¿Ideología de género? Hablemos de los hombres

Quizá la pregunta no sea cómo sacar el género de las escuelas, sino qué género, masculinidad incluida, seguimos enseñando en silencio: uno que asocia la hombría con la fuerza, la violencia y la incapacidad de llorar.

Fecha: 2026-09-16

Por: Semillero de Investigación “Masculinidades en debate”. Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia.*

Ilustración por:

Angélica Duque Aristizábal (@dame_una_a)

¿Ideología de género? Hablemos de los hombres

Quizá la pregunta no sea cómo sacar el género de las escuelas, sino qué género, masculinidad incluida, seguimos enseñando en silencio: uno que asocia la hombría con la fuerza, la violencia y la incapacidad de llorar.

Fecha: 2026-09-16

Por: SEMILLERO DE INVESTIGACIÓN “MASCULINIDADES EN DEBATE”. ESCUELA DE ESTUDIOS DE GÉNERO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA.*

Ilustración por:

Angélica Duque Aristizábal (@dame_una_a)

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Si de verdad queremos proteger a niños, niñas y adolescentes, quizá deberíamos preguntarnos: ¿qué estamos enseñando a los niños sobre lo que significa ser hombre?     

La llegada de Ilva Myriam Hoyos al Ministerio de Educación en Colombia enciende una alarma. La actual ministra se ha mostrado en contravía de los derechos de las mujeres y de las personas LGBTIQ+, así como en oposición a decisiones de la Corte frente a la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario o la inclusión de la población LGBTIQ+ en el Acuerdo de Paz de 2016. 

Otras designaciones que producen igual preocupación son las de Camilo Noguera Pardo como viceministro de Educación, Paola Holguín en el Ministerio de Cultura y Alejandro Ordóñez como embajador ante la Organización de Estados Americanos (OEA). Todos ellos personajes públicos que, a lo largo de sus carreras, han expresado fuertes posturas frente a lo que denominan el “adoctrinamiento de género” y a los derechos de la población LGBTIQ+. Ante esta coyuntura, las infinitas aperturas que tiene el género para niñas y niños se restringen, al tiempo que se incita a ejercer el castigo y la censura de expresiones, deseos e identidades ajenos a los roles tradicionales de género.               

Además, la llegada de Agustín Laje, uno de los principales referentes de la agenda de la derecha radical en América Latina, como invitado de honor a la posesión de Abelardo de la Espriella ofrece una poderosa e inquietante imagen. “Gracias, Agustín, qué honor, qué honor”, declamaba el actual presidente en sus redes sociales cuando recibió el apoyo de este influenciador, quien además de sus millones de seguidores en redes sociales es autor de algunos de los libros más vendidos en varios países y ha llenado auditorios en distintas ediciones de la Feria del Libro de Bogotá desde 2022.

Laje ha sostenido que el feminismo lo que busca es “promover el incesto y la pedofilia, como parte de una lucha política e ideológica por imponernos formas de sexualidad degradantes”. Según él, lo soporta el idioma inclusivo en la actualidad que “idiotiza”, “anestesia”, y que “la diversidad significa cualquier tipo de opción, incluida la pedofilia”. No sorprende, entonces, que la denominada “batalla cultural” cobre relevancia en el gobierno de Abelardo de la Espriella y que, con ella, vuelva a ocupar un lugar central el debate sobre la llamada “ideología de género”.                                                        

Ahora mismo empiezan a escucharse declaraciones sobre la necesidad de “restaurar principios y valores”, sacar la “ideologización” del país, revisar los materiales escolares y combatir la supuesta campaña “woke” que, según esta mirada, habría conseguido algo bastante extraordinario: adueñarse de la educación de los hijos, especialmente a través de la educación sexual integral. 

Esto sucede al mismo tiempo que se elimina el decreto que restringía el porte de armas, firmado por el gobierno anterior, y se exhiben cuerpos sin vida para exaltar “la mano dura” como política de gobierno. A simple vista no parecen asuntos relacionados, pero, si nos detenemos un poco, podemos advertir la profunda relación que guardan con aquello que se enseña sobre género. 

Por eso conviene cambiar el ángulo de análisis y formular una pregunta incómoda: si vamos a revisar qué se enseña sobre género en las escuelas, mientras se promueve el uso de armas y se exaltan representaciones de una masculinidad asociada a la “mano dura”, ¿no tendríamos que preguntarnos también qué se enseña a los hombres dentro y fuera de las aulas? ¿No es esto también una forma de “ideología de género”?     

La “batalla cultural” y el miedo al género

Las políticas antigénero se han convertido en un componente importante de las agendas de las derechas radicales en distintos lugares del mundo. Una de sus estrategias consiste en producir un pánico moral alrededor de la infancia: presentar a niños y niñas como seres permanentemente amenazados por la diversidad, la inclusión, la educación sexual o cualquier cuestionamiento a la familia patriarcal tradicional. En esta narrativa, proteger a la infancia termina convirtiéndose en una identidad política.

Así, los derechos de las mujeres y de las personas con orientaciones sexuales e identidades de género no hegemónicas pueden aparecer como amenazas a la seguridad de la infancia. El aborto, la educación sexual, la diversidad familiar o el reconocimiento de identidades diferentes son asociados, en una misma bolsa, con la supuesta pérdida de valores, la pedofilia, el grooming o la sexualización infantil.

El resultado es paradójico: en nombre de proteger a la infancia, se propone eliminar justamente algunas de las herramientas que limitan sus derechos. Eliminar o recortar los programas de prevención de embarazo adolescente en Colombia, argumentando que “sexualizan” a los niños, deja a muchas adolescentes sin información para negociar el uso de anticonceptivos o reconocer una relación abusiva; también restringe la organización y la libertad de expresión de la infancia y de las niñas, creyendo que no son capaces de reflexionar sobre lo que la sociedad les ofrece.      

La educación sexual, por ejemplo, no crea la sexualidad ni es la que la revela a niñas y niños. Llega, más bien, tarde a una conversación que ya está ocurriendo: en las familias, en los patios de recreo, en internet, en las redes sociales y, ahora también, en la inteligencia artificial.

Pero hay algo más que suele quedar fuera de esta discusión: los hombres también tienen género. Parece una obviedad, pero no siempre se comporta como tal.

El patriarcado ha producido una operación bastante eficaz: las mujeres y las personas LGBT+ tienen género, pero los hombres, especialmente los heterosexuales y cisgénero, aparecen muchas veces como si fueran simplemente “personas”. Sus experiencias se presentan como universales, sus puntos de vista como neutrales y sus comportamientos como naturales. Las desigualdades de género no son una invención académica ni una moda reciente, han tenido consecuencias muy concretas sobre los cuerpos, las oportunidades y las vidas de las personas.

Por eso necesitamos ampliar la mirada. Resulta problemático que, en nombre de la neutralidad, se elimine la palabra “niñas” de documentos y políticas públicas. Si queremos saber quiénes están siendo afectados por una situación, necesitamos poder nombrarlos. La neutralidad puede ser muy cómoda en el lenguaje y bastante inconveniente en la política pública.

En 1989, la activista y feminista Peggy McIntosh se preguntaba por los privilegios que tenía en una mochila invisible por ser blanca. Casi tres décadas más tarde, Michael Kimmel, especialista en los estudios de masculinidades, afirmaba que “ser blanco, hombre o clase media es ser invisible y omnipresente. Estás en todas partes, eres el estándar con el que se mide a todos los demás. Eres como el agua, como el aire”. Los estudios sobre el privilegio y las ventajas sociales nos han mostrado que aquello que parece normal, cercano y familiar, es precisamente lo que más cuesta interrogar. Y pocas cosas parecen más “naturales” que la masculinidad como posición de género dominante. Por eso, volvamos a los hombres.

¿Cómo se aprende a ser hombre? 

Los hombres no nacen sabiendo qué significa ser un hombre. Lo aprenden. Aprenden cómo vestirse, moverse, sentir, hablar, relacionarse con otros hombres y con las mujeres, qué silenciar de sus dolores, traumas y emociones. En el mandato masculino tradicional, se espera que la voz de los hombres heterosexuales cisgénero sea gruesa, y que sus movimientos corporales sean rectilíneos, fuertes, decisivos y severos. Deben desarrollar fuerza física antes que elasticidad. Ignoran o esconden sus emociones para ocultar, a su vez, su vulnerabilidad. La rabia suele tener permiso para aparecer, allí donde el cariño, el miedo o la tristeza son vistos como signos de debilidad.

“Si a usted le pegan, usted le pega más duro”, “me imagino que el otro quedó más cascado que usted”, se escucha en las casas. “Juega como una niña”, “le pegó como una niña a la pelota”, “no llore, no sea marica”, se escucha en los patios de los colegios. “Un verdadero hombre no llora sino cuarenta días después de muerto”, escuchamos alguna vez en la calle. “‘Los hombres no lloran’, a menos que estén borrachos para justificarlo”. Son frases que probablemente conocemos mucho antes de tener la más remota idea de que existe algo llamado “género”, y de que, justo porque es construido puede ser distinto. 

Parece que algunas de nuestras primeras clases de educación sobre género no las recibimos solamente en un salón de clases, sino en el patio de recreo, en las familias, en el vecindario, en la televisión, las películas y, ahora, en las pantallas de los celulares.

Las historias que consumimos también enseñan. Durante décadas, los hombres han sido los supuestos héroes, los proveedores, los fuertes, los aventureros, los que resuelven los problemas, siempre en solitario. Las mujeres, en cambio, han sido con demasiada frecuencia las que esperan, cuidan o necesitan ser salvadas. Por supuesto, las cosas han cambiado y existen muchas otras representaciones. Pero los viejos guiones tienen una sorprendente capacidad para sobrevivir. Así lo muestran los superhéroes de Marvel/DC, como Superman o Wolverine, que representan el hombre proveedor y fuerte que resuelve todo solo, sin mostrar vulnerabilidad ni pedir ayuda emocional. Lo vemos también con Odiseo, quien supera adversidades impuestas por dioses, durante tres largas horas en la reciente película de Christopher Nolan, para regresar a donde su esposa, la paciente Penélope.               

El problema no es que a los niños se les enseñe que tienen género, sino que se les diga que existe una única manera, natural y obligatoria de ser hombre.

Cuando la hombría se mide en violencia

En Colombia, según Medicina Legal, aproximadamente el 93 % de las víctimas de homicidio son hombres y el 7 % son mujeres. Los presuntos responsables de estos homicidios son también mayoritariamente hombres. Esta tendencia no es exclusivamente colombiana: en buena parte del mundo, los hombres son las principales víctimas y los principales perpetradores de la violencia letal.

Algo similar ocurre en nuestro conflicto armado. La mayoría de los combatientes han sido hombres, y muchas formas de socialización masculina asociadas con la fuerza, la virilidad, la capacidad de ejercer violencia y la disposición al riesgo han encontrado allí un terreno particularmente fértil. Decir esto no significa que los hombres sean violentos por naturaleza; al contrario: la violencia no viene inscrita en el cuerpo masculino como una especie de destino biológico.      

Y aquí surge otra paradoja.

Cuando hablamos de violencias basadas en género, las principales víctimas son mujeres. De acuerdo con Medicina Legal, en Colombia, el 75,9 % de las víctimas de estas violencias son mujeres, y el feminicidio representa su expresión más extrema. En estos casos, nuevamente, los presuntos responsables son mayoritariamente hombres. Y cuando los hombres padecen violencia ejercida por una mujer, encuentran otra barrera: la dificultad para denunciar y hablar de lo ocurrido en una sociedad que puede ridiculizarlos con preguntas como “¿quién se deja pegar o maltratar de una mujer?” Esto muestra por qué necesitamos hablar de género sin convertirlo en sinónimo de “problemas de mujeres”.

La cuestión no es acusar a los niños de ser potenciales agresores, sino preguntarnos qué ocurre cuando una sociedad les enseña que la fuerza es más valiosa que la vulnerabilidad, que la competencia es preferible a la cooperación, que pedir ayuda es una señal de debilidad o que responder a la violencia con más violencia demuestra hombría.

Estos aprendizajes guardan estrecha relación tanto con las imágenes de un presidente caminando entre cadáveres, acompañado por militares, mostrando y exhibiendo al país la supuesta derrota del “enemigo”, como con una política que promueve el uso de armas en nombre de la defensa personal. Allí donde parece no haber ‘ideología de género”, es necesario revelar la profunda relación que existe en estas prácticas y la promoción de determinadas maneras de ser y estar en el mundo para los hombres. 

El algoritmo también educa

Esta conversación se vuelve todavía más urgente en internet. Los niños y adolescentes ya no reciben sus lecciones sobre género únicamente de la familia, los profesores o los amigos; también las reciben de TikTok, Instagram, YouTube, videojuegos, influenciadores, plataformas de citas y algoritmos cuyo funcionamiento apenas comprendemos las personas adultas. Y ahora también de sistemas de inteligencia artificial capaces de responder con enorme seguridad, incluso cuando no tienen ninguna razón real para hacerlo.

Un ejemplo de esto son los influenciadores de “contenido motivacional” o “alto valor”: replican el discurso de que ser hombre exitoso significa dinero, cuerpo, mujeres y dominio, presentando la sensibilidad o la duda como señales de fracaso. En Colombia podemos evidenciarlo con el personaje “Alpha Estilo” (así se hace llamar en TikTok) influenciador colombiano paisa con más de dos millones de seguidores, que dirige una “escuela para alfa” y construye una estética de dominación (tono de voz grave, gestos de determinación). 

Quienes dominan la machósfera han encontrado, además, un negocio lucrativo con las “vistas” de su contenido, membresías, cursos y sesiones de coaching para aprender a obtener mujeres, dinero, estatus o reconocimiento. No hay ninguna preocupación por los efectos que producen sus discursos en quienes los consumen en el otro lado de sus pantallas.

No todas estas comunidades son iguales ni producen los mismos efectos, pero muchas comparten algo: ofrecen guiones muy rígidos sobre lo que significa ser hombre o mujer y convierten frustraciones, miedos e inseguridades en certezas a partir de un supuesto esencialismo biológico del género.          

El problema es que el algoritmo no siempre distingue entre una explicación y una provocación, entre una comunidad y una radicalización, entre una opinión y una mentira. Y tampoco pregunta si quien está del otro lado de la pantalla tiene diez, quince o cincuenta años. 

En Colombia, además, estas dinámicas digitales se cruzan con otras violencias. Las redes sociales pueden ser utilizadas para el reclutamiento y la explotación de menores, mediante estrategias de enamoramiento dirigidas a niñas y adolescentes, o mediante promesas de riqueza, validación social y prestigio dirigidas a niños y adolescentes varones.

Entonces, ¿qué significa proteger a la infancia?

La educación sexual integral no consiste en decirles a los niños cómo deben vivir su sexualidad. Consiste, entre otras cosas, en ofrecerles herramientas para reconocer abusos, identificar riesgos, establecer límites, pedir ayuda, comprender el consentimiento y hablar sobre aquello que les sucede.

Una educación crítica puede permitir que otras experiencias de ser hombre, que existen, por supuesto, adquieran mayor visibilidad y sean reconocidas en las representaciones más comunes de la hombría. Quizá eso sea lo verdaderamente incómodo.

Que un niño pueda llorar sin que alguien le diga que “parece una niña”. Que pueda cuidar sin que le expliquen que eso es asunto de mujeres. Que pueda rechazar una pelea sin sentir que está perdiendo su hombría. Que pueda aprender que ser fuerte no significa necesariamente imponerse sobre otro. Incluso que pueda descubrir que no tiene ninguna obligación de hacer de la fuerza una virtud.

Se trata de preguntarnos qué mundo estamos construyendo cuando educamos. Porque el género no desaparece cuando dejamos de nombrarlo. Los estereotipos tampoco. Mucho menos las violencias. Al contrario, continúan existiendo en las prácticas cotidianas y pueden seguir enseñándose perfectamente sin que aparezca una sola vez la palabra “género”.

La pregunta no es cómo sacar el género de las escuelas, sino qué género estamos enseñando, dentro y fuera de las escuelas, cuando creemos que no estamos enseñando ninguno. Y si de verdad queremos proteger a nuestros niños, niñas y adolescentes, el verdadero desafío, incómodo pero urgente, es mirarnos al espejo y responder: ¿qué les estamos enseñando a los niños sobre lo que significa ser un hombre?