Cero plumas: intervenir el álbum familiar para revelarse cuir e indígena
Este fotoensayo es un proyecto visual autobiográfico del fotógrafo indígena Nicolás Bernal que reconstruye —a partir del archivo familiar y del cuerpo como archivo vivo— una historia marcada por la homofobia, los discursos religiosos fundamentalistas que condenan la diversidad sexo-genérica, y la colonialidad del género.
Fecha: 2026-05-04
Por: Nicolás Bernal
Fotografías por:
NICOLÁS BERNAL
Fecha: 2026-05-04
Cero plumas: intervenir el álbum familiar para revelarse cuir e indígena
Este fotoensayo es un proyecto visual autobiográfico del fotógrafo indígena Nicolás Bernal que reconstruye —a partir del archivo familiar y del cuerpo como archivo vivo— una historia marcada por la homofobia, los discursos religiosos fundamentalistas que condenan la diversidad sexo-genérica, y la colonialidad del género.
Por: NICOLÁS BERNAL
Fotografías por:
NICOLÁS BERNAL
Desde una edad muy temprana sufrí un grave acoso por mis delicadas poses de niño cisne. Esta violencia afectó mi bienestar emocional y psicológico y me llevó a desarrollar ideaciones suicidas recurrentes. Crecí sometido a los discursos y prácticas de la masculinidad hegemónica que dictaban qué comportamientos, afectos y deseos eran socialmente aceptables. A pesar de este régimen, mi carne, espíritu e imaginación política resistieron desde la infancia. La palabra y la fotografía fueron y son mi escudo.
Hoy, utilizo este legado personal como el motor conceptual de Cero plumas: un proyecto visual autobiográfico que reconstruye —a partir del archivo familiar, la puesta en escena de recuerdos borrados y del cuerpo como archivo vivo— una historia marcada por la plumofobia u homofobia social interiorizada, los discursos religiosos fundamentalistas que condenan la diversidad sexo-genérica, y las huellas de la violencia sufrida en la infancia y adolescencia. Cada fotografía es un grito silencioso y un arcoiris que se expande desde el interior.
Como persona diversa y perteneciente al Pueblo indígena de Los Pastos, intervengo las fotografías familiares como una manera de desafiar la iconografía colonial y descolonizar el archivo familiar. Mi obra es una respuesta al trauma, a la vergüenza y a la culpa que implanta el colonialismo en el cuerpo por saberte diferente. La resignificación es el punto de partida para la transformación de una nueva narrativa visual y política.
En territorios con fuerte presencia indígena, como el departamento de Nariño, esta obra aspira a mostrar que la diversidad sexo-genérica no es una importación occidental, sino una dimensión histórica y viva de las comunidades; ello implica recuperar prácticas y saberes locales sobre el género, el cuidado y las relaciones intergeneracionales.
La diversidad sexo-genérica no es una importación occidental, sino una dimensión histórica y viva de las comunidades.
Cero plumas es acto de nombramiento, de visibilidad y de reclamación de afectos que fueron señalados como desviación, perversión e incluso sodomia. Ni enfermo, ni pecador, ni criminal. Es, a la vez, un gesto artístico y una propuesta política: la posibilidad de contar historias plurales en el álbum familiar, a veces incómodas; interrumpir narrativas hegemónicas, y abrir espacios para la convivencia, la memoria y la justicia epistémica en comunidades que han sufrido el estigma y la violencia por prejuicio.
El proyecto fue desarrollado en Ipiales, una ciudad fronteriza entre Colombia y Ecuador que se caracteriza por un sistema de valores conservador, en el cual las diversidades sexuales y de género nos enfrentamos a la exclusión social, discriminación y silenciamiento, lo cual limita nuestra participación en la vida comunitaria y en el reconocimiento de nuestra agencia como sujetos de derechos, políticos e históricos.
En este horizonte, esta obra es una provocación a mi propio contexto social y cultural que cuestiona las estructuras de poder sobre las que se cimenta la heteronormatividad, el binarismo de género y la plumofobia. Cero plumas se inscribe como contra-relato que, frente a esa lógica, afirma una existencia queer indígena que no busca “humanizarse” según parámetros occidentales, sino habitar y expandir los intersticios donde lo humano y lo no humano se encuentran y se transforman.
Esto es Cero plumas:

De niño, mi abuela paterna me llevó a la peluquería y dejó larga la parte trasera de mi pelo. Al volver a casa, mi padre exigió que me lo cortaran “como el de un niño”. Ese episodio revela cómo los estereotipos de género se encarnan a través de actos concretos: el pelo como marcador de identidad, las tijeras como instrumentos de disciplinamiento y la autoridad parental como ejecutora de normas.

Desde muy temprano, como infancia y adolescencia indígena Pasto en el contexto colombiano, la violencia hacia mi expresión afeminada marcó mi manera de habitar el mundo. Debido al acoso constante que sufrí, comencé a desarrollar ideaciones suicidas desde muy temprana edad.

Fotografía de un archivo encontrado: un diagnóstico psicológico de mi padre biológico previo a su ingreso al Ejército Nacional de Colombia. En respuesta a la primera pregunta, “¿Qué piensa usted sobre el suicidio?”, él responde: “Una forma incorrecta de evadir responsabilidades”.
La imagen registra una postura rígida: hombros atrás, barbilla en alto y estómago duro. Esa disposición corporal dentro de la institución militar es la llamada “posición de firmes”, emblema de obediencia y disciplina. Al crecer, estos valores de disciplina militarizada me fueron transmitidos en la institución social de la familia. El uniforme militar es el símbolo de la patria y se le puede considerar como un pedazo de tela o como algo por lo que se justifica morir.

De niño, en esta fotografía borré la presencia de mis primos sin comprender del todo lo que hacía, dejando solo mi figura y un vacío que evocaba la soledad. Para la sociedad, abrazar la diversidad puede ser tan incómodo como abrazar a un puercoespín.

En Grindr, la aplicación de citas y red social más grande para personas homosexuales, bisexuales, trans y queer, me encontraba frecuentemente con perfiles de hombres que en la descripción ponían, citando textualmente: “Nada de plumas”, “Cero Plumas”, “los manes amanerados no son de mi interés”, “Un man varonil y serio, nada de plumas”, “No lokas solo manes”. En psicología a esto se le llama homofobia interiorizada y ocurre cuando personas homosexuales o bisexuales interiorizan las ideas negativas que la sociedad ha transmitido sobre la homosexualidad y las aplican sobre sí mismas. Es decir, son valores sociales transmitidos que no solo te enseñan a odiarte sino también a rechazarlos cuando los ves reflejados en alguien más.

A escondidas de mis padres, me refugiaba en prácticas que desobedecen los códigos binarios del género, como jugar con muñecas, vestirme con tacones o ver America’s Next Top Model —un programa de televisión culturalmente asociado al universo femenino—. Este performance encarna la clandestinidad con la que exploraba afectos, deseos y prácticas prohibidas por la heteronormatividad.

La escritura de cartas se convirtió en un espacio seguro para expresar con seguridad una identidad que vivía en la clandestinidad y el ocultamiento, aunque siempre con el constante temor de ser descubierto y castigado. La escena evoca un acto de infancia: escribir cartas y tragarlas por miedo a ser descubierto. Se convierte en una metáfora de cómo las palabras silenciadas se transformaron más tarde en un grito insoportable que, a través del acto de salir del clóset, terminó por permitirme vivir en paz.

En secreto, lejos de los ojos de mi familia, encontré refugio en prácticas que desafiaban los códigos de género, como jugar con muñecas, gestos asociados al ámbito de lo femenino.

En EL AMOR PUEDE SALVARNOS presento una fotografía personal de mi archivo, una imagen sobre la que hoy reflexiono como mi primera intervención fotográfica. En ella, mi abuela paterna aparece de pie en el patio de nuestra casa familiar, en Ipiales, Nariño, Colombia. A su lado, una parte de la imagen se encuentra recortada en la que yo mismo había decidido eliminarme de la fotografía, en un intento por desaparecer.
A través del diálogo, del amor incondicional y del apoyo de ella, transito hoy un camino de autoafirmación. Al añadir mi huella dactilar, confirmo mi existencia como joven adulto cuir/queer indígena: una vida que durante mucho tiempo creí imposible.

La fotografía antropométrica —registro de frente y perfil— fue una herramienta desarrollada en el siglo XIX por la antropología física y la criminología para clasificar, controlar y racializar cuerpos indígenas. En el contexto latinoamericano, estos dispositivos visuales se utilizaron para reforzar jerarquías coloniales, legitimar teorías eugenésicas y fijar la diferencia indígena como signo de retraso o desviación.
Al reinscribir mi propio cuerpo en esta estructura visual, no busco reproducir su función original, sino interrumpirla. La elección de un fondo rosa, el peinado punk y la mezcla entre indumentaria tradicional y estética contemporánea configuran una identidad ch’ixi —formulado por Silvia Rivera Cusicanqui— que se fuga de las taxonomías coloniales. La tonalidad rosa introduce un código cuir/queer que fractura la masculinidad rígida y militarizada que el archivo fotográfico histórico imponía sobre los sujetos indígenas, abriendo paso a una performatividad de la disidencia sexo-genérica.

A través del intento de comprender mi propia historia, emergen también las historias de los hombres de mi familia, revelando generaciones marcadas por una cultura atravesada por la violencia patriarcal.

En nuestra cosmovisión, el tiempo es espiral: no es lineal sino circular; tiene un principio, pero no hay un fin, retornando siempre al origen. Este devenir constante supera la identidad fija impuesta por la colonialidad del género: nadie es solo hombre o solo mujer, no humano frente a animal, sino una mixtura móvil de potencias vitales.
En esta fotografía, utilizo un camuflaje no solo como estrategia militar, sino también como una puesta en escena que oculta para proteger. En los años más represivos, muchas personas LGBTIQ+ han tenido que camuflarse en la cisheteronormatividad: usar ropas, modular expresiones corporales y narrativas que no delaten su diferencia. En ese sentido, el ocultamiento no siempre es elección, sino imposición del miedo, la exclusión y la patologización.

Reconectarse con las propias raíces no solo es liberador; también puede ser desafiante. Durante muchos años huí a lugares lejanos para sentirme seguro; nunca pude escapar de mí mismo. El binario de género es un instrumento de control. El pasado no está detrás de nosotros, sino delante. Comprender la ruptura con nuestras cosmologías andinas ancestrales es necesario para sanar y vislumbrar otros futuros donde las diversidades de género y sexuales indígenas podamos encontrar un lugar en el mundo.

Como hijo indígena del Pueblo Pasto y como persona cuir/queer, me entrego al abrazo de mi abuela, transformando el gesto religioso en una iconografía del cuidado y la resistencia. Entre el crucifijo y la Biblia, confronto la colonialidad del género, concepto desarrollado por la filósofa argentina María Lugones, para explicar cómo el colonialismo no solo impuso jerarquías raciales, sino que también estableció un sistema de género binario y jerárquico que degradó y deshumanizó a los pueblos indígenas, borrando las diversidades sexuales y de género preexistentes. Este acto fotográfico desobedece esas imposiciones y reivindica la ternura como fuerza política, un territorio desde el cual regreso a mi abuela como se regresa a la tierra, a la memoria de mis ancestras y a la posibilidad de renacer.


