Cuando llega el desastre, las parteras siguen sosteniendo la vida

Hace un mes, Colombia vivió uno de sus sismos más fuertes en décadas. El departamento donde se registró el epicentro es uno de los más empobrecidos del país. Antes, durante y después de la tragedia, las labores de cuidado que realizan mujeres, como las parteras, siguen siendo el sostén de la vida y de la comunidad.

Fecha: 2026-09-15

Por: Daniela Díaz Rangel

Fotografías por:

Daniela Díaz Rangel

Cuando llega el desastre, las parteras siguen sosteniendo la vida

Hace un mes, Colombia vivió uno de sus sismos más fuertes en décadas. El departamento donde se registró el epicentro es uno de los más empobrecidos del país. Antes, durante y después de la tragedia, las labores de cuidado que realizan mujeres, como las parteras, siguen siendo el sostén de la vida y de la comunidad.

Por: DANIELA DÍAZ RANGEL

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Daniela Díaz Rangel

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Durante al menos una semana, Yolanda olvidaba si había desayunado. Lo mismo le pasaba a Sirley, pero con el almuerzo. Muchas veces terminaban el día y no habían tragado un bocado. ¿A quién le importaba alimentarse cuando la ciudad estaba sumida en la tragedia? Ambas son parteras en Quibdó, Chocó, uno de los lugares más afectados por el terremoto del 10 de agosto de 2026, el más fuerte que ha vivido Colombia en al menos tres décadas. A la fecha, se estima que más de 466.000 personas resultaron afectadas y unas 202.002 viviendas averiadas. Los números crecen con los días. 

En Chocó, río arriba y río abajo, han sido mujeres como las parteras, en las sombras y en la precariedad, quienes atienden a mujeres gestantes, recién nacidos y parturientas que por siglos han confiado en sus saberes ancestrales. Han sido ellas quienes sostienen la vida en los márgenes, en comunidades que ni siquiera aparecen en los mapas y donde el sistema de salud no tiene presencia. Ahora, ante la tragedia, de nuevo son las parteras quienes procuran la vida, esta vez, de otras formas, pero igual de esenciales para recomponer lo que se rompió tras la tragedia. Las casas de Yolanda, Esilda y Sirley están entre esos miles de afectados. Ellas y sus familias llevan un mes pasando la noche en casas ajenas o en medio de las ruinas. Pero en estas semanas, después del sismo, su prioridad no ha sido comer ni arreglar sus viviendas. Su prioridad ha sido cuidar de otros y de otras. 

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el 65,3 % de los habitantes de Chocó subsiste con un ingreso mensual inferior a la línea de pobreza, lo que equivale a unos 150 dólares ($482.041 pesos colombianos). Ni siquiera la mitad de un salario mínimo. En el departamento, el sistema de salud es una realidad lejana, un sueño destinado a las grandes capitales. 

Su hospital principal, el San Francisco de Asís, ubicado en Quibdó, es apenas de segundo nivel de complejidad. Lo que significa que, pese a que es el centro de salud más grande y dotado en un departamento con la misma población que países como Malta —alrededor de 600.000 personas—, este solo brinda atención en especialidades médicas básicas y allí solo se realizan cirugías no ambulatorias; por ejemplo, una cesárea de alto riesgo no puede ser atendida en el San Francisco. Aun así, la sobreocupación del hospital desde antes del sismo era de más del 200 % y tras uno de los desastres naturales más duros que ha vivido la región, el hospital colapsó —literal y metafóricamente—. 

Fotografía: Daniela Díaz Rangel
Fotografía: Daniela Díaz Rangel

Ante esa orfandad, las parteras hicieron lo que saben hacer ancestralmente: sostener la vida. Al otro día del terremoto, como si todo hubiese estado planeado —aunque no fue así—, las parteras de Quibdó se encontraron en el “nicho” —como le llaman a las casas dedicadas a la partería— que habían conseguido un año antes. Desde ese momento, y cuando la conexión móvil y la energía eléctrica intermitentes lo permitían, comenzó su despliegue: mensajes y llamadas dirigidas a gestionar suplementos básicos para quienes necesitaban una mano urgente. Iban y venían preguntando quién necesitaba qué, en qué barrio, en qué familia. Mientras tanto, otras cocinaban para comer juntas.

Durante las primeras semanas después del terremoto, Colombia fue testigo de una ola de solidaridad sin precedentes recientes. Los quibdoseños veían con asombro las filas de camiones que llegaban a la ciudad con letreros de ayuda. Algunos mercados y elementos de aseo llegaron en esos camiones gracias a la gestión de Sirley. Pero ninguno era para ellas, para las parteras. Todo lo que recibían se dividió, se reorganizó y se llevó a las periferias. Ese era el trabajo diario: gestionar, empacar, organizar, llevar. De domingo a domingo han sido la primera línea del cuidado. 

Hablan rara vez  de los daños que sufrieron en sus familias y sus casas —por graves que sean—, y cuando lo hacen, siempre cierran con un convencido: “Dios proveerá” y siguen en lo suyo. Se detienen solo para reírse o hacer chistes. La mayoría sufrió daños, no solo por la magnitud del sismo, sino también por las condiciones de precariedad material en las que lo enfrentaron. 

Fotografía: Daniela Díaz Rangel
Fotografía: Daniela Díaz Rangel

En 2024, Mutante y Cambia la historia documentaron cómo estas mujeres, la mayoría racializadas, empobrecidas y de la tercera edad, salvan vidas y combaten la mortalidad materna. El panorama no ha cambiado mucho desde entonces y su lucha por el reconocimiento, la redistribución y la remuneración de sus labores sigue siendo una bandera que mantienen en alto. Esa lucha tuvo un hito con la implementación del Sistema Nacional de Cuidado —una red de programas y políticas para atender a las personas que necesitan cuidados y, al mismo tiempo, apoyar a las personas que cuidan—materializado durante el gobierno de Gustavo Petro bajo el paraguas administrativo del Ministerio de Igualdad. 

Durante esos años, las parteras de Quibdó tuvieron por primera vez un nicho propio que, sin saberlo, tiempo después se convertiría en un punto de encuentro y apañe colectivo en los días más duros del desastre. El Sistema Nacional de Cuidado permitió que algunas parteras de los territorios más apartados de la capital trabajaran de manera remunerada junto a los médicos locales. El olvido histórico parecía estar camino a saldarse. Sin embargo, pese a que la Corte Constitucional de Colombia reconoció el año pasado el cuidado como un derecho, la liquidación de la cartera encargada ha dejado en el limbo la continuidad de avances como la remuneración económica y los bonos pensionales para las parteras.

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Las manos de Esilda son fuertes y tienen pocas arrugas, aunque no ocultan el trajín de una vida de trabajo duro. Socializa poco y siempre se le ve haciendo labores de hormiga. Solo se detiene cuando se ríe de las ocurrencias de Yolanda. Aunque siempre ha sido callada, esta vez, cuando habla, se quiebra. Tras el terremoto, su casa quedó en ruinas y sus esperanzas de convertir ese hogar en su nicho también. Sirley la observa con preocupación y asume como suya la tarea de conseguirle una nueva vivienda. En su cabeza repasa a diario la situación de Esilda, de Yolanda, de Aleída… de todas sus compañeras; solo a veces repara en la propia. Eso está último en sus prioridades, pese a que ella y su familia duermen, desde el diez de agosto, en la sala de su casa, lo único que quedó en pie.

Fotografía: Daniela Díaz Rangel

Insiste en que ayudar a “sus parteras” la mantiene distraída. Sus hijas la acompañan en las gestiones y han decidido seguir sus pasos en la partería. En su lista de asuntos por resolver también está la situación de Aleída, una compañera de Condoto que estuvo incomunicada durante varios días después del temblor. Aunque el sismo no causó daños fuertes en su vivienda: algunas grietas y varias tejas caídas, esos arreglos que serían nimios para otros, para ella son muy difíciles de costear. A sus casi setenta, sigue rebuscándose para vivir. Un tiempo se dedicó a la batea, pero con los años y el conflicto en auge, se le hizo imposible continuar. 

Desde el terremoto se dedicó a cuidar a su madre, una partera de más de noventa años que quedó muy temerosa y a quien, por ese estrés, le sobrevinieron otros achaques que el sistema de salud no atiende con eficacia.También acompañó a Eva María, otra partera de Sipí que navegó siete horas por el río San Juan para buscar apoyo en Istmina, el centro poblado más cercano. 

En su pueblo, no solo golpeó el terremoto, sino también la violencia que, apenas un día después, confinó a 652 familias que quedaron en medio de las disputas territoriales del ELN y el Clan del Golfo. Otras 65 familias tuvieron que desplazarse cuando ni siquiera habían podido terminar de limpiar los escombros del sismo. 

En el Chocó hay al menos 1.000 personas, entre indígenas, afro y mestizos —en su mayoría mujeres— que ejercen labores de partería. En cada comunidad, por alejada que esté, hay alguien que heredó esos saberes de su madre y su madre de su abuela. Además, decidió ponerlos al servicio de su pueblo y convertirlos en un punto de encuentro, una voz amiga y un lugar seguro en momentos tan crudos como los que viven departamentos como Chocó o el Valle del Cauca. 

Fotografía: Daniela Díaz Rangel

Asoredipar – Quibdó, la organización local que agrupa a las parteras, levantó un censo del estado de sus integrantes tras el sismo. De 230 en sus registros, 80 sufrieron afectaciones y 4 perdieron la totalidad de sus hogares. Un censo hecho con celular en mano, caminando las trochas de la ciudad, llamando día y noche. Entonces, ante la pregunta: ¿quién cuida a las que cuidan? La respuesta es: ellas mismas. Ninguna entidad se ha hecho cargo de velar por esas mujeres, que no solo defienden la vida en esas regiones, sino que en tragedias como la que vivió el país, hace un mes, se han hecho cargo de reparar lo que quedó roto bajo los muros: el tejido social. 

Allá, en ese barrio donde no entraba la ayuda humanitaria porque las fronteras invisibles impuestas por los grupos armados ilegales lo dificultaban, ellas llegaban a poner una olla comunitaria para alimentar a quien se acercara. Difícilmente les decían algo: a muchos de esos jóvenes que hoy integran estructuras criminales los trajeron al mundo, los vieron crecer y saben moverse en las dinámicas locales. 

En ese barrio que ni siquiera está formalmente constituido y donde había una partera con hambre, ellas llevaban mercados, por básicos que fueran. Allá, donde sus muchachas se sentían abandonadas porque la ayuda humanitaria se concentró en el centro de la ciudad, fueron a decirles que todo iba a mejorar, cuando ni siquiera tenían esa certeza. En el Quibdó rural, donde un grupo de mujeres embarazadas estaba emocionalmente afectado, ellas buscaron cómo prestarles atención. Allá donde sabían que las parteras necesitaban estar de pie para cuidar de su comunidad. 

Fotografía: Daniela Díaz Rangel
Fotografía: Daniela Díaz Rangel

Poco a poco, en Colombia, la noticia del terremoto va quedando desplazada de los titulares y las primeras planas, pero Yolanda, Sirley y Esilda y decenas de parteras a lo largo del departamento siguen recogiendo escombros de sus casas por las noches y juntando ayuda para otros por el día. Cuando los reflectores se apagan, estas mujeres son y han sido la primera línea del cuidado. Así lo hicieron sus abuelas, sus madres, sus tías y sus ancestras y así lo siguen haciendo ellas, no solo cuando la tierra se estremece, sino también cuando el grupo ilegal desplaza o cuando el sistema médico está ausente.

El rol de las parteras a nivel comunitario no se supedita a sus saberes sobre neonatales, concepción o maternidad, sino que históricamente ha radicado en su liderazgo natural y en su capacidad para dar o sostener.  Dar una palabra de aliento, un par de pañales o un abrazo. Sostener la mano de quien se quiere rendir, sostener el cuerpo enfermo o débil: sostener la vida en los contextos más adversos.