Peligro: erosión costera

Arboletes, en Antioquia, y Puerto Rey, en Córdoba, son las zonas donde el mar ha erosionado más las playas en todo el Caribe colombiano. En los últimos años, decenas de personas se han tenido que desplazar ante el avance de las olas que se meten a sus casas hasta expulsarlos.

Fecha: 2024-04-09

Por: Luisa Fernanda Gómez Cruz

Peligro: erosión costera

Arboletes, en Antioquia, y Puerto Rey, en Córdoba, son las zonas donde el mar ha erosionado más las playas en todo el Caribe colombiano. En los últimos años, decenas de personas se han tenido que desplazar ante el avance de las olas que se meten a sus casas hasta expulsarlos.

Fecha: 2024-04-09

Por: LUISA FERNANDA GÓMEZ CRUZ

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Los días de lluvia, Elizabeth Vuelvas se paraba frente a la orilla a revisar qué pedazo de su casa se estaba yendo a la barranca. “Y cada vez veíamos que el mar venía más pa’encima, más pa’encima”.

En una de esas arremetidas, el agua hizo un túnel por debajo de la casa, de modo que cuando las olas llegaban —acompañadas de piedras, palos y otros pedazos de tierra—, Elizabeth sentía el suelo crujir y una serie de trastazos bajo sus pies. Pasaron dos o tres años. En el último, el hambre del mar se intensificó tanto que el piso se empezó a abrir y las paredes se resquebrajaron.

El miedo no la dejaba dormir; temía que los muros le cayeran encima y que sus hijos se fueran al barranco. Presentía que sería imposible seguir viviendo en esa casa y su presagio se hizo realidad  en 2014, cuando una mareta golpeó tan fuerte la costa que la despojó de su vivienda junto a otras 16 familias de Minuto de Dios, un caserío que es al mismo tiempo un barrio de Arboletes, Antioquia, y una vereda de Puerto Rey, municipio de Los Córdobas, Córdoba. 

Los mismos vecinos atendieron la emergencia. Con plásticos verdes, construyeron un albergue improvisado sobre un terreno vacío, ubicado cerca de la orilla, porque no había dónde más. Allí, con los piecitos en el barro, el hijo menor de Elizabeth aprendió a caminar. Estuvo ocho meses en el albergue hasta que los vecinos le construyeron una casita pequeña, hecha de tabla y ubicada en el barrio que llamaron Villa Esperanza; lejos del mar, frente a la carretera, junto a las otras familias damnificadas por la erosión. 

“No es la gran casa —dice Elizabeth— pero al menos tenemos donde vivir. Mi casa era de adobe, con su piso de cemento, era una casa completa. No es lo mismo tener un cimiento en su adobe, que uno sabe que no se va a dañar. Pero ya nos quedamos en estas casas tan pequeñas y la madera con las que la hicieron ya se está dañando”. Con la mano acalorada señala las tablas resquebrajadas en medio de un aire denso.

No era la primera vez que se quedaba sin casa. A mediados de la década de los 2000, huyendo del conflicto armado en Necoclí, Elizabeth llegó a este barrio-vereda con su papá, mamá y cuatro hermanos. Ya entonces, Minuto de Dios era un pueblo acostumbrado a recibir a los sin nada. Había sido fundado en 1992 por invasores y se pobló luego con desplazados por la violencia que, como Elizabeth y su familia, fueron levantando sus casas. 

Cuando los padres de Elizabeth se fueron, ella se quedó en aquella casa con sus dos primeros hijos y su compañero hasta que el mar se le empezó a meter y “cuando me di cuenta el horcón estaba en el aire”. Desarmó su cama y la movió con el resto de sus cosas a una casita más pequeña que tenía en el solar, lejos de la orilla, y se acostó a dormir. Cuando amaneció, la casa grande estaba totalmente en el suelo, desparramada.

Elizabeth Vuelvas en su casa de madera, construida por sus vecinos de Minuto de Dios, Córdoba. Fotos: Rodolfo Montes.

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Cuentan los más viejos que, en el comienzo, esa isla lejana, que hoy se avizora desde Arboletes, y ese pedazo de tierra derruida, que hoy es Puerto Rey, eran una sola. Entonces se llamaba Punta Rey y era una península de 1,6 kilómetros de extensión sobre la cual había una o dos casas, o ninguna, dependiendo de a quién se le pregunte. Era pura arena o pura piedra, o una mezcla de ambas. Pero con certeza había un puerto desde el cual salían embarcaciones hacia Cartagena o llegaban desde Necoclí, y era una barrera de protección natural para las costas de Puerto Rey y Arboletes.

Nadie sabe en qué momento la península se separó, ni el motivo de la emancipación. Lo que todos saben —porque han podido verlo— es que el mar hizo lo propio y formalizó el divorcio, más o menos, en la década de los sesenta. Y saben también que ese fue el comienzo del fin de los días felices.

Al mismo tiempo —cuentan—, viendo la aparente infinitud de playas que tenían ante sus pies, los habitantes de la zona comenzaron a extraer arena, gravilla y hasta madera de mangle para la construcción de casas y hoteles, pues hacia los años setenta y ochenta esas magníficas playas habían convertido a Arboletes en un destino turístico paradisiaco. Entonces no sabían que la extracción de arenas los haría aún más vulnerables.

No pasó mucho tiempo antes de que el mar se llevara la primera línea de casas. Quienes entonces quedaron de cara al océano construyeron espolones para protegerse: líneas de piedras arrumadas  perpendicularmente a la costa. No sabían —no tenían cómo saberlo— que eso también continuaría profundizando el problema. Los espolones y los tómbolos solo le sacan playa a quien los tiene de frente. Y se la arrancan, con más fuerza, a quienes están a los costados. 

Galería 2_Erosión Costera
Tómbolo a la altura de Arboletes. Al fondo, Puerto Rey.
Foto: Jesús Hernández.

Entre 1997 y el año 2000, la costa de Arboletes se llenó con 37 de estas obras de ingeniería que construyeron quienes tenían los recursos. Quienes no, comenzaron a ver, cada vez con más frecuencia, cómo el mar se convertía en un vecino indeseado que se metía a sus casas hasta sacarlos.

Desde hace al menos dos décadas, esa es la realidad de quienes habitan entre Arboletes y su vecino Puerto Rey. Esta es la zona con mayor erosión costera en todo el Caribe colombiano. Mientras en Turbo, Necoclí y San Juan de Urabá las tasas de erosión oscilan entre uno y siete metros por año, Arboletes y Puerto Rey alcanzaron un retroceso de la línea de costa de hasta 40 metros solo en un año. Las pérdidas de terrenos suman más de 4,5 kilómetros cuadrados, casi la misma área ocupada por la localidad de Antonio Nariño, en Bogotá.

Pero la erosión costera —que no es más que el avance del mar sobre la tierra— es apenas el síntoma de un problema de escala mundial. El derretimiento de los polos por cuenta del calentamiento global ha ocasionado que el nivel del mar aumente 4,5 milímetros por año. Sequías y lluvias —más intensas y atemporales por la crisis climática— aflojan la tierra, y el mar —que por lo mismo arremete ahora con oleajes más altos e intensos— se la lleva. Y las costas se llenan de despeñaderos.

Según datos del Ministerio de Ambiente, el 30 % del litoral Caribe y el 27 % del Pacífico están en riesgo crítico por la erosión y el aumento del nivel del mar. Para el año 2050, los océanos van a estar 30 centímetros más altos de lo que están hoy. Los mapas del mundo que conocemos cambiarán. Y las playas donde pasamos las últimas vacaciones, quizá no existan en unos años. 

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Cuando los turistas eran tantos que arribaban en buses y la calle sin asfaltar se convertía en parqueadero, Vicenta María Berrío Mendoza vendía diariamente medio centenar de arepas de huevo en Río Hobo, el punto exacto donde agua dulce y agua salada se abrazaban.

Ya nada de eso existe.

Empezó a desaparecer en 2002 o 2004, pero en 2014 fue definitivo: el mar se tragó las playas de Río Hobo —en Arboletes—, así como la casa que Vicenta había habitado por cuatro décadas.

A finales de 2014, el Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Antioquia ordenó evacuar y reubicar de inmediato a las 86 familias que habitaban en Río Hobo porque “un talud de nueve metros amenazaba sus vidas”. Solo cinco fueron trasladadas al año siguiente. Solo doce lo hicieron una década después, según datos de la Alcaldía de Arboletes.

Apenas en 2019, Vicenta llegó a La Inmaculada. Tenía 67 años. “La realidad es que yo no quería salir de allá. Pero se llegó la hora de que sí, porque no teníamos más para donde ir”.

La Inmaculada es una unidad residencial. Nueve torres con cuatro apartamentos en cinco pisos. Viviendas de interés social hechas por la Alcaldía de Arboletes para víctimas de la violencia y damnificados por cuestiones ambientales. Hogares para expulsados en el país con mayor índice de riesgo ante desastres en América Latina y el quinto a nivel global, pero que no cuenta con una normatividad que reconozca y regule la figura de los desplazados ambientales.

“¿Quiere ver mi apartamento?”, pregunta Vicenta, jocosa, y se abre paso entre una guarida de hormigón expuesto. Dos habitaciones, puerta solo en el baño, fotos pegadas en las paredes, unas cuantas mesas de madera y unas sillas sobre las que se sienta la pobreza. La luz no está invitada y el calor es omnipresente.

La familia de Vicenta pasa el día en una choza de cuatro palos y techo de zinc, en la parte de atrás de las torres, junto a las plataneras donde pasean las gallinas. Vicenta le instaló dos estufas de leña —que en realidad son tres ladrillos— sobre los que pone una olla rebosante de sancocho de carne salada con hueso blanco, sancocho de pescado o aceite para freír sus famosas arepas de huevo. Es lo único que le queda de aquellos tiempos: la misma receta preparada y servida —ya no a los turistas, sino a quien pase por ahí— bajo la misma choza, traída desde Río Hobo. Es jueves —día de sancocho de carne— y al final de la jornada no ha vendido ni un plato. 

Los damnificados de Río Hobo recibieron de la Alcaldía un techo para vivir. Pero la inexistencia de una política pública para los desplazados climáticos incide también en que no se contemplen otros factores igualmente relevantes. Por ejemplo: los medios de subsistencia de las personas afectadas que, en este caso, dependían de actividades de turismo en la playa. De ahí que la Conferencia Suramericana para las migraciones insista en que deben crearse mejores propuestas y alternativas de atención para que no se vulneren otros derechos.

Mientras camina de vuelta, Vicenta piensa en su Río Hobo. Si pudiera —dice—, si se recuperara —anhela—, volvería a Río Hobo porque es allá donde está la plata. En realidad, en Río Hobo ya no hay nada.

Vicenta Berrío en su apartamento en La Inmaculada, al que fue trasladada en 2019, luego de que una mareta destruyera su casa cinco años atrás. Fotos: Luisa Fernanda Gómez Cruz.

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“La evidencia de cómo el mar comenzó a llevarse todo el pueblo la tengo yo”, anuncia Nirma Bertel Díaz, y abre un cuaderno con fotos impresas pegadas y textos escritos a mano que procede a mostrar: “Todo esto era potrero. No quedó nada de Puerto Rey el viejo. Esta —la que pisa, justo frente al mar— era la última calle. Cada vez que vienen periodistas, se me llevan las fotos, entonces las puse en un cuaderno para que le saquen fotos de cómo era anteriormente”. 

La fuerza del mar le ha arrancado a Nirma tres casas. Muestra una foto color sepia, donde aparece retratada junto a la primera, allá por los años ochenta, cuando Puerto Rey, el viejo, era una bahía con casas que daban a la playa. Pero nada de eso existe hoy más que como un recuerdo anotado en su cuaderno: un compendio de paisajes que se fueron.

“En septiembre de 2018 se llevó la carretera del pueblo. Acá esto era una cabaña… Ya esa se fue. En el 2019, hacia allá, había otra. Ya se fue. En 2023, esta era otra. Esa ya se fue. Acá había una cabaña que quedaba frente a mi casa, la casa del señor Quijano. Aquí está otro lote que dejó un señor, ya eso se lo llevó. Y esa calle de allí, ya se fue. Ya no existe mi calle”, afirma. 

Según los habitantes de Puerto Rey, al menos cien casas han desaparecido por el avance del mar. Y este es el único conteo existente porque, afirman desde de Los Córdobas, “datos precisos que reposen en la Alcaldía no existen”. Tampoco conocen el número de personas que actualmente están en riesgo en el municipio por cuenta de la erosión.

Nirma muestra la última página del cuaderno y dice: “En enero de 2023 ya quedaban 10 metros para que se fuera mi casa. Y ya no he vuelto a tomarle fotos”.

—¿Ha vuelto a medirla?

—Sí, y quedan como cinco metros.

Nirma Bertel Díaz mostrando la bitácora de la erosión que ha ido armando en Puerto Rey. Fotos: Rodolfo Montes.

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Para llegar a la vereda Los Colorados hay que pasar la curva de Puerto Rey —en la transversal de las Américas, la vía que conecta Córdoba con el Urabá—, virar a la izquierda, atravesar un campo de platanales y andar algunos metros hacia la costa. 

Quienes tenían casas allí hablan sin parar, muestran los restos que quedan en pie, señalan la tierra abriéndose bajo sus pies y calculan cuánto terreno han perdido, dos hectáreas, tres… Se preguntan qué les va a quedar a este paso.

Erosión Costera
Milton Medrano posando frente a la que era su casa. Foto: Rodolfo Montes.

Milton Medrano señala la casa que era de su papá y le pide al fotógrafo que le tome una foto. Ana María Londoño ve la escena y explica la historia triste de esa casa: “La familia de él tenía galpones con gallinas. Una mañana Milton se levantó y amaneció una raja en la casa. Me dijo ‘señora Ana, el mar se me va a llevar la casa’. Y eso no duró nada cuando ya los galpones se estaban yendo. Se mudaron a la orilla del mar y ahora están acá”. Se refiere a la casa en medio de la platanera que hay que atravesar para llegar a la playa desde la carretera, y que apenas están terminando de adecuar. 

“Le pongo tres años para que el mar se les lleve también esta casa” —dice Elia Rosa León, líder comunal de la zona—“el mar está muy bravo últimamente y la erosión ha empeorado desde que echaron los espolones en Arboletes. Cuando pusieron esos espolones como que pega el mar más fuerte de este lado. No sé qué tiene que ver”.

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En 2014, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible diseñó el Plan Maestro de Erosión Costera, una estrategia a largo plazo para “prevenir, mitigar y controlar la erosión y sus consecuencias en las costas de Colombia”. 

Dos años más tarde, se realizó un diagnóstico institucional en el marco del plan que concluyó que casi 40 instituciones participan en el rompecabezas de la protección contra la erosión costera, pero ninguna es responsable en su totalidad. Señala falta de claridad sobre los roles y competencias entre actores (público-privados), la inexistencia de un esquema de financiamiento específico para la erosión costera y deficiencias en los procesos de participación comunitaria para la toma de decisiones respecto a las inversiones. Todos estos elementos en su conjunto —recalca—, impiden actuar adecuadamente para prevenir y reaccionar ante la erosión en un país con el 11 % de su población asentada en más de 3.100 kilómetros de costa.

Al cierre de esta publicación, el Ministerio de Ambiente no había dado respuesta a la consulta sobre el estado actual del plan. Pero en Arboletes y Puerto Rey nada de esto ha cambiado, luego de ocho años. 

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Graciela Serna aprendió a observar el mar en Arboletes. Llegó de Medellín para nunca irse de este rincón de Antioquia en 1992 y en los últimos 32 años no ha hecho otra cosa más que posar sus ojos azules en el horizonte marino. Su obsesión no tiene que ver con que mirar ese mar hasta el final de sus días fuera el deseo de su difunto esposo, sino con haber asumido como propia la tarea de salvar este pueblo —que ama como nada— de los embates de las olas. Porque también los ha padecido.

“Mi esposo soñaba con un kioskito a la orilla para tomar cafecito”, cuenta. Hace cuarenta años, encontraron un terreno junto a la playa, cerraron el negocio y se devolvieron para Medellín alborozados. Tres meses más tarde volvieron y ya el lindero se había movido dos metros. Tiempo después, llegado el momento de pagar los impuestos, Graciela revisó las escrituras y descubrió que era propietaria de tres hectáreas, cuando solo había comprado una hectárea y media. El mar ya se había llevado la otra mitad. “Ese kioskito ya lo he corrido cuatro veces”, señala.

Kiosko frente a la casa de Graciela Serna. Foto: Luisa Fernanda Gómez Cruz.
Graciela Serna en su casa en Arboletes. Foto: Rodolfo Montes.
Graciela Serna caminando por la playa que recuperó junto a su casa. Foto: Rodolfo Montes.
A la izquierda, de techo rojo, la casa de Graciela Serna. Foto: Jesús Hernández.

Fue en ese kioskito que ella comenzó a mirar el mar. Primero a mirar —dice— y luego a observar. Y en ese acto rebelde empezó a darse cuenta de cómo el mar comía y lo que hacía con cada mordida. Luego se preguntó qué podía hacer para remediarlo. No es que tuviera nociones claras de cómo encontrar una solución, pero era —aún es— una mujer curiosa y resolutiva. Sin ser ingeniera ni arquitecta, ha construido varias casas. Sin estudios de geología ni oceanografía ha aprendido a entender la tierra y el mar.

Arrancó con su propio terreno, que estaba sobre una pendiente de cuatro metros producto de la erosión. Con ayuda de un bulldozer inclinó el terreno hacia el mar —de manera que se pudiera llegar caminando— y descubrió que para que el agua no le arrancara la tierra escarpada debía hacerle un contrapeso. “Se me ocurrió hacer como los incas”, dice emocionada y señala hacia la costa. En todo el frente de su casa tiene un pedazo de tierra en recuperación del último mar de leva que azotó la zona. Con sus manos arrugadas por el tiempo señala los trinchos escalonados que ahora están en la fase de relleno con escombros, antes de pasar a la siembra de grama. Y entonces se hace evidente que la propiedad de Graciela luce distinta a todas las demás: en lugar de abismos, restos de casas y árboles caídos, hay un suelo verde y apacible sobre el que se antoja un picnic frente al mar.

“Esta casa tiene casi 30 años. La construí yo y no tiene ni una rajadura. En estos terrenos uno tiene que estar vigilando. Lo que poseemos nos posee. Yo cuido de la naturaleza y ella cuida de mí”. 

Con ese mismo método, y la fuerza de sus trabajadores, Graciela empezó a intervenir ocho playas en Arboletes y Los Córdobas. Javier Alcántara-Carrió, profesor asistente de geología de la Universidad Autónoma de Madrid, la impulsó a escribir un libro contando su estrategia para mitigar la erosión. En 2020 publicó de forma autogestiva el libro que se convirtió en inspiración para un experimento que desarrolla actualmente el Laboratorio Costero de la Universidad de Antioquia, ubicado precisamente en Arboletes. En el marco del Programa Integral para el Monitoreo y Mitigación de la Erosión Costera en el Litoral Antioqueño —Pimecla—, el modelo de Graciela fue replicado con algunas variaciones. Y si bien no han conseguido crear playa, el mar no ha conseguido llevarse los terrenos. 

Unos días atrás, Javier Alcántara-Carrió le envió un mensaje a Graciela: “Parece que usted le ganó a la academia”.

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