‘Escuché muchas cosas, pero ninguna señal de vida’: una brigada sonidista en los escombros
Lo que comenzó como un pequeño grupo de amigos del sector audiovisual y radial, unidos para atender la emergencia del terremoto en Cali, se transformó en una red de más de 100 personas dedicadas a buscar señales de vida bajo los escombros a través del sonido.
Fecha: 2026-08-20
Por: Nicole Bravo*
Collage por:
Matilde Salinas González (@matildetil)
Fecha: 2026-08-20
‘Escuché muchas cosas, pero ninguna señal de vida’: una brigada sonidista en los escombros
Lo que comenzó como un pequeño grupo de amigos del sector audiovisual y radial, unidos para atender la emergencia del terremoto en Cali, se transformó en una red de más de 100 personas dedicadas a buscar señales de vida bajo los escombros a través del sonido.
Por: NICOLE BRAVO*
Collage por:
Matilde Salinas González (@matildetil)
Es la noche del 12 de agosto. La tercera desde que ocurrió el terremoto. Del edificio Cantabria, de cinco pisos, en Cali, solo quedan dos de ruinas y una puerta negra, metálica y a medio abrir que antes llevaba al parqueadero. A las 10 de la noche, cerca de los escombros, aparece un joven vestido de negro y con audífonos azules, tipo diadema. Apunta el micrófono hacia el desastre —como si estuviera en una producción cinematográfica— justo detrás de la línea amarilla que indica ‘peligro’.
No está rodando una película; no esta vez. Es uno de los más de 100 integrantes de la ‘Brigada de sonidistas’ que, desde el 10 de agosto, recorre algunos edificios colapsados en Cali para apoyar a los rescatistas en la búsqueda de señales de vida a través del sonido.
Veinte minutos después, uno de los hombres sobre las ruinas grita: “¡Sonda de sonido, sonda de sonido!”. Tres personas aparecen en medio de la calle cargando lo que a simple vista parece la unión de varios tubos de PVC por los que, normalmente, pasan cables de luz. “Es una sonda improvisada de cinco metros”, dice Susana Caldas, una de las coordinadoras de la brigada en la zona. La construyeron con lo que tenían a mano. En una de las puntas pusieron el micrófono, para deslizarse por lugares estrechos e intentar captar sonidos casi imperceptibles al oído humano y que, de esa manera, los rescatistas puedan priorizar lugares en los que posiblemente haya vida.
“Si me escucha, haga algún sonido”, grita un rescatista en medio de las ruinas. La voz rebota entre lo que fueron pisos, paredes y techos: casas, apartamentos. En la calle, voluntarios, rescatistas y curiosos están sentados para evitar que el bullicio, los murmullos, o los sonidos de la cotidianidad caleña se filtren y estropeen la esperanza de escuchar: “¡Hay vida!”.
La pulsión de la ayuda
Mauricio Prieto no dimensionó el impacto del terremoto hasta que vio las noticias. El cimbronazo lo sacó de su casa en una zona rural de Cali. Ni sus vecinos cercanos ni su hogar tuvieron daños. Después de confirmar que su familia y amigos estaban bien, empezó a ver las imágenes de los edificios colapsados que hoy ya suman 46 en toda la ciudad, según el reporte de la Alcaldía de Cali.
—¿No será que los micrófonos sirven para algo?— preguntó Prieto a su hermano Daniel.
—Yo ya estoy acá camellando— le respondió.
Mauricio creyó que su hermano dibujante, animador y sonidista se había ofrecido a retirar escombros. Le insistió. Creía que esos equipos de punta, que eran sus herramientas de trabajo durante décadas como profesor, documentalista o radialista, podían captar señales que ayudaran a rescatar sobrevivientes.
—Estoy con los equipos— le precisó su hermano.
Daniel Prieto fue uno de los primeros en salir a la calle. Para acercar el micrófono y tratar de escuchar, esperaba el silencio que pedían en medio de edificios colapsados. A algunos de estos puntos aún no habían llegado ni los Bomberos de Cali.
Esta acción de los sonidistas ya había sido efectiva en otros países, como en México, donde crearon protocolos y guías para llevar a cabo esta labor. Con ocasión del reciente terremoto en Venezuela, esa información fue compartida en el grupo de WhatsApp que reúne a los sonidistas de Cali. Casi mes y medio después, sin preverlo, fue una pieza clave para replicar en Colombia.
Mientras los primeros cimientos de organización se daban por chat, Mauricio y varios amigos que se movían entre el cine y la radio se habían encontrado en un punto cercano a la Avenida Guadalupe, una de las zonas más afectadas de la ciudad. Allí, había estructuras agrietadas, otras con daños en las fachadas y algunas completamente colapsadas, como el edificio Ana Pilar. A excepción de Mauricio, todos los demás vivían cerca y se habían encontrado afuera de sus edificios tras el terremoto.
La primera reacción de Nathaly Espitia, Stephanie López y Ana Acosta, fue montar una olla comunitaria para que los vecinos que no podrían volver a sus hogares tuvieran alimento y abrigo. Luego, empezaron a recorrer la ciudad para llevar insumos a los voluntarios y afectados en otras zonas de la ciudad, lo que poco a poco fue haciéndoles entender qué tipo de necesidades había en Cali.
“Cada uno se comporta como un rizoma” dice Mauricio. Primero supo que César Torres, del colectivo Nois Radio —del que también es partícipe María Juliana Soto— estaba en la calle “haciendo escucha”. Y de ahí en adelante un contacto llevó a otro. Un chat llamó a más personas y la red fue creciendo. Para comunicarse mejor y centralizar la información, crearon de forma intuitiva y sin pensar mucho en el nombre, un grupo de WhatsApp llamado ‘Brigada sonidistas Cali’.
Pero no son sólo sonidistas; el grupo reúne a vestuaristas de cine, como Ana Acosta, al colectivo Nois Radio enfocado en creación y experimentación radiofónica, a gestoras de proyectos como Ana Garzón, a estudiantes como Sergio Alfonso y a más de 100 personas. “Algunos nos conocemos, otros que nunca nos hemos visto, otros sólo les conocemos el nombre de WhatsApp. Pero entre todo, fue esperanzador saber que con el conocimiento y los equipos que tenemos podemos ser útiles y apoyar a los rescatistas en lo que nos digan”, dice María Juliana de Nois.
—Ustedes tienen un sensor— dijo uno de los bomberos que estaba al frente de la búsqueda y el rescate en el edificio Ana Pilar cuando los cuatro brigadistas hablaron con él.
—No, tenemos un micrófono— respondieron.
“Ahora entiendo que cuando el micrófono se usa con estos fines, se le llama sensor”, explica Mauricio y agrega que un sensor es un artefacto que capta una señal externa y la transforma, en este caso, en ondas de sonido. Esa era la labor, capturar el sonido posible para facilitarle la búsqueda a los rescatistas.
A eso de las 10 de la noche y con los cascos y luces de bicicleta que usaron a modo de protección, la brigada de cuatro personas empezó su trabajo. Mauricio se quedó al margen hasta pasadas tres horas cuando se acabó una prueba de sonido y le preguntó a Nathaly si quería un relevo. Cuando ella aceptó, él sintió que se enfrentaba a su peor miedo.
“No elegí un camino profesional de responder rápido a asuntos prioritarios de vida”, cuenta Mauricio. “Hay personas que escuchan el corazón con un micrófono sencillo, un fonendo, y te dicen si tienes un problema, si estás bien, si te tienen que operar. Yo soy un amante del sonido, pero no quiero ser la persona que tome decisiones de vida por un sonido”, y fue por eso que apareció el miedo.
Luego fue más claro. Empezó a prepararse para la escucha: prendió los micrófonos, los probó, revisó la grabadora y, finalmente, acercó el sensor a la zona.
—¿Ustedes de qué canal son?— les preguntaron.
—No, somos de audiovisuales tratando de escuchar— contestó.
—¿Podés meter ese micrófono por ahí?— le dijo un hombre al escucharlo mientras señalaba una nevera. Era familiar de una de las víctimas que figuraban como desaparecidas entre los escombros del edificio. “Ahí está mi hermano, estaba ahí con su familia”, señala.
Mauricio sólo pudo decir que sí. Sostuvo el micrófono hacia el lugar indicado. El hombre empezó a gritar los nombres de sus familiares. “La escucha que tengo es horrible. Es una reverberación impresionante y el goteo de un líquido sobre una superficie como si estuviera inundado”, recuerda que fue lo que dijo en ese momento. Reverberación es como se le conoce al reflejo del sonido cuando un material no lo absorbe y queda como suspendido en ese espacio. “Esa vez escuché muchas cosas, pero ninguna señal de vida”, precisa.
La pedagogía del silencio, la paciencia y la serenidad
“Todos los días han cambiado los planes”, dice Ana Acosta. Ha pasado 22 años, la mitad de su vida, diseñando vestuario para cine y participando en películas como ‘Los reyes del mundo’ y ‘El vuelco del cangrejo’. Ana se convirtió en los últimos días en coordinadora de una de las unidades de la brigada.
Pero fue un rol que se fue construyendo con la práctica. El 10 de agosto, la brigada supo que gestionar el acceso no sería tan fácil y que pocos entendían lo que hacían. Rearmaron el plan y empezaron a trabajar en equipos. El segundo día, uno de los integrantes explicó el uso de las cámaras sondas; unas pequeñas cámaras tubulares y delgadas que se conectan por un cable al celular y que, por su tamaño y flexibilidad, puede llegar a lugares estrechos. Luego descubrieron las sondas médicas —como las de una colonoscopia o endoscopia— que eran más especializadas y, a punta de donaciones, lograron comprar cuatro.
Entre los roles más urgentes estaba el del gestor de silencio: la persona encargada de mediar con voluntarios, afectados, curiosos, vecinos y conductores que pasaban por la zona para tener el mayor silencio posible. “Ese es uno de los asuntos más complicados, que la gente entienda qué es silencio absoluto: no hablar, ni caminar, quedarse quieto, respirar despacio. Eso es difícil para los caleños y más para los caleños estresados”, dice María Juliana.
Después vino el rol de coordinación: la persona encargada de hacer el enlace entre los sonidistas y el Puesto de Mando Unificado (PMU). En cada punto que visitaron tuvieron que explicar lo que hacía y cómo podían aportar, no sólo a los encargados de los lugares, también a otros rescatistas o voluntarios para que no los confundieran con la prensa. Desde la brigada todo ha sido autogestionado, desde los primeros acercamientos para ofrecer lo que saben, hasta la alimentación y los equipos de protección e identificación.
“Todo es gestión propia. Desde el trabajo de oficina para saber en dónde nos necesitan hasta los cuidados de la brigada. Todos entendemos que cuando estamos en campo tenemos un riesgo, pero por encima prima la vida de quien está esperando a un familiar o a ser rescatado”, cuenta Ana.
Trabajan, en promedio, en equipos de cuatro personas: dos sonidistas, un coordinador o coordinadora de la brigada y un gestor o gestora de silencio. Tienen dos turnos al día que pueden extenderse hasta 12 horas, pero saben que en las noches su trabajo puede ser más efectivo porque hay menos ruido.
“Hemos entendido que la mejor herramienta es la paciencia”, asegura Ana. No todo el tiempo están captando sonido. A veces una parte del trabajo es sólo esperar el llamado en el lugar. Cuando esto sucede, se alistan los equipos para hacer al menos tres tomas de sonido. Solo el alistamiento puede tardar hasta 30 minutos.
La primera es una toma del ambiente sonoro para identificar cuáles son los sonidos normales o comunes del contexto y poderlos diferenciar en la escucha. La segunda y tercera toma es la del llamado que suelen hacer las personas que acompañan al sonidista para buscar una señal sonora en los escombros. A veces es simplemente un: “Si estás ahí, da dos golpes”.
Así como la escucha puede ser con un micrófono de sonda, también puede apoyarse en personas distintas a los brigadistas. “Hay túneles de 15 metros de profundidad en los que sólo entra un Topo azteca —rescatistas mexicanos que se adentran en estructuras colapsadas—. Le ponemos el micrófono. Llega al punto. Se queda quieto. Contiene la respiración para no confundir e iniciamos los llamados”, recuerda Ana. De ahí sigue el silencio y la espera. Cuando el sonidista escucha lo que podría ser una probable señal de vida, guarda la grabación, la descarga y entrega a un encargado de posproducción, un rol que se ha sumado en los últimos días.
Al principio, la brigada avisaba a los rescatistas cuando escuchaban sonidos que podrían ser señales de vida. La mayoría de veces se traducía en un grito de ‘hay vida’ lanzado a voluntarios y ciudadanos que estaban en la zona. Los aplausos estallaban y el ánimo subía. Pero desde la brigada notaron que ese mecanismo no funcionaba: “No queríamos generar falsas esperanzas”, puntualiza Ana.
Optaron por cambiar el plan de nuevo. Cada que un sonidista escucha lo que considera una señal de vida, guarda la grabación, sale del lugar, entrega el audio para pasarlo al computador, el técnico limpia el sonido en un programa —elimina el ruido del ambiente y examina las ondas sonoras que muestra el programa y que incluso pueden ser imperceptibles para el sonidista— y vuelve a escuchar para comprobar lo que el sonidista creyó escuchar. El proceso puede tardar hasta media hora.
Si la escucha arroja una probable señal de vida, el audio es entregado a los encargados del Puesto de Mando Unificado para que escuchen y tomen decisiones de acuerdo a sus conocimientos.
Según la necesidad o los audios grabados, la brigada puede construir una especie de mapas sonoros de acuerdo a las huellas —sonidos fuertes o distintos— que hay en el espacio, y así cruzarlos con la experiencia de los Topos que han recorrido el lugar, las tomas de los drones térmicos que captan las variaciones de temperatura en la zona y el conocimiento de la estructura que tienen los profesionales encargados de saber cómo estaba construida, cómo fue el derrumbe y cuáles son las vigas o paredes claves para la búsqueda. Así ayudan a triangular información.
Detrás de esas labores y con un trabajo menos visible, hay un equipo de personas que se encarga de: gestionar dinero para la gasolina, preparar la comida, ubicar los puntos en los que estarán, de saber si llegaron a casa o ya salieron de turno y hasta de transcribir audios enviados en el chat que otros no alcanzan o no pueden escuchar en medio del trajín del día. “Cada uno encuentra qué hacer”, dice María Juliana, una de las encargadas de la logística y del WhatsApp en la brigada.
Pero las jornadas extensas de escucha no son lo único agotador. Lidiar con los egos y la burocracia ha llevado al equipo, de entre 50 y 80 brigadistas en campo, a entender que por más que quieran hacer su labor esta depende de quién está al mando. “Hay gente colaboradora, hermosa, y hay otros a los que no les vale nada, quieren quitar los escombros y limpiar la ciudad”, comenta Ana.
La emergencia y la labor de la brigada tampoco evita que funcionarios y hasta rescatistas traten de forma diferenciada a las mujeres y sospechen de sus capacidades. “Es un mundo demasiado masculino”, resume Ana, quien ha escuchado frases como: “Esto es para hombres”. “¿Usted sí es capaz de estar ahí?”. “En un momento le dije al compañero sonidista que mejor hablara con los encargados. Tuve que hacerme a un lado porque no me iban a escuchar. Es un mundo demasiado hostil”, cuenta Angélica Rodas, otra de las sonidistas.
Luego, cuando la escucha acaba, cuando se van a casa, cuando la cabeza está más fría, llega lo emocional. “Tratamos de buscar el centro y tener un apoyo emocional. A quienes vemos afectados les hacemos un llamado al descanso y los acompañamos. Es importante estar juntos”, dice Ana. “Algunos son expertos en sonido directo y han escuchado sonidos muy explícitos y claros, voces o ruidos precisos, pero no es tan sencillo abrir espacio y, a veces, cuando llegan a la persona, ya es tarde”, concluye.
No hay un conteo de los sonidos escuchados, y que posiblemente fueron señales de vida, que hayan terminado en rescates exitosos. Pero ha pasado. “Los números no son tan alentadores, pero dos o tres personas rescatadas son un alivio”, asegura María Juliana Soto.
El trabajo de la brigada es inmediato, de esos primeros días cruciales cuando sigue la esperanza de encontrar vida entre los escombros. “Esto es hasta que sea necesario, hasta el momento en que nos necesiten”, precisa Ana..
El sábado 15 de agosto, la brigada anunció en sus redes sociales un alto en el camino. Aunque ya no estén desplegados sobre el terreno, permanecerán alerta ante cualquier emergencia que los necesite, mientras diseñan sus próximas acciones a largo plazo. Hoy, a medida que la esperanza de hallar vida bajo las ruinas se desvanece con el correr de los días, los sonidos de Cali regresan a su rutina: el rumor de los motores de autos y motos, y el estrépito de la maquinaria pesada que remueve los escombros. El silencio, un silencio denso y no del todo absoluto, parece instalarse finalmente en una ciudad que hoy guarda luto.
*Nicole Bravo es comunicadora social y periodista de la Universidad del Valle, magíster en Estudios Sociales y Políticos de Icesi. Fui investigadora de Cuestión Pública y cubrí política y poder regional en La Silla Vacía y en Consonante, un medio de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip). Actualmente soy periodista freelance y docente hora cátedra de la Universidad del Valle y del programa de Comunicación de la Universidad Icesi.


