Hablar sobre impuestos: una platica que no se perdió

Incómodos, impopulares y a veces indefendibles. Los impuestos están en el corazón de las discusiones actuales sobre la precariedad de la vida. Tras nuestra conversación #HablemosDeLosImpuestos, les compartimos una faceta desconocida sobre ellos y seis aprendizajes. 

Fecha: 2023-08-23

Por: Karen Parrado Beltrán

Ilustración: Luisa Fernanda Arango

Hablar sobre impuestos: una platica que no se perdió

Incómodos, impopulares y a veces indefendibles. Los impuestos están en el corazón de las discusiones actuales sobre la precariedad de la vida. Tras nuestra conversación #HablemosDeLosImpuestos, les compartimos una faceta desconocida sobre ellos y seis aprendizajes. 

Fecha: 2023-08-23

Por: KAREN PARRADO BELTRÁN

Ilustración: Luisa Fernanda Arango

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Ya no sé cómo más hablar de los impuestos. No sé si quiera volver a hacerlo en el futuro o si entrarán a la carpeta de temas-traumas que intento paliar con otra de memes de perritos. Y, sin embargo, aquí estoy de nuevo en un texto que hablará de ellos desde una de sus facetas más desconocidas: los aportes voluntarios de impuestos, en medio de la temporada donde quizás son más odiados: el inicio del calendario tributario de la DIAN para hacer la declaración de renta en Colombia.

Hace un mes lanzamos #HablemosDeLosImpuestos en Mutante. ¡Boom! Un tema alucinante… no de entrada, por supuesto. Pero que comenzó a serlo —al menos para mí— al desarmar de a poco la coraza de desconfianza, desinformación y desprecio que ha dejado sobre ellos vivir en un país donde es fácil encontrar una evidencia de corrupción, pobreza o desigualdad a la vuelta de la esquina.

Odiarlos o rechazarlos es lógico porque nos han fallado como el pacto original que nos vendieron: una dosis de sacrificio personal para el bienestar colectivo y justo. “¡No son justos!”. Fue lo primero que nos dijo nuestra audiencia en los comentarios de varias de las publicaciones de #HablemosDeLosImpuestos. ¡Tampoco representan bienestar colectivo! O no para la mayoría que los vive como una carga que asfixia sus salarios y esfuerzos diarios por progresar. Mientras, quienes más tienen —entre otras, un futuro asegurado— se liberan de ellos con la destreza de un gato callejero (sí, es contigo multinacional o multimillonario/a que evades impuestos y escondes tu riqueza en una guarida, “paraíso”, fiscal).

Sobre los impuestos existen ideas que son muy difíciles de matizar porque perforan nuestros intestinos —que son como un segundo cerebro—, y porque tienen un muro de la vergüenza en los titulares de prensa sobre corrupción. “Pagamos impuestos hasta para respirar”, dijo uno de los participantes de #HablemosDeLosImpuestos. “Los impuestos son un robo de frente que hace el Estado a su ciudadanos“, afirmó otro. “Con todo esto, ¿qué ánimo nos queda para cumplir con ellos?”, apuntó otro. “¡Recuerden amigos! En un país donde se roban los impuestos lo mejor es evadirlos o eludirlos”, sentenció otro.

Fue desolador leer esos comentarios. Al mismo tiempo comprensible. Y hasta cierto punto, un espejo de lo que he pensado muchas veces sobre los impuestos. Nos llevamos mal con los impuestos y podemos aprender mucho de eso. Por ejemplo, ratificar que nuestra mala relación con ellos ha forjado un tipo de mentalidad colectiva que acciona un círculo de afectos y comportamientos hacia ellos.

De las cuatro mentalidades sobre los impuestos —responsable, resignado, elusor y evasor—  identificadas por el paraguayo José Carlos Rodríguez en un estudio de 2011, la predominante dentro de nuestra audiencia en #HablemosDeLosImpuestos fue el resignado. Un contribuyente que paga sus impuestos, pero de forma reactiva. Rodríguez describe a los resignados como el grupo que “sueña con pagar como en un país atrasado y obtener el Estado de un país desarrollado, sin hacerse ilusiones”.

Odiarlos o rechazarlos es lógico porque nos han fallado como el pacto original que nos vendieron: una dosis de sacrificio personal para el bienestar colectivo y justo.

Honestamente, fue incómodo sentirme reflejada en esa frase de Rodríguez. Soy una resignada. Al mismo tiempo, esa descripción me pareció liberadora. Después de iniciar un ejercicio de periodismo participativo sobre los impuestos, con mucho silencio como respuesta por parte de nuestra audiencia, llegó el baño de realidad. La realidad material a nuestro alrededor alimenta la mentalidad que tenemos sobre los impuestos. Y esta, a su vez, alimenta lo poco dispuestos que estamos a confiar en que pagándolos —y promoviéndolos, incluso— esa realidad pueda cambiar.

Entonces, contradiciendo al sentido común de la mayoría, aparece un grupo de personas que no solo entrega más impuestos de los que debe, sino que tiene una mentalidad diferente hacia ellos. Lo hace voluntariamente. Un grupo de contribuyentes que vive en la ciudad de Colombia con uno de los escándalos de corrupción más grandes del siglo XXI a cuestas: el carrusel de la contratación de Bogotá.

Esos contribuyentes hacen aportes voluntarios de impuestos —al principio a través del predial, y luego también a través de los impuesto vehicular y de industria y comercio— desde hace 20 años. En 2002 apoyaron una iniciativa única en el país que apareció como parte de un programa público mucho más grande, impulsado por el alcalde Antanas Mockus, para alentar la cultura ciudadana. Durante el primer año aceptaron hacer aportes voluntarios de impuestos correspondientes al 10 % del valor de su impuesto predial. Llegaron a ser 63.000 —el 4 % del total— y a recaudar 1.000 millones de pesos extra para programas sociales de la ciudad.

Ancianos que vivían una vejez con alguna discapacidad a los que los contribuyentes querían apoyar con un programa de protección al adulto mayor. Parques y espacios públicos descuidados a los que los contribuyentes querían poner más árboles y luces. Vecindarios a las orillas de los ríos a los que los contribuyentes deseaban ayudar a gestionar los riesgos de inundación. Fueron algunas de las causas escogidas por los contribuyentes y que movilizaron su solidaridad a través de los impuestos.

Eso pasó hace mucho, dirán algunos. Fue en 2002, en medio de una administración que se hizo excepcionalmente merecedora de la confianza de la cuidadanía. Hoy eso es casi un ideal borroso imposible de repetir. Y no les falta razón. En diez años, el programa de aportes voluntarios de impuestos de Bogotá pasó de tener 63.000 contribuyentes y 1.000 millones en recaudo, a 13.000 contribuyentes y 300 millones recaudados en 2012, menos de la cuarta parte. La solidaridad se desplomó.

Esa fue la tendencia hasta 2020, cuando llegó la pandemia y con ella una reactivación sorprendente de la solidaridad en Bogotá. En 2020 el programa de aportes voluntarios alcanzó el mayor récord de recaudo de la última década (2013 – 2023): 29.205 bogotanas y bogotanos hicieron aportes voluntarios de impuestos para financiar Bogotá Solidaria en Casa, un programa social creado por la administración de Claudia López para proteger a las familias más vulnerables de la ciudad ante una crisis sanitaria y económica sin precedentes en el último siglo. De esos casi 30.000 contribuyentes, sólo 83 fueron empresas.

Infografía_Impuestos

Pero, ¿por qué los contribuyentes de a pie (personas naturales) fueron más solidarios que las empresas (persona jurídicas) en Bogotá? 

César Figueroa, subdirector técnico de la Subdirección de Planeación e Inteligencia Tributaria en la Secretaría de Hacienda de Bogotá, dice que en ello tiene mucho que ver la manera en que los contribuyentes afrontan el pago de sus impuestos, y las mayores contribuciones vienen de los impuestos que personas naturales pagan directamente. “En el impuesto predial y en el de vehículos es la persona la que hace el aporte voluntario, porque la decisión depende enteramente de ella”, subraya.

Tabla_Impuestos

Pero más allá de la decisión está la motivación. Al menos eso cree Mariana Matamoros, investigadora principal de la línea de justicia fiscal de Dejusticia, el centro de pensamiento colombiano aliado de nuestra conversación #HablemosDeLosImpuestos. Dice que las reformas tributarias de los últimos años en Colombia han fortalecido el recaudo obligatorio, al punto de que muchas personas sienten que ya tienen una carga fiscal suficientemente pesada. “Todavía hay mucho debate al respecto, Colombia es uno de los países que le pone más carga tributaria a las empresas, por ejemplo”, señala.

Incómodos, impopulares y a veces indefendibles. Los impuestos están en el corazón de las discusiones actuales sobre la precariedad de la vida. Tienen que ver con los derechos a los que accedemos y con la calidad de vida que sentimos que podemos gozar. También son parte de una conciencia que está en proceso de cambiar.

Para despedir #HablemosDeLosImpuestos, resumimos nuestros aprendizajes en esta lista, no sin antes saludar que Barbie haya incluido este tema dentro de sus sátiras a la cultura capitalista, al poner a la creadora de la muñeca más famosa del mundo a confesar que tuvo problemitas con Hacienda por cuenta de sus impuestos.

  1. No odiamos los impuestos, odiamos la falta de atención que llevan implícitos. El aparato que se encarga de recaudarlos es complejo, en ocasiones extremadamente burocrático y todavía transmite una imagen de ineficiencia a los contribuyentes.
  2. Nuestra cultura tributaria es baja y podemos explorar un camino para fortalecerla. Los impuestos son un campo árido a menos que se cultive un sistema de valores diferente hacia ellos. “Si la cultura ciudadana se fortaleció en pandemia, ¿por qué no seguir haciéndolo años después y más luego de que vimos los resultados?”, apunta Matamoros.
  3. Estamos en deuda de conocer a los ricos del país. “Nos falta un poquito más de movilización para pedir más información”, señala Matamoros. No sabemos quién es el 1 % más rico del país, que en la práctica es quien más se beneficia de las exenciones y deducciones tributarias. Sin información amplia y pública sobre ese segmento de la población, ¿cómo pueden planearse políticas públicas que atiendan el reclamo colectivo para que los impuestos sean más justos? 
  4. Estamos cansados de rendiciones de cuentas de alcaldes/alcaldesas que parecen una campaña publicitaria. Los informes basados en el yoísmo (“Yo hice”, “Yo construí”) son áridos, necesitamos evidencias concretas para confirmar que los impuestos que pagamos están mejorando la calidad de vida. ¿Cuántos niños y niñas pudieron ir a estudiar? ¿Cuántas familias en riesgo de hambre recibieron ayudas para mercar? ¿Cuántos huecos arregló la ciudad?
  5. El malestar con los impuestos debe llegar a los debates de los candidatos a alcaldías y gobernaciones en elecciones. Generalmente hablan de aumentar el recaudo, ¿pero qué tanto hablan de justicia fiscal, de políticas de transparencia, de propuestas para trabajar la cultura tributaria?
  6. Vivimos un círculo vicioso: ‘no pago impuestos, no hay inversión pública; no veo inversión pública, no pago impuestos’. Sin quiebres de conciencia en ese círculo será difícil orientar las conversaciones y acciones hacia lugares más desafiantes, como la ética, la solidaridad, la veeduría ciudadana o el bien común.

Mucha gente todavía piensa en los impuestos como un mal necesario que al final toma demasiado de sus bolsillos. Estamos acostumbrados a verlos con desprecio y amargura. Pero, ¿y si tenemos mucho más en nuestras manos que la capacidad de deslegitimarlos como, de por sí,  ya lo hacen con creces la corrupción de nuestros políticos o la evasión de las multinacionales? El papel de los impuestos podría ser otro. Y ya lo es, en muchos sentidos.