Ama como un hombre
En este blog encontrarás once testimonios que dan cuenta de la diversidad de experiencias y expresiones de amor de los hombres.
Fecha: 2026-02-23
Por: Luisa Fernanda Gómez
Ilustración por:
LUISA FERNANDA ARANGO (@holaahumano)
Fecha: 2026-02-23
Ama como un hombre
En este blog encontrarás once testimonios que dan cuenta de la diversidad de experiencias y expresiones de amor de los hombres.
Por: LUISA FERNANDA GÓMEZ
Ilustración por:
LUISA FERNANDA ARANGO (@holaahumano)
Amar implica desaprender. Estos testimonios reúnen experiencias de hombres que se detienen a mirar cómo han construido sus afectos: las formas en que confundieron amor con control, las heridas que cargan, los vínculos que los transformaron y los intentos —a veces torpes, a veces luminosos— por relacionarse desde el cuidado, la vulnerabilidad y la responsabilidad emocional.
Más que ofrecer respuestas cerradas, estas historias abren preguntas sobre cómo se ama cuando se cuestionan los mandatos de la masculinidad hegemónica y se busca construir relaciones más libres, honestas y conscientes.
Disentir y seguir amando
Uno de mis mayores temores al tener una relación era perder mi individualidad. Sentir que debía coincidir en todo, pasar por encima de mi criterio para complacer al otrx, principalmente, por temor a que me dejaran.
Luego de ocho años de soltería, de terapia, de relaciones cortas y dos años junto a mi actual pareja, me siento diferente. Por supuesto, brotan las diferencias, las formas en las que cada quien piensa, siente y acciona. A veces chocamos, claro, pero es un asunto de balancear, no de complementar. Esa idea de la media naranja crea dependencia; que elx otrx tenga lo que no tienes le quita agencia a la experiencia individual. Somos seres completos, con o sin pareja. No deberíamos esperar que otra persona nos llene, nos dé lo que no tenemos. Es más bonito sentir que la otra persona está con nostrxs por deseo y decisión, no para llenar los vacíos de nuestras vidas.
En un mundo envuelto en la crisis de la polarización, celebro poder disentir y seguir amando. Qué sano es escuchar al otrx sin querer convertir su opinión en la mía. Qué necesario es entender que cada quien tiene derecho a pensar, sentir y hacer diferente, que cada interpretación potencia y amplifica mi visión, mi sentir, y viceversa.
Creo que en eso se centra el amor. En aceptar, hacer el esfuerzo de entender, de abrazar la diferencia así no nos reflejemos en ella, aprender a empatizar, estar abiertxs a otras formas distintas a las que acostumbramos, repito, no por complacer, no desde un miedo, o por temor al abandono, sino por la aventura, la sorpresa, el eterno aprendizaje.
La diversidad no es solo el color de nuestra piel, ni la ropa que usemos, ni los pronombres que preferimos. Bien sabemos de la interseccionalidad y de todas las categorías que nos atraviesan para crear nuestra identidad. La diversidad está también en ver mis opuestos, ver los caminos del otrx, honrarlos, aguzar la vista, el oído y el corazón para descubrirme. Es un camino de autoconocimiento que, sin lugar a dudas, es hermoso cuando se comparte con quienes también quieren transitar ese camino individual en el que, en hora buena, podemos encontrarnos.
— Camilo Andrés Rojas Tello
Confiar en el amor
Mi corazón ha soportado grandes desamores a la vez que siento que se ha fortalecido para experimentar el amor. Yo, como una persona que se equivoca y aprende también del error, he ganado de todo esto algo de claridad emocional, de amor propio y de reconocimiento sobre qué vínculos me convienen y cuáles no. No busco cambiar a nadie, pero sí experimentar el amor que hace evolucionar a dos personas, que las hace crecer en todas las direcciones. Ese que no tiene miedo a plantar frutos y recibirlos.
Tengo 40 años y he tenido tres relaciones de pareja muy significativas. Las quise como parejas, viví con ellas, las amé exclusivamente (como lo pedían) y pensamos en construir una familia. Pero en todos estos casos la infidelidad llegó (por parte de ellas). Con la primera fue el motivo de nuestra separación; con la segunda, intenté construir una relación abierta para seguir con ella, pero no terminó bien; y con la tercera, decidí el perdón como muestra de amor. Si bien nos separamos luego, siento que fue transformador, tanto para ella como para mí. Ahora bien, lo que infiero de la situación es que las experiencias del núcleo familiar condicionan la vida adulta. El 90 % de las mujeres que he amado han sufrido violencia emocional o sexual en su niñez; sus núcleos familiares estuvieron atravesados por el abandono de los padres, la violencia física y emocional de padres a madres o la muerte temprana del padre. Veo una sociedad rota emocionalmente que necesita ser amada y experimentar el dar amor. Confieso que ahora me cuesta un poco confíar en las mujeres, pero de no hacerlo es dar por hecho que la violencia ganó.
— Anónimo
El amor como formación
Para mí, el amor tiene un significado cercano al de la formación. Es la fuerza que media entre lo mortal y lo inmortal. Nos impulsa hacia lo que no poseemos, hacia aquello que nos falta. Es el puente entre la carencia —la pobreza— y lo bello —la riqueza—. Por eso, el propósito de la formación, como el del amor, es participar en la creación de lo bello.
He amado desde esa idea del amor como formación. Aunque sería exagerado decir que de niño era plenamente consciente de cómo amaba, con mi familia ese amor se expresó como la fuerza que me acercaba a personas que me cuidaban, me enseñaban y me ayudaban a valorar la vida. Eso se tradujo en estar disponible para ayudar, aprender y reflexionar junto a otros.
En mi juventud me preguntaba a qué se debía esa diferencia en mi manera de entender el amor. Entonces la explicaba a partir de lo que aprendí en la relación con mi mamá y con mis amigas. Durante la adolescencia, casi sin darme cuenta, me rodeé principalmente de mujeres: mis amistades eran mujeres, varias figuras de autoridad también lo eran, y mi vínculo más cercano dentro de mi familia era con mi madre. Por eso pensaba que no veía el amor como muchos hombres de mi entorno, quienes lo entendían como un intercambio: dar algo para recibir algo a cambio. Yo lo concebía más bien como un compromiso por compartir, aprender y crecer en conjunto.
En mi visión del amor siempre ha sido explícito por parte de otros que no soy un hombre promedio. Eso me ha permitido expresar mi amor hacia otros hombres —amigos, mi padre, especialmente mi hermano y mis primos—. Nunca se me ha dificultado estar para ayudar, dar un abrazo, aprender del otro a partir de la escucha, la honestidad y la vulnerabilidad. Creo que esa experiencia me ha ayudado a no aferrarme a estereotipos rígidos de la masculinidad.
Mis referentes para aprender a amar no han sido hombres, sino mujeres, junto con una reflexión constante por no repetir los modelos de relación que veía a mi alrededor.
— Jhonatan Santos Figueroa
Ser un hombre a los siete años
Mis papás se divorciaron cuando tenía siete años, más o menos. El día que mi papá se fue de la casa lo vi llorar por primera vez: su voz entrecortada, su contención para no llorar y luego sus lágrimas desbocadas y sus abrazos de despedida… Lo recuerdo temblando: su torpeza: su tristeza profunda. Tengo muy marcado ese recuerdo: mi papá, agachándose, abrazando a sus tres hijos. Desconsolado. Y nosotros… Bueno, yo sin entender qué pasaba.
Tengo marcado otro recuerdo de mi niñez: mi papá en la biblioteca,con la puerta cerrada, leyendo el periódico a las cinco de la mañana, con música sinfónica de fondo; el espacio oliendo a café; él con su traje oscuro. Lo recuerdo recto, en disciplina, concentrado y alejado. Yo lo veía lejos: me daba miedo interrumpirlo. Solo entraba para despedirme antes del colegio. Tocaba la puerta, abría y adiós. Buen día.
El abrazo de su despedida de la casa, de verdad, es la primera imagen que tengo de él y de nosotros en contacto cercano, de cuerpos que se tocan. Luego vinieron más abrazos y juegos y amores, pero antes no. No lo recuerdo.
Soy el mayor de mis dos hermanos. El día que mi papá se fue nos dio un regalo de despedida… Recuerdo que antes del último abrazo de esa noche, con las maletas en la puerta de la casa, mi mamá en su habitación, encerrada, mis hermanos chiquitos –yo también–, mi papá, con sus ojos rojos, sacó del bolsillo de su blazer un reloj gris, de adulto, me lo puso en la muñeca y me dijo que ahora yo era el hombre de la casa. La correa del reloj no se ajustaba y se caía y yo trataba de sostenerlo con los dedos de la otra mano. Ahí empecé a llorar. Mi papá dijo que podía arreglarlo, que podía ir donde el relojero, que era fácil. Sonrió, triste. Me abrazó. Nos abrazó y se fue.
Me jodió. Ser el hombre de la casa… A los siete años.
— Juan Sebastián Salazar
El amor es la respuesta
Las masculinidades que me rodearon me enseñaron que el amor se expresaba a través del golpe, el grito, la restricción y la exigencia constante. Ese fue el lenguaje afectivo que conocí, uno donde la ternura estaba ausente y el afecto venía condicionado al cumplimiento de un ideal de “hombre de bien”. Así, sin darme cuenta, confundí el amor con la violencia y el control con protección. El amor fue aprendido como algo que duele, oprime y corrige, no como algo que cuida y contiene.
Ese aprendizaje no fue individual, fue más un trauma transgeneracional. Durante generaciones se transmitieron mandatos que moldearon una masculinidad rígida, machista y emocionalmente analfabeta: no llorar, competir, poseer, dominar. En ese modelo no había lugar para la vulnerabilidad, solo para la validación externa y el reconocimiento a través del poder o la conquista. Crecí creyendo que ser elegido por encima de otros era ganar y que amarme era tener muchas mujeres sin importar el daño que eso causara. Esa estructura, profundamente distorsionada, era una herida más antigua: no haber sido amado con cuidado.
En mi última experiencia amorosa, esa herida se expresó. En mi búsqueda de sentido y sanación, encontré a alguien que también estaba rota y creí que desde esa fractura compartida podíamos salvarnos. Sin embargo, el vínculo nació desde el dolor ajeno, desde el daño a otra persona, porque ella tenía pareja y decidió salir con los dos por un tiempo. Yo lo sabía pero, desde la competencia nociva y la ilusión, yo añoraba ser elegido. Allí no actuaba un amor consciente, sino un ego herido que necesitaba sentirse suficiente.
Aunque la espiritualidad y la medicina ancestral nos ofrecieron momentos de claridad y esperanza, ningún vínculo que nace desde el daño a otro puede sostener la sanación. El amor se confunde con muchas otras cosas por nuestros vacíos internos.
Después de un largo proceso de introspección y soledad consciente, puedo asumir la responsabilidad por el daño causado. No desde la culpa paralizante, sino desde una conciencia más cuidadosa y responsable afectivamente, que reconoce al otro como sujeto y no como territorio o posesión. Honro a todas las mujeres que intentaron amar a un hombre que aún no sabía amar. Agradezco su presencia y pido perdón desde el alma por los daños que cause.
Hoy sé que el amor no se grita ni se impone. El amor verdadero cuida, escucha, acompaña y respeta los silencios. Es presencia consciente, responsabilidad compartida y atención a la fragilidad propia y ajena. Me gustaría amar y ser amado desde ahí: desde la escucha, la ternura, la solidaridad y la conciencia.
Desprenderme de quien me obligaron a ser ha sido un duelo, pero también una liberación.
Porque solo al soltar esa masculinidad heredada puedo construir un amor genuino, honesto y cuidadoso. Y quizá, así, sanar…
Que el amor esté con todos nosotros y podamos sanarnos juntos, cada uno a su ritmo y que no nos vayamos de este mundo sin sentir amor genuino y honesto, porque el amor es la respuesta para todo. Para absolutamente todo…
— José Miguel Sánchez
Amar sin poseer
Desde hace seis años el amor se liberó en mi vida y me liberó.
Fue como ese momento en que te encontrás cinco mil pesos en el bolsillo, algo inesperado en un lugar que parecía vacío, pero que contenía una ganancia que transforma la vida (sí, cinco lucas cambian la vida). La incomodidad de los celos, de sentirlos y recibirlos; esa cruz que marcaba mi vida con un INRI que ahora decía “posesión”, era la que quería quitarme, de-construirla. Ese amor libre, mezclado con preguntas —¿qué es ser hombre?, ¿cómo quiero seguir siendo hombre?— hicieron que mi vida se transformara. Ahora tiene uñas largas, que Cristina, cada mes, se encarga de decorar y pintar con paciencia, diseños de Pinterest y chisme; pelo largo con crespos definidos, según el día y la técnica que otras me han enseñado, (que he de decir que no aplico tan bien) y un género cada vez más andrógino, un amor cada vez más andrógino.
Fui ese hombre hetero-cis que en algún momento revisó un celular para descubrir una infidelidad. El que no salía de la “friendzone”; que se sintió “quedado” por no haber tenido una relación sexual a los 16 años; al que le rompieron el corazón desde transición y tuvo su primera novia en primero. Crecí y, luego de habitar una forma de amar monógama y romántica, descubrí las no monogamias y el amor libre. Estas prácticas y discursos me abrieron el camino a la anarquía relacional, ese paradigma en donde el amar se deforma, se pone al margen y empieza a sonar a libertad, solidaridad, cuidado y ternura radical.
Esta apuesta ética de un amar diferente nos llama a una apuesta política de descentralizar la pareja, construir vínculos en forma de red, de nido, una mezcla entre telaraña y nido de colibrí, en donde el cobijo, abrigo y el rezago son los lugares para construir vida y empezar a amar al otro, al mundo, horizontalmente, sin patrones; es mover el cuerpo de manera amorosa, tierna, sea para hacer un favor o para besar. Los otros ya no son enemigos que vienen a arrebatarme un objeto amado. Esa pedagogía de la crueldad y la fuerza —tan masculina—, donde querer es vigilar, donde amar es custodiar, donde el deseo del otro se vive como amenaza, empieza a caerse. Las personas con las que me vinculo dejan de ser “mías”, porque nunca lo fueron: la dueñidad, esa forma sutil de colonizar cuerpos y afectos, se reconoce, se nombra y se combate.
Descubro que ser hombre había sido no saber alegrarse por los vínculos del otro; creía que perder exclusividad era perder valor. La compresión (afecto planteado desde las no-monogamias como apuesta diferente a los celos; es la sensación de alegría y disfrute cuando un vínculo comparte con otrxs) aparece como una desobediencia afectiva: un afecto que no nace del sacrificio ni del aguante, sino del disfrute y la alegría de que quienes amo compartan su cuerpo, su vida, su deseo, su amor, su ser con otros seres. La revolución de unas masculinidades despatriarcalizadas será desde los vínculos, como militancia de una ternura para todos los seres.
— Paulo Montoya Velásquez
Experiencias de amor
A lo largo de mi vida, he confundido en diversos momentos el amor y el deseo: he deseado y no he amado; he amado y no he deseado. Deseo y amor, dos cosas tan diferentes y, a veces, desde la óptica masculina, tan desentendidas y mezcladas la una con la otra.
Este panorama se complica aún más cuando entra en juego la palabra PODER. Desde la perspectiva masculina colombiana, en cierta medida barrializada y periférica en la que crecí, el amor, el deseo y el poder en muchas ocasiones se han convertido en lo mismo.
Crecí viendo cómo las relaciones a mi alrededor no se fundamentaban verdaderamente en el amor y el cuidado, sino en el amor al poder sobre la otra persona (principalmente femenina), al poder alzar la voz y tener al instante la razón, al poder tener acceso al sexo de forma inmediata sin importar el consentimiento, o al poder definir el rumbo de las desiciones que se tomaban en casa sin buscar retroalimentación de ningún tipo. Detrás de todo esto siempre primó una narrativa del “YO” y no del “NOSOTROS”. El mandato patriarcal encontró en el poder y la sumisión de la otra persona, su fantasía narcisista de “amor”.
Por supuesto, fui socializado de esta forma, asumiéndolo normal. Natural, de alguna extraña manera.
Pero me negué, rompí la cadena y salí de la ilusión a tiempo, antes de causar daño, afortunadamente guiado por la amistad femenina que siempre me ha rodeado y algunos destellos de poderosa intuición. ¿Qué más podría ser el amor sino es el cariño y cuidado activo de la contraparte (y de los demás seres fuera de la relación sexo-afectiva) por medio de un relacionamiento horizontal, verdaderamente fundamentado en una ética del cuidado, la reciprocidad y la desobediencia de los mandatos patriarcales que mutilan las sensibilidades de los hombres?
A pesar de esto, las heridas en mi psique son profundas, sin importar que ahora me relacione de forma más sana y cuidadosa. La propaganda patriarcal logró hacerme daño psicológico. Constantemente siento que requiero probar mi valía para poder ser amado. Aún me persigue una obsesión enfermiza de ser insuficiente, de no ser el mejor, el pensamiento de que otros hombres son mejores amantes que yo y que, ante los ojos de mi pareja, soy un simple inmaduro, incapaz, imberbe, débil y de lo más abyecto.
Constantemente, siento terror sexual de no contar con los mejores dotes físicos para satisfacer a mi pareja, y de que otros lo han hecho mucho mejor que yo. Maldita estupidez, aún generando desasosiego en mí. En algún momento esto causó rupturas y dolores innecesarios.
Quiero amar de forma mucho más sana, amarme a mí, aceptándome (tarea tan dura), porque no permitiría que nadie me trate de la forma en la que yo me trato.
— Daniel Herrera
Sin miedo al rechazo
Siempre me he preguntado si he sabido amar y si han sabido amarme. Es una pregunta que me ronda la cabeza constantemente porque a mis veintisiete nunca me cuadré con nadie. Simplemente, porque no se dio y ya. Pero sigo intentándolo. También me he enamorado varias veces, pero no ha sido correspondido. Y creo que mis fracasos me han sido tan difíciles de superar porque, al igual que muchos hombres, desde niño no aprendí a asumir el rechazo.
Hace unos años conocí a una chica en un grupo de música, aprendiendo a tocar instrumentos. Pasaron los meses y sentí que yo le atraía, así que me sentí cómodo para intentar con ella algo más que una amistad. Empezamos a pasar mucho más tiempo juntos, nos conectaba aprender y compartir por medio de la música.
Una noche nos besamos. Días después nos encontramos en otro espacio en el que ella estaba con otra persona y, si bien era algo incómodo, yo estuve tranquilo, pero quedamos en hablarlo después. Nos citamos para almorzar y me dijo que ella era poliamorosa. Le dije que me sentía bien con eso, que todo bien. Me gustaba mucho y decidí lanzarme al vacío con esa decisión. Hoy no me arrepiento.
Empezamos a salir y yo me enamoré de ella, pero me daba miedo reconocerlo. Porque le tenía pánico a que ella decidiera dejarme. Otra vez el miedo al rechazo. Sentí que todo se hacía más intenso, verla, tocar música con ella, ir a almorzar, un mensaje al celular.
Dos meses después, tuvimos un viaje con todo el grupo. Ahí sentí miedo y muchas inseguridades. En resumen, muchos celos. Empecé a somatizar todas mis emociones y me sentía fatigado con náuseas y sin poder dormir. Algo que también me daba miedo decirle, por temor al rechazo. Sin embargo, en los últimos dos días del viaje, ambos viajamos a otro lugar y me enamoré aún más. Todos mis dolores se fueron, me sentía tranquilo y muy feliz de estar ahí con ella.
Al volver del viaje yo quería pedirle el cuadre. No lo hice, pero sí intentaba pasar más tiempo con ella. Desapareció unos días, dos semanas y empecé a dudar de todo. Casi un mes después del viaje volvimos a vernos, y yo seguía fantaseando enamorado.
Ese día me dijo que no se sentía bien con cosas de su vida. A la semana me mandó un mensaje, antes de irse de vacaciones fuera del país. Un audio donde decía que quería cuidar la amistad, entonces que quedáramos así, como amigos. Le dije que sí, que yo también. Mi drogado cerebro pensaba que era esperar y volver a vernos y seguir saliendo cuando regresara. Como si nada.
Necesité que un amigo oyera el audio y me dijera la verdad que yo no quería asumir. Y lo oculté, lo pinté de muchas distracciones porque no sabía cómo transitarlo y me dolió mucho más cuando entendí que solo evadía ese rechazo por no querer sentir dolor. Y es que, como decía al principio, a nosotros los hombres no nos gusta que nos digan que no, eso he aprendido. Creo que es importante entender eso y trabajarlo con decisión, asumir el rechazo.
— Anónimo
Amar más allá de lo que recordamos
El amor de pareja más serio que he tenido fue a mis 22 años. Inicié una relación con una excompañera de trabajo, a quien conocí en la convivencia diaria hasta que nos animamos a salir y conocernos mejor.
Fue la relación más duradera que he tenido y creo que la más intensa por el momento en que ocurrió. Aprendí a querer de otras formas y recuerdo que solía decirme que me quería mucho por pequeños detalles que solía tener, y porque se notaba mi esfuerzo para mostrar que me importaba.
Nos tocó tomar decisiones en conjunto, acuerdos de “adultos” en cuanto a nuestra manutención y cuidados en la enfermedad o el desempleo. Hablamos de matrimonio y familia. Teníamos un trato: si la relación llegaba a los cinco años, vendría el momento de tener hijos y casarnos.
Con ella tuve la fortuna de estar cuatro años y medio. Vivimos juntos dos, aprendimos a tener distintos tipos de intimidad —no únicamente la sexual—, pero la rutina y la inmadurez propia de la juventud nos hizo terminar.
Tras esa relación, fui por primera vez a terapia y entendí muchas cosas sobre lo que falló. La principal razón vino de la dificultad para abrirme con los demás, pues desde que era niño no era muy frecuente que en mi familia habláramos de nuestras rutinas y compartieramos temores o alegrías.
De quien aprendí a amar fue de mi padre y de mi hermano mayor. A mi papá lo considero una persona noble, pero que carga las cosas mucho tiempo hasta que el desgaste es evidente. Lo hacía en el hogar y llegaba un momento en que estallaba de enojo. En los últimos años una enfermedad lo atacó, pero para no verse vulnerable nos ocultó sus malestares hasta que un día ya le fue imposible por lo severo.
De mi hermano aprendí empatía porque siempre me mostró que era necesario ponerse en los zapatos de los demás, pese a eso nuestra relación es compleja y los distanciamientos constantes. En octubre pasado volvimos a hablar luego de dos años, y pudimos hacerlo como nunca sobre cosas que sentimos.
Todo esto me hizo reflexionar más sobre la necesidad de expresar mis emociones, de saber cómo amar. Recién comencé una nueva relación con una chica que conocí por un amigo en común. Y con todas estas reflexiones, espero que la historia tenga matices diferentes y no tenga miedo a abrirme.
— Luis Alberto López
Solo una mirada
Aquel día, no sabía qué esperar, pero verla llegar lo cambió todo. Me quedé desarmado ante su sonrisa ancha y genuina que iluminaba su rostro. Sus ojos cafés brillaban con una picardía qué parecían tener luz propia… Me dejaron sin palabras.
Desde ese momento, supe que no quería estar en ningún otro lugar, sentí que estaba perdido y no podía dejar de mirarla mientras se acercaba. Veía que ese pequeño gesto de sus labios era lo más real que recordaba en años. Y me alejé con la certeza de que mi mundo había cambiado en ese instante.
Todo a mi alrededor cambió de color gracias a esa alegría, esa mirada tan hermosa. No pude dejar de mirarla mientras se alejaba con su delicado y armonioso cuerpo. Me quedé pensando, en lo maravilloso que fue encontrarla y la esperanza de que éste encuentro no fuera el único; que fuera el inicio de nuestra historia. Desde ese entonces doy gracias a Dios por ponerte en mi camino y juntos caminar de la mano dejando huellas imborrables. Siempre apoyados por el respeto, la confianza y la sinceridad.
— JJG🥰LVB
Una breve introducción al caos…
Ha sido muy duro. Y no porque no me haya dado cuenta. Al contrario, incluso con mi formación política y sociológica, con haber abordado mi situación en psicoterapia con enfoque feminista, con asistir a círculos de masculinidades, practicar la meditación y tener un deseo genuino de cambiar y amar mejor, sigo chocando con vicios machistas que no he logrado transformar del todo.
Vivo una contradicción constante: por un lado, reconozco las violencias que ejercí en vínculos pasados y tengo deseos de reparar; por otro, cargo con el dolor y el resentimiento por los daños que también recibí. A eso se suma habitar un mundo donde los sistemas de opresión que juramos combatir se sienten cada vez más enquistados y hegemónicos. Todo esto me ha llevado a un desencanto con los discursos de transformación social e incluso a un fastidio con discursos feministas y de nuevas masculinidades, tras sentir —en ciertos momentos— que “no me sirvieron”. A veces siento que, en este camino por transformar mi masculinidad, he dado un giro de 360 grados, que terminé exactamente en el mismo lugar.
En los últimos tiempos he intentado mirar esta crisis personal con más calma. Poco a poco trato de salir de esta etapa de reflujo. No sé aún cómo me irá, el tiempo lo dirá.
En este proceso he descubierto que mi forma de habitar la realidad está atravesada por un mundo simbólico muy íntimo, lleno de fantasías y sueños, profundamente influenciado por la ficción: series, libros, películas, música, anime, cómics y videojuegos. Lo que para algunas personas puede ser evasión, para mí ha sido una forma de darle sentido a mi existencia, de reinterpretarla y, en últimas, de repensar mi propia masculinidad.
De ahí nace Caos bajo las estrellas, una historia ambientada en un planeta distinto, pero atravesado por problemáticas sociales similares a las nuestras: relaciones de poder, pobreza, discriminación, machismo, genocidios, vínculos tóxicos y corazones rotos. Pero también hay amor, determinación y elementos fantásticos: héroes con poderes, armas futuristas, brujas, seres mitológicos y dioses que controlan el destino.
En esta historia intento representar otras formas de habitar la masculinidad y también una manera más empática de comprender los sentimientos y las experiencias de las mujeres, con la esperanza de aprender a relacionarme mejor. Ojalá este relato les permita hacer catarsis, así como a mí me ha ayudado escribirlo.
— Sebastián Cuesta

