Chemsex: Bogotá, metanfetamina y sexo gay
El consumo de metanfetamina en contextos sexuales entre hombres gais en Bogotá ha crecido rápidamente y está pasando desapercibido, pese a su fuerte impacto en la salud pública. La evidencia científica muestra una alta asociación con la transmisión de VIH, hepatitis C y enfermedades mentales, especialmente cuando se consume por vía inyectada. El boom de la metanfetamina está ocurriendo en un entorno de desinformación y ausencia de datos en Colombia. La salud pública está en deuda por entender y atender este fenómeno, antes que los impactos sanitarios y sociales se desborden.
Fecha: 2026-04-12
Por: Sergio Pérez*
Ilustración:
Wil Huertas (@uuily)
Chemsex: Bogotá, metanfetamina y sexo gay
El consumo de metanfetamina en contextos sexuales entre hombres gais en Bogotá ha crecido rápidamente y está pasando desapercibido, pese a su fuerte impacto en la salud pública. La evidencia científica muestra una alta asociación con la transmisión de VIH, hepatitis C y enfermedades mentales, especialmente cuando se consume por vía inyectada. El boom de la metanfetamina está ocurriendo en un entorno de desinformación y ausencia de datos en Colombia. La salud pública está en deuda por entender y atender este fenómeno, antes que los impactos sanitarios y sociales se desborden.
Fecha: 2026-04-12
Por: SERGIO PÉREZ*
Ilustración:
Wil Huertas (@uuily)
El consumo creciente de metanfetamina en el mundo gay en Bogotá está pasando inadvertido. Recientemente, en una visita que hice a un centro especializado en el tratamiento de la hepatitis C en Bogotá, una enfermera me contó que el 90 % de los casos positivos que reciben son de hombres gais que consumen metanfetamina.
La metanfetamina, tina, o cristal es un potente estimulante usado por parte de hombres gais u hombres que tienen sexo con hombres para maximizar y prolongar el placer de las relaciones sexuales. A esta práctica se le conoce como chemsex, data de al menos desde los años 90s en Europa y otros países, pero está en auge en Colombia.
Usar drogas para la gestión del placer no es nuevo, ni subversivo, pero el consumo de metanfetaminas dentro de la comunidad se está extendiendo de manera vertiginosa, en un contexto de desinformación, desconocimiento e indiferencia. La metanfetamina está clasificada como la cuarta sustancia psicoactiva más peligrosa, con una bajísima proporción de daños a los otros y un alto impacto a la persona que la usa.
Se pueden identificar dos orígenes en estos impactos: por la sustancia misma y las prácticas de consumo. La metanfetamina puede ser usada de múltiples formas, las formas preferidas son la fumada y la inyectada, esta última conocida por el anglicismo slam. Acá es donde el consumo de esta sustancia empieza a tener impactos en la salud pública, porque el consumo compartido de material para inyección es un factor que permite la transmisión de VIH y hepatitis C.
Al menos en Bogotá, la tendencia de consumo de esta sustancia en la ciudad debería prender alarmas en salud pública por los impactos en la salud física como deriva de las posibles conductas sexuales de riesgo que se asumen en estas prácticas. Y también por los impactos en la salud mental, la evidencia demuestra que los hombres que practicamos chemsex presentamos mayor probabilidad de sufrir depresión, ansiedad y dependencia a las sustancias.
Esto no es de extrañar, el consumo de metanfetamina puede tener a una persona despierta por más de 3 o 4 días sin dormir, lo que puede causar paranoias, delirios y psicosis. Los estudios científicos coinciden en señalar que los riesgos aumentan cuando el consumo de drogas como la metanfetamina se hace por vía intravenosa.
Maximizar el placer, o aliviar el disconfort, suelen ser las razones que nos llevan a entrar en contacto con las sustancias psicoactivas. El consumo de sustancias en el contexto sexual va más allá del placer, estas median como herramienta de desinhibición y permite superar pasajeramente inseguridades emocionales. La relación sexo y droga no se agota aquí. En un mundo en el que las relaciones sexuales entre hombres se pactan con normalidad a través de apps de citas, el chemsex se volvió central; una investigación en 2020 en Inglaterra demostró que el 9 % de los usuarios de estas aplicaciones practicaron chemsex en el último año.
Así, la posesión de la sustancia se convirtió en una moneda de cambio para acceder a placer fácil. Un estudio en México reportó que el 63 % de los participantes aseguraron haber intercambiado sexo por dinero o drogas alguna vez, el 52.6 % en el último año. Además, el chemsex se ha vuelto clave para el ejercicio del trabajo sexual, un estudio online publicado en 2025 concluyó que esta práctica y el trabajo sexual están altamente vinculados, por supuesto, por los efectos desinhibitorios que facilitan los encuentros.
La relación sustancias y placer parece ser inescindible del ser humano, una reivindicación de nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, pero no podemos dejar pasar por alto los impactos que nos puede representar. Para el caso del chemsex, en Inglaterra se reportó que la prevalencia de transmisión de VIH entre hombres que lo practican varía entre un 30 % y 40 %. En España, por su parte, se encontró que la coinfección con hepatitis C varía entre un 5 % y un 25 %. En Colombia no hay datos al respecto. La ausencia de información y la experiencia de otros países deberían activar respuestas desde la salud pública en Colombia, como el tamizaje de este virus de manera masiva en puntos focales. Si la salud de esta población pareciera no importar, al menos sí debería llamar la atención que un tratamiento de hepatitis C, que debe ser cubierto por el sistema de salud, cueste aproximadamente 20 millones de pesos.
En el contexto bogotano también es importante considerar los impactos sociales que tiene esta sustancia. La metanfetamina era una sustancia desconocida en Colombia hasta hace unos cinco años, por lo que, a diferencia de México, su precio es muy alto. Un gramo de metanfetamina cuesta más de seis veces de lo que puede valer un gramo de cocaína en el mercado ilegal. Esto implica que el impacto económico del consumo regular de esta sustancia es severo. Y al ser una sustancia tan adictiva suele afectar las actividades diarias de las personas; un estudio hecho por médicos investigadores de la Universidad de Alcalá, el Hospital Universitario Ramón y Caja y el Hospital Universitario Príncipe de Asturias, en España, reportó un porcentaje de pérdida de empleos del 24 % asociada al chemsex, y una interferencia significativa en las actividades diarias de un 31.5 %.
La metanfetamina, al igual que otras sustancias, van a seguir disponibles en el mercado ilegal colombiano. Es urgente que las autoridades a nivel nacional y local consideren esta realidad y adopten respuestas en salud pública basadas en evidencia. No habrá respuesta en salud pública si no hay diagnóstico, y las posibilidades de un diagnóstico son lejanas, porque desde el año pasado el Ministerio de Justicia está en deuda de elaborar la Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas (ENCSPA). La abstinencia en solitario no puede ser la única medida que tengan disponibles los hombres gais para afrontar sus dificultades por el consumo de metanfetamina.
Un camino que se podría explorar es aprovechar que la institucionalidad ya cuenta con la experiencia del testeo rápido de VIH para la población LGTBIQ +, y ampliar el tamizaje a la hepatitis C. El testeo activo de hepatitis C puede cortar su transmisión, la cual puede ocurrir no solo por el consumo inyectado, sino por compartir parafernalia para esnifar o fumar. El tamizaje de este virus ya se hace con la población que consume heroína, dados los factores de riesgo por el uso por vía inyectada. La detección a tiempo evitará sobrecargas a un sistema de salud que se está ahogando. Es urgente recabar información sobre esta práctica en Colombia y plantear respuestas de salud pública no estigmatizantes y que sean sensibles al contexto de los hombres que consumimos drogas.
*Investigador de la línea de Política de Drogas de Dejusticia.
