Sismorresistentes: relatos de solidaridad tras el terremoto en Colombia
¿Cuántas historias no vimos durante la emergencia del terremoto del 10 de agosto en Colombia? Le pedimos a nuestra audiencia que nos ayudara a hacerlas visibles, para recordar el poder colectivo que se activó al mismo tiempo que la tierra temblaba. En este blog encontrarás historias de personas y comunidades que afrontaron la catástrofe con una tecnología ancestral: la solidaridad.
Fecha: 2026-09-10
Por: Karen Parrado Beltrán
Ilustraciones:
MATILDE SALINAS (@MATILDETIL)
Fecha: 2026-09-10
Sismorresistentes: relatos de solidaridad tras el terremoto en Colombia
¿Cuántas historias no vimos durante la emergencia del terremoto del 10 de agosto en Colombia? Le pedimos a nuestra audiencia que nos ayudara a hacerlas visibles, para recordar el poder colectivo que se activó al mismo tiempo que la tierra temblaba. En este blog encontrarás historias de personas y comunidades que afrontaron la catástrofe con una tecnología ancestral: la solidaridad.
Por: KAREN PARRADO BELTRÁN
Ilustraciones:
MATILDE SALINAS (@MATILDETIL)
Un terremoto parece moverlo todo casi al mismo tiempo que lo paraliza todo. Un mes después de la emergencia provocada en Colombia por el sismo de magnitud 7,4, el más fuerte registrado en el país en este siglo, la dimensión de la catástrofe empieza a hacerse más clara, como también la fuerza imprescindible de la respuesta colectiva.
Las miles de toneladas de escombros, las más de treinta y seis mil viviendas destruidas y las familias que hoy enfrentan la ausencia de uno o más de sus integrantes son parte de la huella profunda que deja un desastre en la memoria colectiva. Atravesar una emergencia de esta magnitud implica no solo información y velocidad de respuesta, sino atención y mirada humana.
Los relatos de este blog son testimonio de esa mirada traducida en una resistencia solidaria. Relatos entre las ruinas de una historia que, de una u otra manera, no volverá a ser lo que fue, pero que en sus entrañas reveló aquello que siempre la sostuvo. Un hilo narrativo para un país que empieza a asimilar una nueva realidad y a afrontar la reconstrucción.
No hay un título para esto

Ya no caminamos a la misma velocidad. Por estos días, en Pereira, muchas en la calle vamos como cansadas, como sin afán. Y ya no miramos hacia el frente, sino hacia arriba y hacia los lados. No sólo para ver el desastre, sino también para cuidarnos de que algo no nos aplaste.
En los ojitos se nos ve el miedo. Es como si el cielo se nos hubiera caído encima.
El lunes siguiente de que todo se nos viniera abajo, yo iba en el bus con mi tía. Eran las 8:30 de la mañana. Varias personas comenzamos a llorar mientras mirábamos lo que queda de la ciudad por las ventanas. ¡No nos conocíamos! ¡En el transporte público! ¡Llorando! ¡Esto es una herida colectiva! ¡Qué dolor este y qué compañía! Al bajarnos casi todas nos dijimos: “Hasta luego, cuídese mucho”, con mucho amor.
Creo que con esto las pereiranas nos hemos vuelto aún más fuertes y cariñosas de lo que ya éramos.
(Lloro aún mientras escribo esto. Soy más fuerte aún mientras dejo que el dolor me atraviese).
Regresé a Pereira hace ocho meses, luego de vivir ocho años fuera del país. Vivo sola, fue Daniela, mi amiga, tocaya y vecina, quien se arriesgó a entrar conmigo a mi apartamento medio chueco para sacar unas cuantas mudas de ropa antes de que nos desalojaran. Luego, yo la acompañé a ella.
Creo que muchos de ustedes no saben qué se siente quedarse con la ropa puesta, no poder entrar a casa a sacar algo porque ya no hay casa, o entrar por un par de cosas en medio del pánico de que la casa se termine de caer. Solo Daniela quiso entrar conmigo, nadie más. ¡La amistad!
¡¿Qué es ser damnificada?!
Es mi segundo terremoto en Pereira, pero este…
(Descargar un camión de ayudas se ve como el hilo de hormigas sobre el mesón de la cocina que solía limpiar con un trapo húmedo. ¡Somos hormigas!).
Me cogió sola… Alcancé a salir… Cuando sentí el miedo que produce el fin, le pedí a la vecina —a quien nunca antes había visto— que me abrazara y me dejara agarrar del brazo de su marido. Me abrazó y dejó que me agarrara del brazo de su marido, mientras el bebé que él llevaba en brazos nos miraba confundido. Si hemos de morir, ¡que sea abrazadas!
Mi hermano me recogió para llevarme hasta donde mi mamá. El tío Javier nos dejó quedarnos a mi familia y a mi amiga Daniela, con su mamá y sus dos gatos, en su finca el primer y segundo día. Mis tías me dieron abrigo y amor la semana siguiente. Juan y don Danilo me ayudaron a armar la carpa con el colchón que alguien le donó a mi conjunto, porque por Pereira no había cómo andar para comprar cosas. Alguien más donó estibas para que no nos mojáramos. Y Ángela se encargó de conseguir comida para las personas que no tenían a donde ir, mucho menos una cocina.
El primer día de mi regreso no dormí en la carpa sino con Eliza, una vecina que había conocido hacía dos días. Ambas teníamos miedo y vivimos solas. Ahora parece que somos amigas. Varios amigos me escribieron para preguntarme cómo ayudar, otras para preguntar cómo estaba y muchas otras más para ofrecerme sus casas.
(Dijo uno de mis vecinos el otro día: pensé que estaba temblando otra vez, ¿si ven que cuando uno se queda quieto el corazón hace que uno se mueva un poquito? Esto que vivimos nos ha hecho cogerle miedo hasta al latir de nuestro corazón).
(Escuché el otro día un murmullo parecido al que escuché ese día apenas empezó todo, en realidad era el aleteo de un pájaro sobre una rama. Tuve que sentarme en el suelo y echarme a llorar. Alguien me consoló).
Ya me pasé de las 500 palabras. ¡500 palabras para la infinidad de ternura y dolor que hemos compartido por estos días; y aún tengo amigas allá, en la calle, que no han parado de ayudar ni un día!
Otro lunes

Esa mañana empezó como cualquier otro lunes. Como si fuera un presagio, con mucho trabajo por hacer de ahí en adelante.
Cuando empezó todo, ninguno lo tomó tan en serio, más allá de la sorpresa habitual de otros temblores. Pero a medida que la sacudida no paraba y se hacía cada vez más fuerte, decidimos iniciar la evacuación.
Estaba en el servicio de internación de una unidad de salud mental. Un edificio modesto de dos plantas que logró contener, como si de un paciente más se tratase, a cada uno de los presentes.
Los edificios cercanos no corrieron con la misma suerte, cayeron a pedazos frente a nuestras miradas agitadas con el miedo de ser sepultados.
Logramos resguardarnos, pero ahí apenas empezaba todo.
Cada uno estaba angustiado y temeroso. Algunos gritaban, otros lloraban. Había quienes se quedaron perplejos, y otros sumidos en oraciones fervorosas cual mantra.
Una vez ahí empezaron las llamadas, buscando algo de bienestar en una respuesta tranquilizadora.
“Sí, estamos bien”.
En parte, ese también fue mi caso: un par de llamadas o mensajes que a duras penas salían del teléfono. En principio, todos bien.
Pero al rato, con las noticias volando, me entero de que el barrio donde viví más de diez años, y en el que está el apartamento de mi familia, estaba devastado: edificios colapsados, casas en ruinas y personas aturdidas.
Salí para allá a encontrarme con mi hermano, que estaba a salvo pero incomunicado. El trayecto no era muy largo, pero sí muy lejano del paisaje que he atravesado incontables veces a lo largo de tantos años. Un paisaje diferente, desolador y desconocido, como si esta ciudad fuera otra, como si nosotros mismos ya no lo fuéramos más, como si lo que antes había ya no existiera.
Llegué al barrio y encontré demasiadas personas. Encontrar a alguien en medio de tanto fue una tarea inmensa. Buscar en medio del caos significa tener que parar y detallar cada mirada, cada rostro, cada silueta, cada postura, cada persona.
Al día de hoy no encuentro palabras para describir lo que vi, el tamaño de la desolación, el dolor, la incertidumbre y la desesperanza.
"Por eso escribo estas líneas. Para recordarme la brevedad de nuestra existencia y cómo, en medio del desastre, todavía nos tenemos a nosotros".
Hubiera querido tener mi cámara conmigo y poder retratar lo que dejó el desastre en un primer momento: tantas fracturas, tantas grietas y tanto colapso. Tal vez con el ánimo de ver nuestra propia fragilidad y nuestra humanidad realmente agobiada y doliente.
Por eso escribo estas líneas. Para recordarme la brevedad de nuestra existencia y cómo, en medio del desastre, todavía nos tenemos a nosotros. En honor a todos los que ya no están, a quienes han perdido algo y a quienes, al día de hoy, seguimos perdidos. Para que pronto encontremos consuelo y que a lo mejor sea juntos, como humanidad.
Atención en la Perla del Otún

Diría una gran pensadora que la atención, llevada a un grado más puro, es una especie de plegaria*. Esto haciendo alusión no a un rezo lleno de palabras, sino a algo que requiere nuestra atención: ver al otro como humano hasta que dejemos de preguntarnos qué podemos obtener de él. Verlo sencillamente en su existencia, en su sufrir, en su ser y estar allí.
Antes de un terremoto era fácil dejar de ver al otro. No por mezquindad, sino por costumbre.
El dolor ajeno tiende a pintarse en la calles de Pereira y a ser solo parte del paisaje urbano: cuerpos sin hogar, bocas con hambre, cerebros ávidos por las próximas dosis, niños vagabundos. Todo esto comparte el mismo lugar con postes de luz, calles llenas de comercios y estructuras que hoy, abiertas en grietas, muestran las entrañas de la ciudad. Se mira, pero no se ve.
Esta forma de ser y habitar el mundo es más antigua que la crueldad: no es odio o rencor, sino desatención. Ya Hannah Arendt** lo había pensado cuando planteó lo que los hombres se hacen unos a otros. Ella hacía énfasis en que lo contrario a la maldad no es lo virtuoso, más bien es la capacidad de pensar: detenerse, parar aunque sea un instante, considerando al otro como un fin y no como un accidente del paisaje.
Para esta gran mujer, el espacio público —la galería, la sexta, la séptima, la perla habitada— solo existe en realidad cuando los seres actúan juntos, cuando aparecen unos ante otros, no como espectros sino como presencias***.
El terremoto no creó la compasión. Solo rompió, en segundos, la costra de la indolencia bajo la cual se ocultan las capacidades intactas de la atención. Las gentes pereiranas empezaron a ver. A prestar atención, en el sentido más puro de la palabra: “Yo no tengo, pero sé quién nos puede ayudar”. Y en este acto, en la adversidad, se puede ver al otro no como alguien ajeno, sino como un nosotros que le da la razón a Arendt, en cuanto a que la única forma en que lo humano se vuelve real es apareciendo frente a los demás.
Pero tanto Weil como Arendt entendían que esta atención es frágil y que las gentes tienden a dejar de ver en cuanto pueden. La atención cansa y desgasta. Ver lo real exige renunciar a la comodidad de creer que el sufrimiento tiene una causa que lo justifica, que él mismo es el causante, que uno está a salvo de merecerlo.
Por eso lo que nos queda, cuando la tierra deja de temblar, no es la pregunta de si las gentes pereiranas volveremos a ayudarnos. Es una pregunta sencilla y mucho más compleja: ¿seremos capaces de vernos cuando ya no haya emergencia que nos lo demande? Si consideramos la atención como una forma silenciosa de justicia que puede sobrevivir a la “normalidad” o si, como en otras ocasiones, se extinguirá en cuanto la Perla del Otún vuelva a fingir que no ve.
*La autora aludida es Simone Weil. Véase A la espera de Dios, trad. María Tabuyo y Agustín López (Madrid: Trotta, 2009).
**La autora aludida es Hannah Arendt.
***Hannah Arendt, La condición humana, trad. Ramón Gil Novales (Barcelona: Paidós, 1993 [1958]), cap. V, “Acción”.
El fogón de la vida sigue encendido

Homenaje a las madres, lideresas y mujeres comunitarias en Quibdó, Chocó.
A esta hora, alguien ya prendió el fogón. Tres piedras, leña húmeda, una olla prestada de la casa donde la puerta siempre está abierta. El humo sube entre las tejas de zinc y de madera, y ese olor, a plátano, a cebolla, a agua hirviendo, llega antes que cualquier noticia.
En los barrios de Quibdó, Chocó, el día empieza con una mujer soplando el fuego mientras el mundo todavía no abre los ojos. Sin romantizar la escena: esto es trabajo invisible y no remunerado. Alguien consiguió el plátano y el arroz, alguien lo cargó, alguien corta las hojas de plátano que guardan los secretos de la comida chocoana, alguien calcula en qué orden se reparte: primero la niñez, después las personas mayores, después la señora que quedó sin casa y no ha querido decirlo.
La olla comunitaria es una forma de gobierno propio. Con lo poquito, ellas deciden cómo alcanza para todas, sin formalismo ni presupuesto.
Mientras tanto, la ayuda del país llega en cartones pesados. Hay que bajarlos entre dos, entre tres, porque aquí no hay máquinas.
Ahí empieza el trabajo que nadie fotografía: abrir, clasificar, armar. Alimentos, ropa, aseo, medicamentos revisados uno por uno. Y un rincón para los animales, porque el perro y el gato también son familia.
Después, el censo. Las mujeres van casa por casa, con la paciencia de preguntar sin herir: cuántos duermen aquí, quién está enfermo, quién no ha comido. El diagnóstico no lo hizo el Estado. ¡¿Dónde está el Estado?!
El diagnóstico lo hace la comadre que nota una ausencia. Y sin ese cuaderno, un barrio entero no existe para quien reparte desde lejos.
La que reparte el plato de arroz también está adolorida. Varias enterraron a alguien. Otras duermen donde pueden y todavía no saben con qué van a levantar su casa. Pero entre ellas se preguntan cómo están. Otra se acerca con un tinto y le recuerda que hoy cumple años una vecina. Salen juntas a comprar la torta. Con todo lo que pasó, o justamente por eso, hay que celebrar y recordar que seguimos vivas.
Y llega la que sabe de plantas. Le dice a otra: “Comadre, si la niña tiene otitis, hiérvale este orégano, déjelo enfriar y colóqueselo en el oído”. Y más tarde: “Si sigue la fiebre, tome, tengo borraja y malagueto, eso le alivia el cuerpo”. Ese sí es el legado dejado por las abuelas, y transmitido entre mujeres del Pacifico colombiano.
De noche, cuando ya está todo repartido, se acompañan con cantos. Con el alabao, voces sin instrumentos, una que propone y las otras responden, se canta a los muertos y también para poder seguir con fuerza. El fuego de la vida sigue encendido. Lo enciende alguien, una mujer, cada madrugada, con las manos frías y la casa llena de grietas.
Mientras esa olla hierva, el territorio sigue vivo. Cuidar, recibir, clasificar, censar, distribuir, cocinar, curar, velar, es una respuesta humanitaria completa, sostenida por mujeres sin presupuesto ni respaldo institucional, antes, durante y después de esta crisis.
No debería recaer siempre sobre ellas.
Este homenaje es para las mujeres lideresas que decidieron estar aquí y que nos enseñan, cada día, que pese a las adversidades, sostener la vida es una forma de cuidado colectivo, de resistir y permanecer en el territorio.
El sueño de Vera

En 2026 tiembla todo. No solo el mundo entero, no solo mi pequeño mundo, ni el más grande que lo contiene, sino también las verdades y las mentiras, las creencias y las negaciones, lo bello y lo horroroso. Aquí, bien aquí, tiembla todo. Allá, bien allá* —que vuelve a ser aquí—, también lo hace.
Agosto 10 es un pico más en esa cadena de acontecimientos. Que a tantos se les antojan como incontrolables, pero que, sin duda alguna, tienen la capacidad de detonarlo todo en mí. Y en todos. Y en todo lo que me rodea y nos rodea.
Mientras me tambaleo como en estado de ebriedad, tengo la impresión de que no sabemos a dónde mirar. Quizás primero a nuestras piernas temblorosas. Luego al piso, que nada puede sostener. A las paredes, que rugen —¿o es quizás solo la tierra quien lo hace?— y amenazan con caer.
Pienso, entonces, mientras abrazo a mi madre y a mi hermano, y veo a la perrita buscar su centro de gravedad, que invariable e inevitablemente todo al final terminará por derrumbarse.
Lo vivo como una epifanía que en mí siempre fue verdad. El edificio, las paredes, mi madre y mi hermano, la perrita, siguen aquí. Yo sigo aquí, pero estoy llena de grietas, unas ya las traía y se agrandaron, y otras surgieron y se instalaron. Es decir, mi forma cambió. Me transformé.
No pude dormir ni despertar igual. No pude soñar sin vigilar. La vigilia es una palabra especial, extraña y desdeñada, pero fundamental. Describe ese estado que pienso como vital, como salvador y esencial: conciencia, observación, atención, intuición. No sé qué perdí yo, pero he visto lo que otros perdieron. Hay imágenes sobre imágenes.
Quiero estar en todas partes, que mis manos estén en todas partes. No quiero pensar, solo actuar, solo ser cuerpo en movimiento, brazos y palancas, alimento y techo. Pero no puedo ser nada de eso. Me pregunto ¿qué soy? ¿Qué puedo dar?
Vera, esa puesta en escena, ese performance o instalación de Patti Smith y Soundwalk Collective, que no sé cómo describir o catalogar, retumba en mí y se expande a tal punto que la respuesta aparece: quiero dar descanso, quiero generar sueños, quiero convertirme en nube donde reposar y flotar ligeramente. Sin el peso de construcciones, sin aplastantes escombros, sin falta de aire para respirar, sin esa oscuridad.
El sueño toma forma real: voy con mis tijeras a una casa vieja en Envigado llena de gente sin edad a recortar. A rellenar. A coser. A almohadas celebrar que al Chocó y otras regiones irán a parar, que cabezas y corazones sostendrán desde los cuales nuevos sueños, confianza e ilusiones surgirán. Miro mis manos con dedos envueltos en esparadrapo para cortar más y más. Casi 700 almohadas hicimos juntos, los voluntarios y yo, en esa casa. Pienso que el amor es la única verdad, es lo único que tengo para dar. Pienso en mi deseo de que esa almohada, mi abrazo pueda expresar. Y también en que mi alma en ella va.
*Palestina, Sahara Occidental, democracia en Colombia, Humanidad.
Recursividad digital organizada

Cuando tembló estaba lejos del epicentro. Lo sentí leve. Muy pronto comencé a buscar en redes sociales y fue cuando vi que el impacto había sido muy grande. Me contacté con colegas de la comunidad OpenStreetMap (OSM)* Colombia y de HOTOSM (una ONG que trabaja con los datos de OSM), pero no sabíamos bien qué había pasado.
Entonces, decidí crear el canal de WhatsApp para que funcionara con HOTOSM ChatMap. Después, lo comencé a difundir para que la gente reportara las edificaciones afectadas por el terremoto. Las personas comenzaron a llegar, aunque tardó un buen tiempo que el chat tomara su propio rumbo; la gente debía entender bien el proceso de reportado de los datos. La comunidad OSM Colombia escuchó y se unió al canal, también lo hicieron personas de HOTOSM y de UN mappers.
El segundo día comenzaron a llover los reportes. Recibimos cientos de fotos y videos con su ubicación. Fue cuando la gente empezó a tener una forma de dar a conocer el impacto del terremoto y lo que estaba viviendo. Por mi lado, como no estaba en terreno, decidí empezar a promover el uso de la plataforma.
Hice varios post en las redes sociales de OSM Colombia, y contacté a gente de diversas organizaciones para que apoyaran la idea y convocaran a usarla. Lo bueno de esta herramienta es que los datos son de dominio público, así que cualquier persona puede usarlos, además de que nos permite hacer cambios en el mapa.
Con el apoyo de la comunidad, de la gente de HOTOSM y UN mappers, logramos que el chat se fuera autogestionado. El mapa se ha generado y he logrado que varias personas lo usen para reportar, moderar o para cruzar los datos con otras fuentes, como las fotos satelitales o con datos de la prensa y de fuentes oficiales.
El proceso ha permitido a la gente expresar cómo los afectó el terremoto, desde una grieta o caída de teja, hasta edificios colapsados. No hay reporte malo, siempre y cuando sea afectación de una construcción.
El poder de los datos abiertos es muy grande.
Con todos estos datos podremos hacer los cambios en OSM, donde tristemente tendremos que recategorizar los edificios destruidos en el mapa. También podrán servir para hacer análisis del impacto, validar las zonas afectadas y verificarlas, un tipo de análisis que podrán hacer los cartógrafos, geógrafos, especialistas en GIS, para entidades humanitarias, bancos o aseguradoras.
Los datos en el mapa también permitirán dirigir las ayudas a las zonas donde más se necesiten.
*OSM es un mapa abierto del mundo en el que cualquier persona puede contribuir y usarlo con cualquier propósito, pues son datos abiertos. OSM es usado por muchas entidades y organizaciones como mapa base, desde entidades gubernamentales locales, hasta empresas de tecnología como Apple o Meta.

