‘Los Bárbaros’: ser y sentirse parte de la reconstrucción

El terremoto del 10 de agosto en Colombia cambió la rutina de todos en Quibdó, el departamento del epicentro. Para los jóvenes significó implicarse en la gestión del desastre y, aún más, en la reconstrucción que ya se vive como parte crucial del futuro de su comunidad.

Fecha: 2026-09-01

Por: Beatriz Valdés Correa, líder de Comunicaciones e Incidencia de ILEX Acción Jurídica y periodista afrofeminista

Collage por:

Matilde Salinas

‘Los Bárbaros’: ser y sentirse parte de la reconstrucción

El terremoto del 10 de agosto en Colombia cambió la rutina de todos en Quibdó, el departamento del epicentro. Para los jóvenes significó implicarse en la gestión del desastre y, aún más, en la reconstrucción que ya se vive como parte crucial del futuro de su comunidad.

Fecha: 2026-09-01

Por: BEATRIZ VALDÉS CORREA, LÍDER DE COMUNICACIONES E INCIDENCIA DE ILEX ACCIÓN JURÍDICA Y PERIODISTA AFROFEMINISTA

Collage por:

Matilde Salinas

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El 10 de agosto de 2026, Yossuar Moreno Moreno durmió apenas una hora. ‘DJ Yomo’, como lo conoce todo el mundo, había terminado su trabajo en la fiesta quibdoseña bien avanzada la madrugada, y ya asomaba el sol cuando él apenas iba a tocar la cama. No duró mucho el sueño. A las 7:34 lo despertó el movimiento de la tierra. Un temblor de 7.4 grados sacudió el país, pero con mayor fuerza el Chocó y varios departamentos vecinos. 

Sabría después que el terremoto, aunque él no usa esa palabra, sino que dice “lo que pasó”, dejó 331 muertos en todo el país. Pero ese lunes no hubo mucho más que confusión. Darse cuenta de la magnitud de la tragedia, andar un poco la ciudad y estar con su familia. El martes, un amigo suyo publicó un estado en WhatsApp que cambió la forma en la que él y más de 150 jóvenes en Quibdó, la capital de Chocó, enfrentarían la catástrofe. Ese 11 de agosto llegaron a la Diócesis de Quibdó dos camiones llenos de ayuda humanitaria, pero no había quien los descargara. El llamado de su amigo era a que todos los jóvenes fueran a poner el hombro.

Yomo, de 30 años, acudió al llamado, como lo hicieron otros que vieron el mensaje y regaron la petición, porque en Quibdó todo el mundo se distingue entre sí. Deimer Córdoba Murillo también fue.

La misma mañana en la que a Yomo lo despertaba el terremoto, a Deimer se le sacudían los pies mientras regresaba a casa después de hacer su rutina en el gimnasio. Córdoba, de 27 años, es madrugador. Todos los días los empieza con ejercicio, que es lo que más le gusta y por lo que se hizo licenciado en Educación Física, Recreación y Deportes. Entonces, claro, lo que pensó ante el llamado a descargar camiones era que esa fuerza, acumulada durante años, podía ser de ayuda.

Y lo fue. Después de esos primeros dos camiones llegaron decenas más con toneladas de comida, agua e implementos necesarios para que las familias afectadas por el sismo pudieran gestionar su día a día: desde enlatados y colchonetas hasta productos de gestión menstrual.

La carga era pesada. Por eso la comunidad que presenciaba la cadena humana, cajas y cajas que pasaban de mano en mano, con ritmo, con rapidez, empezó a exclamar: ¡Qué bárbaros! ¡Cómo cargan todo eso, son unos bárbaros!

El nombre quedó. Está plasmado en las dos camisetas, la blanca y la negra, que recibieron como donación de un privado y de la Gobernación para identificarse. Son las prendas que terminan empapadas de sudor al final del día. Por el trabajo, por supuesto, pero también por el baile, por la recocha y, como dicen Yomo y Deimer, por la alegría. La alegría que también hace sudar.

“¡Estamos listos para servir! Si quieres venir, pues vení”. Ese lema, cantado y bailado, anima la solidaridad. No solo la de los jóvenes de Quibdó que descargan los camiones sin recibir pago alguno, sino también la de una comunidad entera que se ha ocupado de alimentarlos y cuidarlos. 

Yomo recibe mensajes y llamadas a lo largo del día. Una persona le escribe para decirle: “¿Dónde están? ¿Tienen agua? Les voy a mandar 50 refrigerios”. Otra lo llama para decirle que ya pueden ir a almorzar en una olla comunitaria. Y todos les agradecen. Es una cadena de solidaridades.

“Los Bárbaros son un grupo de jóvenes que a donde llegamos tratamos, desde lo que somos, desde lo que nos caracteriza, de llegar con energía y con el folclor para que la gente sienta que no están solos, para que sientan que la tristeza la podemos convertir en alegría, obviamente sin olvidarnos de lo que está pasando o de lo que pasó”, dice DJ Yomo.

En una ciudad en la que ser joven ha sido un estigma durante demasiado tiempo, la tragedia modificó la mirada. ‘Los Bárbaros’ y ‘Las Barbaritas’, como les llamaban a las jóvenes que también cargan, agregaron una capa a esa cosa ya tan documentada y aparentemente inamovible, esa realidad de hace tantos años: Quibdó es una ciudad en la que existen pandillas y grupos armados que tienen alianzas con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), un grupo insurgente, y el autodenominado Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), un grupo paramilitar.

Esta alianza violenta funciona reclutando a jóvenes que están a merced porque viven la pobreza y falta de acceso a derechos y servicios, como infraestructura en salud o conectividad.  Lejos de ser un hecho casual, estas condiciones son producto del racismo estructural que se manifiesta en el abandono histórico a una región mayoritariamente formada por gente negra.

En otro momento en el que, como ahora, la Universidad Tecnológica del Chocó (UTCH) y los colegios estuvieran cerrados, el conflicto ya se hubiera tragado a varios. Jóvenes con los que hablé hace algunos meses me lo dijeron: en el paro la gente se retira de la universidad. 

Mientras los jóvenes están desocupados, una voz vecina o amiga plantea un negocio del que después es imposible salir. Lo es porque los tentáculos del crimen son largos, pero también porque las autoridades e instituciones no se enfocan en prevenir, sino que rara vez actúan, y eso significa que, una vez más, los jóvenes pagarán con cárcel o muerte. 

Entonces, esta solidaridad en medio de la catástrofe resulta ser una protección: ellos ayudan, pero también reciben apoyo y reconocimiento. 

Deimer Córdoba lo ve así: 

— Al comienzo teníamos muchos nervios por los comentarios de que podía haber réplicas, pero ahora, como estamos enfocados en ayudar y descargar, el ánimo es diferente. Tenemos la mente con la sensación y con la alegría de saber que estamos aportando desde lo que podemos, dar nuestro granito de de arena para ayudar al Chocó. 

— ¿Te sientes parte de la reconstrucción?, le pregunto.

— Me siento parte, la verdad. Y anímicamente me siento mejor. Porque sé que no estoy en casa solo mirando estados…que van compartiendo y eso es lo que genera más ansiedad y más inseguridad.

Hace unos años, los jóvenes quibdoseños hicieron una de las tantas manifestaciones de hartazgo frente al conflicto y las condiciones de abandono que vive el departamento y que afectan a los jóvenes. Acababa de iniciar el gobierno de Gustavo Petro, que por entonces proponía una serie de “Diálogos vinculantes” para construir el Plan Nacional de Desarrollo. 

En el polideportivo de la Universidad Tecnológica del Chocó, frente a un puñado de funcionarios nacionales y regionales, alrededor de 20 jóvenes hicieron una performance. El sonido era el de las balas, y el diálogo era sencillo: “¿Quiénes son los muertos? Nosotros. ¿Quién carga a nuestros muertos? Nosotros. ¿Quiénes eran nuestros muertos? Jóvenes como nosotros”.

No era para menos. Entre 2020 y 2024 se registraron 563 homicidios de niños, niñas y jóvenes en Quibdó, según los datos de la Fundación Círculo de Estudios. Por esta urgencia, el gobierno Petro abrió en 2023 el Espacio de Conversación Sociojurídico de Paz Urbana en Quibdó, que tuvo resultados del 54 % de reducción de homicidios ese año, respecto al 2022; pero que, ya finalizado el Gobierno, no es claro qué consiguió. En todo caso, no fue el desarme. 

Entonces sí, ‘Los Bárbaros’ fuerzan una mirada distinta: los jóvenes no tienen que ser irremediablemente parte de la violencia, sino de la reconstrucción que apenas comienza. Pero sostener esta visión requiere de otra. Nubia Carolina Córdoba, la gobernadora del Chocó, anunció que los jóvenes de este grupo de voluntarios que quisieran estudiar en la UTCH tendrán una beca para hacerlo, una vez la universidad vuelva a operar.

Esto es importante, pero no borra las preguntas que se alzan con el nuevo gobierno: ¿Cómo proteger la vida de los jóvenes, retribuir su esfuerzo y ofrecer soluciones a problemas estructurales cuando la mirada que se propone es la de la militarización y la solución bélica al conflicto? ¿Cómo lograr que no se siga imponiendo el estigma de juventud igual a peligrosidad? ¿Qué hacer para que ese enfoque de cuidados, que ha sido la respuesta comunitaria al terremoto, también sea una respuesta estatal que ayude a cerrar las brechas de inversión y acceso a derechos entre el Chocó y el centro del país? 

No se puede hacer nada de esto sin reconocer el racismo estructural y sin respetar los derechos de los pueblos negros.

Muchas cosas deben cambiar y otras ya lo hicieron. El terremoto cambió la rutina de todos. Desde entonces, DJ Yomo ya no es noctámbulo. Ahora se despierta antes de las siete de la mañana y escribe un mensaje en el grupo de WhatsApp de ‘Los Bárbaros’: “Muchachos, nos vemos en el Parque Manuel Mosquera a tal hora”. Ahí esperan a que los llamen. Y, entonces, entra el siguiente mensaje: “Listo, muchachos, vamos para tal barrio. Llegó un camión, vamos a descargarlo”.