Matar al ídolo, abandonar el sufrimiento: ‘Un poeta’ de Medellín

Ganadora en Cannes, ‘Un poeta’ es el segundo largometraje de Simón Mesa. Una tragicomedia que se ríe del mito del artista maldito y de los clichés de la industria cultural, para mostrar que la redención puede estar en la profundidad de lo simple.

Fecha: 2025-08-29

Por: Elizabeth Otálvaro

Fotografía de portada:

JUAN SARMIENTO

Matar al ídolo, abandonar el sufrimiento: ‘Un poeta’ de Medellín

Ganadora en Cannes, ‘Un poeta’ es el segundo largometraje de Simón Mesa. Una tragicomedia que se ríe del mito del artista maldito y de los clichés de la industria cultural, para mostrar que la redención puede estar en la profundidad de lo simple.

Por: ELIZABETH OTÁLVARO

Fotografía de portada:

JUAN SARMIENTO

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En la cafetería de sillas anaranjadas de la esquina de la calle Caracas con Córdova, en el límite difuso entre el barrio Boston y el centro de Medellín, está sentado Óscar Restrepo, un hombre desaliñado, encorvado y lánguido de 56 años. Al frente suyo, Yurlady, su estudiante de apenas quince. Óscar muerde un pastel que se desmorona y le deja migajas en la barba y la camiseta, mientras intenta convencerla de que la poesía es un camino más digno que el destino que —así lo cree él— parece estar escrito para una muchachita de las laderas de la ciudad.

—¿Se puede vivir de ser poeta? —le pregunta Yurlady.

Óscar guarda silencio. Traga. Y, en lugar de responder, le suelta otra pregunta: que si a ella no le gustó el pastel, porque todavía no lo ha probado.

A Yurlady le encanta pintar uñas, sueña con ser mamá y no arrastra la melancolía que él quisiera encontrar en los versos que ella escribe. Sin embargo, en Yurlady y en su cuaderno lleno de color y de poemas descubre un talento que le devuelve la ilusión. A él, que fracasó en su empeño de imitar el dramatismo de José Asunción Silva y que, empujado por el desempleo, terminó convertido en el profesor de colegio que nunca quiso ser. Por eso, encontrarla es, quizá, su mejor poema: su liberación.

Hablo de Un poeta, galardonada en la última edición del Festival de Cine de Cannes y disponible en salas colombianas desde el 28 de agosto de 2025. Es el segundo largometraje del cineasta paisa Simón Mesa, después de Amparo (2022). Y digo paisa antes que colombiano porque esta obra asume su espíritu local y logra transformarlo en un respiro generacional y espacial.

Simón Mesa Soto, director de 'Un poeta'. Fotografía por Daniela Díaz.
Simón Mesa Soto, director de 'Un poeta'. Fotografía por Daniela Díaz.
Simón Mesa Soto, director de 'Un poeta'. Fotografía por Daniela Díaz.

Crecer en Medellín es verse —casi siempre— representada en un relato de excesos: la violencia repetida como postal, la épica de los pillos, la espectacularización de la miseria. Por eso, recibo la nueva película de Simón como un alivio: la ciudad no aparece exotizada ni como telón de fondo para reforzar el mito de la barbarie, sino como un lugar cotidiano, íntimo, atravesado por las contradicciones de sus personajes y también por el humor que brota de lo absurdo y lo común.

“No tuve que forzarme a hacerlo. Soy alguien que vive en Medellín, que nació y creció aquí. Tengo toda una vida acá. No buscaba hacer una película paisa; simplemente ese es el universo de los personajes”, me dice el director.

Por eso lo situado no funciona como un límite, sino como un umbral. Entre los guiños a Daniel Damián —ese personaje viral de la Universidad de Antioquia—, al Bar Colón, a los rostros que se repiten en la escena cultural de la ciudad y a los festivales autogestionados, la película parece recordarnos que nuestros dilemas y contradicciones —sobre el arte y el fracaso— no son solo nuestros: resultan más comunes y universales de lo que creemos. Esa resonancia, dice Simón, le ha quedado clara en las risas y comentarios del público, incluso fuera del país. 

Esta película abre una posibilidad de narrarnos de manera distinta: cotidiana y no solemne. “Es una película sencilla”, le dijeron hace poco a Simón. Y eso le gustó. Porque la película habla de cosas simples —escritores en billetes, cartas en cuadernos, rayos de luz—, aunque él sabe que en la simpleza se esconde una enorme complejidad. Como en la búsqueda de la luz de Óscar, el protagonista, que al final no es otra cosa que abandonar el sufrimiento como lugar común del arte para abrirse paso hacia la tranquilidad.

Le pregunté a Simón cuánto hay de él en Óscar. “Quería retratar a un hombre que también es un reflejo de mí y de mis dilemas”, me cuenta, mientras reconoce que fue desdibujándose poco a poco cuando el actor Ubeimar Ríos se apropió del personaje. “Él lo convirtió en sí mismo”, precisa. El mérito de Un poeta no recae solo en el equipo de producción: los actores y actrices se volvieron íconos. Hoy las redes sociales están hechas un vasto álbum fotográfico de Ubeimar.

Igual, muchas cosas parecen unir al protagonista y a un cineasta que busca financiación para una película. Un poeta se burla del lugar común mientras lo habita. Simón recuerda lo difícil que fue hacer un pitch, vender su historia y lograr que se entendiera la ironía. Le tomó años reunir los recursos, y en ese trayecto aparecieron la frustración y la duda: si sería capaz de superar lo que él y otros en su gremio llaman el “operaprimismo” de los autores colombianos. Se preguntó si lograría sacar adelante una película más o si, más bien, debía resignarse a ser para siempre un profesor.

Pareciera que a Simón se le cuela una idea de fracaso, como se le cuela a Óscar cuando no alcanza a reconocer que los sueños de Yurlady son más sencillos —como ella misma lo dice—, y que en ellos cabe, incluso, lo “normalizado”, por ejemplo la maternidad. También aparece un dejo de narcisismo, y el propio Simón lo admite en algunas entrevistas donde confiesa que la relación del profesor con la estudiante se parece un poco a la suya con sus actrices, y a esa persistente ilusión de que el arte puede ser redentor. Lo magistral de la película es que consigue reírse de ello con destreza, como quien se contempla en un espejo deformado y, en vez de incomodarse, descubre en la distorsión un verdadero chiste.

Le pregunté también por algunas escenas que resultan incómodas. Un colega periodista las calificó de “burdas” al salir del estreno, el martes 26 en Bogotá. Quise saber cómo había enfrentado esa frontera porosa entre reírse de ciertas acciones del activismo indigenista o feminista sin deslegitimar sus causas. Simón fue claro: “No busco hacer una crítica, pero creo que hay una serie de distorsiones que se generan en torno a las luchas. […] Entonces, en un punto sentía que si iba a reírme de algo, tenía que reírme de todo. Incluso lo más difícil fue hacerlo de la misma familia de Yurlady”.

Simón Mesa Soto, director de ‘Un poeta’. Fotografía por Daniela Díaz.

Yo celebro la valentía de Simón en un mundo donde el implacable juicio moral se convierte en mordaza. Que podamos reírnos de la deriva de nuestras propias formas de habitar ese espeso mundo de la creación quizá sea la única manera de transformarlo desde lo más hondo. Porque muchas veces, en la sociedad en la que vivimos, parece más importante el panfleto que ser una buena persona”, dice Simón.

Más o menos por eso a Óscar le bastó dejar de mirar la imagen del poeta idolatrado para volver a escribir. En ese gesto mínimo se derrumba el mito del poeta maldito, condenado a sufrir para crear, y aparece, en cambio, la posibilidad de la redención o, mejor aún, de la liberación. Un poeta se sostiene en ese desprendimiento: una tragicomedia que desnuda la solemnidad de la industria cultural y nos recuerda que la verdadera redención puede ser tan simple —y tan profunda— como el abrazo de una hija o la complicidad de una madre. Es decir, elegir la tranquilidad cuando esa es una opción, aunque esta se parezca más a reconocer y aceptar el fracaso y la imperfección.