas se fragmentan en una variedad de ciénagas, caños y bosques que parecen infinitos y que corresponden al 9 % de los 30 millones de hectáreas del sistema de humedales del país, según el Ministerio de Ambiente.

Este paisaje ha marcado la vida y las costumbres de los mojaneros, quienes durante siglos han vivido con la certeza de la inundación. Los caminos son rutas sobre la ciénaga, los peatones son pescadores que lanzan mallas casi imperceptibles y los obstáculos son buches o buchones: formaciones de plantas que dificultan el paso sobre el agua.
Miguel se ubica con experticia. Vivió su infancia en Majagual, hacia el oriente de La Mojana, y está acostumbrado a esa suerte de vida anfibia, entre la tierra y las aguas. Por eso recuerda con extrañeza que durante su juventud hubo un periodo muy seco. “Nosotros no nos adaptamos a tierra seca”, cuenta. Por eso su familia decidió migrar hacia San Marcos, a unos 85 kilómetros de Majagual.

Como el agua no está quieta, sino viva, el paisaje mojanero siempre está en movimiento, es decir, que los bordes de las ciénagas y los caños no son siempre iguales.
En los meses de invierno (entre junio y diciembre), los ríos crecen y, aunque hay algunas tierras altas que permanecen secas, las planicies se inundan. Los cultivos de arroz y plátano quedan bajo el agua y hay que llevar el ganado hacia la parte alta. En los meses de verano, los lugares ‘navegables’ se vuelven ‘caminables’, y abunda tierra nueva, muy fértil para los cultivos.
Juana Camacho, investigadora del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), y Alejandro Camargo, antropólogo e investigador de la Universidad del Norte, ambos con más de diez años de experiencia en estudiar La Mojana, explican que hay lugares donde es muy difícil separar los límites entre la tierra y el agua. Son “ambientes híbridos” como los humedales, zapales, playones e incluso las ciénagas.
La Mojana es considerada una “ecoregión” porque funciona como un “delta hídrico” que regula los caudales de los tres ríos que la atraviesan. Según el Programa de Desarrollo Sostenible, realizado por el Departamento Nacional de Planeación en 2003, “estos humedales son primordiales en la amortiguación de inundaciones ya que permiten distribuir las cabezas de agua originadas por lluvias en las partes altas de la región Andina, facilitando la decantación y acumulación de sedimentos, funciones de control indispensables para la Costa Caribe”.
Es decir, es donde llegan las aguas de gran parte del país y se distribuyen en una enorme telaraña que disminuye su intensidad y las tranquiliza.
Aunque suena bello, en la práctica, habitar un lugar con estas particularidades es un reto. Hace 23 años el sociólogo Orlando Fals Borda narró su recorrido por la Depresión Momposina y caracterizó el “mundo riberano” o “riano” , es decir, el mundo de la gente del río.
“Nuestra vida es una lucha permanente en que debemos defendernos en tierra y en agua, con todo lo que encontramos”, dice Fals Borda citando a un anciano en el libro Historia doble de la costa.
Pero, en este caso, la “lucha” no está representada por dos contendientes enemistados, sino por dos fuerzas (las aguas y los humanos) que permanecen en un mismo espacio. Es la capacidad de adaptación y de adecuación del paisaje para hacer frente a las aguas altas y bajas.
Para la Corporación de Desarrollo Sostenible para el San Jorge y la Mojana (Corpomojana), la región se enfrenta actualmente a tres grandes problemas: conflictos por el uso de la tierra, la degradación de las cuencas hidrográficas e inundaciones “recurrentes y extremas” por cambios en la variabilidad climática.
Estas últimas han motivado constantes intervenciones institucionales que priorizan la construcción de infraestructuras como diques, muros y terraplenes, modificando el cauce de los caños y ríos. El ejemplo más reciente y mediático es el dique marginal del río Cauca, en la zona conocida como Caregato, que se rompió en 2021, generando una gran inundación que se ha prolongado durante cuatro años.
“Desde que llegó Caregato ya uno no sabe ni en qué momento está inundado”, cuenta don Miguel, quien experimentó la ruptura del dique y las dos inundaciones fuertes que hubo anteriormente.
Pero antes de la institucionalidad, que puso el ojo sobre el agua hace poco más de 15 años, e incluso antes de los abuelos y abuelas que conocen los recorridos de las aguas y el sonido de los peces, hubo grupos humanos que habitaron La Mojana y adecuaron la tierra y el agua para su supervivencia.
Es decir, unos 800 años antes del presente, los seres humanos compartieron espacio con las aguas, modificando el paisaje con construcciones que incluso hoy son visibles.
Aguas que corren hace más de 3.000 años
En algunas ciénagas de La Mojana sobresalen enormes tejidos en la tierra. Son canales que se entrecruzan unos con otros, atravesando los grandes cuerpos de agua que hacen las veces de un lienzo. Allí las hileras de tierra, muy bien formadas y definidas, se extienden en línea recta, en varias direcciones, abriendo nuevos caminos para las aguas.
Estos tejidos fueron construidos, según investigaciones del ICANH, hace unos 800 años, por un grupo humano que se asentó en esta región y que durante 2.000 años modificó el paisaje natural para vivir y cultivar en un entorno caracterizado por condiciones inundables.
Construyeron una serie de “camellones” y “canales”, organizando el terreno de acuerdo a los flujos de las aguas, teniendo en cuenta que, igual que ahora, cada año se encontraban con varios meses de aguas altas y después con un periodo de aguas bajas.
Los canales son estructuras lineales y cóncavas, que fueron excavadas para facilitar el drenaje, el tránsito acuático y el almacenamiento de las aguas.
Por su parte, los camellones también son estructuras lineales que sobresalen junto a los canales. Están formadas por acumulación de tierra y su función era la de muros de contención, rutas de circulación o campos de cultivo o ganadería.

Según Fernando Montejo, subdirector de gestión del patrimonio del ICANH, se cree que hubo “una relación directa entre las dinámicas de las aguas y las tipologías de los sistemas”. Por ejemplo, los tejidos en los que los canales y camellones se entrecruzan unos con otros, se construyeron en lugares donde las aguas entraban con fuerza y, entonces, estas estructuras les quitaban velocidad.
En el caso de los camellones, por su altura, permitían el cultivo de especies como maíz, batata, calabazas, yuca, ají e incluso coca durante todo el año y no solo en época de verano.
También hubo otros tipos de construcción como los túmulos o montículos funerarios, los basureros y las plataformas de vivienda. Estas últimas eran estructuras elevadas, construidas con tierra y sedimentos, donde se levantaban viviendas para protegerlas de las aguas altas.
Las arqueólogas y arqueólogos estiman que unas 500 mil hectáreas de terreno fueron modificadas con canales y camellones, en un momento en el cual no existía maquinaria. ¿Cómo lo hicieron? Montejo tiene como hipótesis que ocurrió cooperativamente, a través de varios liderazgos. “Estamos explorando cuál fue el lugar de la familia bajo un nivel de cooperación para la construcción del sistema, basados en el conocimiento heredado”, afirma.
Las inundaciones anuales traen consigo una gran cantidad de sedimento que, según Montejo, era utilizado para robustecer los camellones. Así, las formaciones que se ven hoy en La Mojana fueron el resultado de un trabajo continuo durante años.
“Esto nos está hablando de una capacidad adaptativa de los seres humanos a unas condiciones de inundación, pero también a un proceso de coproducción entre sociedad y naturaleza”, asegura Juana Camacho. Se trata de un paisaje antrópico, es decir, modificado por los humanos.
Desde entonces, las aguas se han seguido moviendo. Por ejemplo, el curso principal del río San Jorge, uno de los tres ríos que convergen en la región, solía ser por un caño que actualmente se conoce como Caño Carate y no por donde fluye en la actualidad.
Algunos camellones y canales siguen siendo visibles en la actualidad. Sin embargo, pocas personas conocen su historia, entre ellas don Miguel, quien cuenta que son más que todo los abuelos y abuelas de entre 60 y 80 años quienes pueden reconocerlos. Los llaman “cajetales” y suelen pensar que fueron obra de la naturaleza.
Las aguas del San Jorge
A un costado de la Ciénaga de San Marcos pasa el río San Jorge. Cuando se encuentran el agua de la ciénaga y del río, los colores cambian; el negro, característico de la ciénaga por el material vegetal que hay en el fondo, se confunde con un café muy espeso de los sedimentos que arrastra el río y que marcan un camino que sigue hacia abajo.
Don Miguel acelera el yonson con fuerza para superar la corriente y avanzar río arriba. Se sienta a un lado del motor mientras procura que no se vuele el sombrero que lo cubre del sol en ascenso. Con destreza, maniobra la embarcación entre las curvas pronunciadas que caracterizan algunos tramos y escapa con poco esfuerzo de los remolinos invisibles que ya conoce.

El río San Jorge, una de las principales avenidas fluviales de La Mojana, nace en uno de los extremos de la Cordillera Occidental que hace parte del Parque Nacional Natural Paramillo. Sus aguas entran por la Ciénaga de Ayapel y el Caño Viloria y conectan, hacia el norte, con la comunidad pescadora de Seheve, en Córdoba.
En este punto, las aguas chocan con tanta fuerza que, hasta hace poco, el río se estaba comiendo el pueblo. Por eso, en 2021 la Alcaldía empezó la construcción de una gran estructura metálica que prometía detener la erosión. La obra no se terminó, pero la comunidad apila madera y escombros continuamente para rellenar el esqueleto del muro que sí quedó.


Seheve es también el punto de llegada del yonson lechero que todos los días sale desde la Ciénaga de San Marcos (Sucre) y se embarca río arriba por el San Jorge. El bote, de unos 20 puestos y techado, lleva grandes cantinas para recoger la leche de las fincas de la ribera.
Durante este recorrido, de aproximadamente ocho horas (cuatro de ida y cuatro de vuelta), se pueden ver pájaros de distintos colores y tamaños, e iguanas que se dejan llevar por la corriente. A cada lado también se ven búfalos, ganado y algunos cultivos de plátano, maíz, pero, sobre todo, de arroz.
En la década de los setenta, la institucionalidad impulsó el cultivo intensivo y mecanizado de arroz. Llegaron nuevas variedades, se introdujeron nuevas técnicas, agrotóxicos y las casas comerciales que compran y procesan el grano. La Mojana se convirtió, por convencimiento de las autoridades del centro del país y de élites regionales, en una gran despensa arrocera.

Según Pedro Nel Ramos, presidente de Asojuntas de Majagual y vocero de los arroceros de la región, la mayoría son pequeños productores que tienen entre media y tres hectáreas. Algunos, los más grandes, tienen entre 100 y 150. “Esa tradición la tenemos desde nuestros abuelos porque aquí los terrenos se prestan para eso”, asegura Ramos.

“El arroz nunca hemos dejado de sembrarlo”, dice don Miguel, que tiene tres hectáreas dedicadas a este cultivo en su finca, en la vereda Venecia a orillas del río. Este es el cultivo de invierno porque necesita de las lluvias y, casi siempre, sobrevive a las inundaciones. Sin embargo, cada vez es más difícil obtener ingresos solo de eso porque las casas comerciales o trilladoras lo compran muy barato, según cuenta.
Para el 2022 la región tenía unas 500 mil hectáreas cultivadas, principalmente con arroz, seguido de maíz, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), entidad que durante varios años ha destinado recursos para “el ordenamiento territorial sostenible” en La Mojana.

El predio de don Miguel, de 17 hectáreas, hace parte de una gran extensión de parcelaciones en la ribera oriental del río San Jorge. Son grandes predios que fueron abandonados durante los años ochenta y que, entre 1989 y 2002, fueron delimitados y titulados por el Incora (Instituto Colombiano de la Reforma Agraria), impulsando la llegada de campesinos sin tierra para el cultivo del arroz.
La introducción de la ganadería extensiva ha ocasionado gran deforestación, transformando los paisajes de bosques al pasto. Una parte de esta economía es trashumante, es decir que se mueve entre las tierras altas y las bajas. El ganado se moviliza a pie o en camiones, facilitando la apropiación de baldíos.
En la ribera occidental del San Jorge los propietarios tienen sobre todo búfalos. Sus predios están ubicados junto a ciénagas y terrenos que son considerados baldíos de la Nación, lo cual dificulta la delimitación exacta de sus predios.

Sumergidos en algunos puntos del río se ven pescadores lanzando redes que van de una orilla a otra y que dejan poco espacio para los yonson. La pesca artesanal se da durante todas las épocas del año, pero principalmente en los meses de subienda y sobre todo en diciembre. Algunos de los peces más comunes son el bagre, la doncella, el barbul, la pacora, el moncholo, la mojarra (azul y amarilla), el pez aguja, la sardina, y muy especialmente el bocachico.
A orillas del río hay algunos caseríos asentados que se dedican exclusivamente a la pesca. No tienen tierra, pero aún tienen partes del río que se reparten entre las comunidades para definir quiénes pueden pescar y en dónde. A estos espacios se les llama lance.

Este es el caso de El Torno y de Seheve. El primero, muy cerca de San Marcos, tiene 135 familias que viven “atrincheradas” en la orilla, rodeadas de una finca que tiene más de 1.500 hectáreas. El segundo, llegando a la Ciénaga de Ayapel, está ubicado frente a un remolino (lleno de peces) que marca la división entre las aguas del río San Jorge y el Caño Cecilia.
Las aguas que no avisan
“El pulso” se le llama a los cambios en el caudal de los ríos, es decir, entre las aguas altas y bajas cada año. El pulso de La Mojana, su movimiento, ha determinado la forma en la que viven los seres humanos. Según Miguel Severiche, quien ha vivido sus 73 años en la región, “todo el mundo sabe eso, todo el mundo espera los cambios y todo el mundo le saca provecho a esos cambios”.
Pero este ciclo de aguas altas y bajas cambió drásticamente en 2010, cuando, sin esperar el invierno, la inundación llegó y acabó con todo: cultivos, ganado, incluso casas. Como dice don Miguel: “no fueron inundaciones normales, fueron inundaciones bárbaras”.
Tanto en los documentos institucionales como en la voz de los mojaneros se responsabiliza al “cambio climático”, sin embargo, también hubo una ruptura del dique marginal del río Cauca en el sector de Santa Anita y Nuevo Mundo. En 2012 la Procuraduría reveló un informe de una firma holandesa en el cual se afirma que estas inundaciones se pudieron haber evitado.
Esa creciente se le llevó a Miguel los árboles frutales y el arroz. Para ese entonces también tenía 69 vacas que tuvo que llevar hacia tierras altas, pero la inundación duró mucho tiempo. Calcula que fueron dos años durante los cuales no pudo sembrar de nuevo porque donde había tierra aún quedaba agua, así que tuvo que vender el ganado de a poco y solo se quedó con 17 animales.
Don Miguel no es el único que recuerda ese año con angustia. Todas las personas con las que Mutante conversó en campo, durante un recorrido realizado en octubre de 2025, recuerdan la inundación como una de las más difíciles, por dos motivos: primero, porque no la esperaban; segundo, porque duró mucho más de los meses (entre junio y diciembre) que suelen durar los inviernos cada año.
“El agua subió entre tres y cuatro metros. Mucha gente abandonó los hogares y hubo muchos niños enfermos y adultos mayores deprimidos por las pérdidas que tuvieron”, asegura Neyla Severiche, hija de don Miguel y técnica en restauración ecológica formada por el PNUD.
Para Silvia Corredor, periodista y antropóloga que ha investigado sobre el acceso al agua en esta región, lo que pasó en 2010 marcó el comienzo del discurso institucional por la “mitigación y adaptación al cambio climático”.
De hecho, el Fondo de Adaptación fue creado en 2010 y la Unidad de Riesgos y Desastres (UNGRD) en 2011, reconociendo la insuficiencia de las “facultades gubernamentales ordinarias” para atender la crisis invernal.
Desde entonces, se ha vuelto común la presencia de estas dos entidades nacionales, así como otras internacionales como el PNUD, y otras articuladas por el Departamento Nacional de Planeación (DNP) en el Conpes de 2022, las cuales han priorizado la intervención desde la idea de que allí se vive una emergencia permanente y de la necesidad de impulsar una “resiliencia climática”.
“Se dice que la vida en las aguas es un desastre natural y eso no es ningún desastre, son ciclos del agua que se dan cada año, por eso cada año la Depresión Momposina está en las noticias, porque se inunda”, asegura Fernando Montejo, arqueólogo del ICANH.
Así, al hacer un rastreo de prensa rápido, los titulares se repiten: “La emergencia en La Mojana sigue viva”, “Se agudiza la crisis en La Mojana”, “La obra que se ejecuta en La Mojana es de emergencia”, “La Mojana: la eterna batalla contra la fuerza de la naturaleza”. Este último refleja muy bien la postura general desde la cual se han abordado las intervenciones. Es una batalla contra el agua.
Juana Camacho y Alejandro Camargo en su artículo Convivir con el agua aseguran que la historia de cómo se relacionan los seres humanos con el agua es también la historia “de los múltiples arreglos sociopolíticos, infraestructurales y culturales que hemos desarrollado para poder convivir con este líquido en medio de los desafíos que imponen su escasez, exceso y calidad”.
La perspectiva de las entidades gubernamentales e institucionales sobre qué hacer con el agua, tal vez no es la misma que la de quienes han vivido junto a ella durante toda su vida. La inundación no es el desastre, el desastre es no poder anticiparse a ella.
Las aguas del Cauca
“Aquí todas las aguas están conectadas”, dice don Miguel mientras explica que los movimientos han cambiado después de la activación de Hidroituango, el proyecto hidroeléctrico más grande de Colombia que empezó a operar por fases desde noviembre de 2022. Y aunque desde Ituango (Antioquia) hasta San Marcos (Sucre) hay 445 kilómetros de distancia, las mismas aguas del Cauca que se represan arriba, son las que después encuentran salida y desembocan abajo.
Este río, uno de los dos más importantes de Colombia, nace a más de mil kilómetros hacia el sur, cerca a la Laguna del Buey, en el municipio de Puracé (Cauca). Entra a La Mojana por Nechí (Antioquia) y avanza hacia el norte por San Jacinto del Cauca.
El Cauca, el río que hoy más estragos genera en la región, también es el encargado de traer una parte del agua que consume la gente. Una paradoja, pues aproximadamente el 49 % de la población no tiene acceso a agua potable, según el PNUD.
Las comunidades que se asientan a las orillas de este río componen “La Mojana caucana”, al oriente de La Mojana interior donde está el centro de la región y al otro extremo de “La Mojana sanjorgeana”, donde corre el río San Jorge. Según datos tomados de la estación hidrológica Las Flores del Ideam, en octubre de 2025 el caudal del río Cauca era de 2.209 m³/s; es decir, que podría llenar casi una piscina olímpica por segundo.
Para manejar esta gran cantidad de agua se han construido represas y diques que la contienen. En los años setenta se construyó el dique marginal, donde está Caregato, uno de los puntos más problemáticos y mediáticos, ubicado a la altura de Nechí y San Jacinto del Cauca.
Jorge Escobar, investigador de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Javeriana y quien ha estudiado el comportamiento del río Cauca en esta región, asegura que históricamente este río se ha desbordado; sin embargo, cuando no había diques el agua se distribuía por distintos puntos, incluso hacia la Ciénaga de Ayapel.
El dique, como muro artificial, no ha podido contener la fuerza del Cauca. Caregato se rompió en 2010 por el sector de Santa Anita, y después en agosto de 2021. Esta última ruptura fue brutal para muchas comunidades que desde entonces permanecen inundadas.

Varias de ellas están ubicadas a orilla de la carretera, entre la vía que va desde San Marcos hacia Majagual, también conocida como “la cicatriz de La Mojana”. Son construcciones de cartón, bolsas negras y algunas tablas que pertenecen a personas que vivían lejos de la carretera pero, después de la inundación de Caregato en 2021, tuvieron que rehacer su vida al borde de la vía, un terreno más alto donde está seco.
Este es el caso de La Sierpe, una comunidad que tiene algunas casas y puntos de venta de alimentos junto a la carretera, pero unos metros hacia adentro está el resto del pueblo, levantado sobre postes de madera que sobresalen del agua que nunca se fue.
“Nosotros no vemos ni verano, ni invierno. Todo es agua”, dice con frustración una mujer de 60 años que no pudo volver a cultivar porque el agua no se va de sus tierras. Ahora sobrevive con el dinero que le envían sus hijos, quienes decidieron migrar hacia otros lugares del país.

Según Corpomojana, la ruptura de Caregato ha generado inundaciones persistentes en más de 40 mil hectáreas de los municipios de San Jacinto del Cauca (Bolívar), Ayapel (Córdoba), Majagual, Guaranda, San Benito Abad, Caimito y San Marcos (Sucre). Para esa entidad, la inundación prolongada y no cíclica, es la principal amenaza que enfrenta la región.
“Ya uno no puede sembrar porque puede ser verano, pero se inunda. Entonces a raíz de eso nosotros estamos sufriendo”, explica don Miguel.
Para la mayoría de las personas con las que Mutante conversó en La Mojana, el cierre de Caregato sería la solución de todos los problemas, pues para ellos el problema no son las inundaciones en sí mismas, sino la alteración de los ciclos que genera el dique roto.
Tanto el expresidente Iván Duque como el presidente Gustavo Petro han girado recursos para el cierre del dique. Sin embargo, las obras no han concluido totalmente por el invierno, el robo de recursos o, cuando sí finalizan, las comunidades reportan fisuras a los pocos meses. Incluso, el mismo director de la UNGRD, Carlos Carrillo, afirmó en octubre de 2025 que “las inversiones en La Mojana se las han robado siempre y en este gobierno también pasó”.
Las aguas del Magdalena
En el norte de La Mojana, hacia el municipio de Magangué (Bolívar), se suman las aguas de otro río. El Magdalena nace en el Páramo de las Papas (entre Cauca y Huila) y llega hasta tierras de plátano y yuca, donde se parte en dos brazos: el de Mompox y el de Loba. Este último es la columna de La Mojana lobana, el lugar de llegada para todas las aguas que movieron sedimentos, impulsaron peces, cubrieron cultivos y fueron camino de mojaneros en el sur.
En Magangué está uno de los puertos fluviales más importantes de Colombia. Es uno de los puntos de articulación más importantes entre la “despensa alimentaria y arrocera”, como se reconoce a La Mojana, y el resto del país.
El punto donde se encuentra el río Cauca con el Brazo de Loba del Magdalena es un remolino de aguas muy difícil de navegar. Se llama Meandro de Pinillos y marca el comienzo de La Mojana por el departamento de Bolívar.
En La Mojana, el Magdalena se hace más grande porque recibe no solo caudales, sino también peces, basura y hasta metales pesados. La minería del Bajo Cauca y el Nordeste Antioqueño desecha plomo, mercurio, cadmio, arsénico, cobre y zinc que, después de andar por el Cauca, terminan por el Magdalena de camino hacia Bocas de Ceniza, su desembocadura en el mar.
Otra parte de estos metales termina en los cultivos que después comen los mojaneros. Una investigación de la Universidad de Córdoba señaló que en cuatro municipios de La Mojana hay concentraciones superiores a los niveles máximos permisibles de mercurio y plomo en muestras de arroz, plátano y yuca.
Los sedimentos también viajan y se acumulan en el Magdalena. Estos son materiales como limo, arcilla y arena que se transportan con el río y se depositan en sus orillas, humedales o en el siguiente río. Según el equipo de investigación del profesor Escobar, por Caregato entran 1.500 toneladas de agua por segundo y diez toneladas son sedimentos.
Es normal que un río transporte sedimentos, sin embargo, la cantidad que viaja por el río Cauca y llega al Magdalena ha aumentado significativamente por acciones humanas (erosión por la deforestación o incluso la construcción de represas). El aumento de sedimentos es problemático porque se hacen más estrechas las curvas de las ciénagas y caños que deberían recibir las aguas.
Entonces, La Mojana es el lugar donde descansan todas las aguas pero, si la sedimentación aumenta, entonces las aguas tendrán cada vez menos espacios para descansar.
El poder del agua
“Todos adoran sus tierras así tengan agua. Las aman”, dice Miguel. Para muchos es imposible imaginar su vida en la cima de una montaña, sin el agua tapando los pies durante algunos meses del año. No solo han heredado las tierras y aguas sino también el conocimiento y los misterios de vivir en ellas.
En Historia Doble de la Costa, Fals Borda citó a un pescador de la región que se refiere a un legado que trasciende lo material: “Claro que hay que conocer bien estos oficios, pero ello nos viene en la sangre. De generación en generación van corriendo los secretos del agua y del barranco”.
Estos secretos del agua tienen una de sus expresiones en los canales y camellones que hoy son ignorados, aplanados y empotrados por muchos, pero que esconden una antigua arquitectura que permitió a los humanos vivir allí durante miles de años. Fue la primera experiencia de ordenamiento territorial alrededor del agua.
Tanto Giovannys Medrano, director de Corpomojana, como el profesor Escobar insisten en la urgencia de cerrar Caregato para detener el paso de agua más inmediato. Sin embargo, para ninguno es suficiente.
Según el investigador Escobar, el secreto está en la capacidad de mover la tierra y, en el caso de La Mojana, los sedimentos. Esto podría destapar los caños, los ríos y aumentar la capacidad de almacenamiento de los humedales, resistiendo el paso de mayores cantidades de agua.
En la vereda Venecia (Sucre), a orillas del río San Jorge, la comunidad obtuvo financiación para un proyecto con el que están construyendo camellones y canales, una reinterpretación contemporánea de los que tienen miles de años. “Si le hacen camellones altos a La Mojana acá podemos vivir más felices que en cualquier parte del mundo”, asegura don Miguel, cuya finca hace parte del proyecto.

Con máquinas están construyendo montículos o camellones de unos dos metros de altura que van a quedar ubicados al frente de las fincas, para sembrar árboles frutales, hortalizas y aromáticas. “Ahí ya no me la va a matar Caregato porque eso tiene una altura de dos metros sobre el nivel del río y hasta allá no va a alcanzar. Y de paso, de donde se sacó la tierra va a quedar una represa y ahí se puede cultivar pescado”, asegura don Miguel.
En su texto Convivir con el agua, Camacho y Camargo proponen leer la fuerza hídrica como un poder que no solo se somete al control humano, sino que “incide de forma activa y directa en la orientación de los conflictos hidrosociales. Por ello, si hablamos del poder como un ejercicio humano, también es importante entender el poder del agua en el sentido más literal: como su capacidad de producir cambios en el ambiente y la sociedad”.
No se trata de la domesticación de las aguas, sino de conocerlas tanto como para ofrecerles mejores caminos para el propósito que tienen al entrar a esta región: tranquilizar la furia.
Todo esto ocurre en la Depresión Momposina, un lugar que desafía la idea de que vivir bien es igual a estar seco, y que exige la comprensión de un gran sistema acuático cuya historia reposa en las cuencas por donde ya no pasan los ríos y en los secretos que las aguas dejan luego de cada inundación.
*Encuentra más contenido de este tema en nuestro especial Todas las aguas llevan a La Mojana.


