Soy cristiana católica y Abelardo no me representa
Detrás de la idea de que estas elecciones no son solo “una batalla política, sino una guerra espiritual”, se esconde una apropiación de la fe cristiana por parte de una campaña que promueve todo lo contrario a los principios cristianos: la de Abelardo De La Espriella.
Fecha: 2026-06-18
Por: María Paula Murcia Huertas
Ilustración por:
Matildetilde (@matildetil)
Fecha: 2026-06-18
Soy cristiana católica y Abelardo no me representa
Detrás de la idea de que estas elecciones no son solo “una batalla política, sino una guerra espiritual”, se esconde una apropiación de la fe cristiana por parte de una campaña que promueve todo lo contrario a los principios cristianos: la de Abelardo De La Espriella.
Por: MARÍA PAULA MURCIA HUERTAS
Ilustración por:
Matildetilde (@matildetil)
El pasado domingo 14 de junio, Abelardo De La Espriella se paró dentro de una urna de cristal en frente de la Basílica Menor del Señor de los Milagros, en Buga, para pronunciar allí sus palabras de cierre de campaña. Comenzando su discurso, gritó:
“Esta campaña será inolvidable porque me puso frente a frente con el negrito de mi alma, con Nuestro Señor de los Milagros y cuando estuve allí frente a Él, comprendí que esta lucha era mucho más grande que un candidato, que una elección y que cualquier partido político. Sentí sobre mis hombros la responsabilidad histórica de representar la esperanza de millones de colombianos que se niegan a arrodillarse y desde ese día me sentí distinto. Comprendí que esta no es solamente una batalla politica, es una batalla moral, es una guerra espiritual, es una batalla por el alma misma de la patria, y con la ayuda del negrito y con el fervor de ustedes la vamos a ganar”.
Durante su campaña, Abelardo De La Espriella ha elegido siempre hablar frente a templos católicos con gran afluencia para pronunciar sus grandes discursos, como manera simbólica de reforzar el uso de la devoción cristiana y de su propia conversión y fe para respaldar su aspiración presidencial.
Apropiarse estratégicamente de la devoción cristiana es una jugada engañosa porque instala una narrativa (más) de alteridad radical: acá somos cristianos, allá no. Y las consecuencias de esa polaridad artificial son peligrosas, sobre todo cuando se respaldan en “una guerra espiritual”. Con esto, el candidato pretende instalar una narrativa de que la fe cristiana le pertenece a esa campaña y que, como plantean y explican aquí Tatiana Duque y Ana León de La Silla Vacía, “votar por Abelardo es estar del lado de Dios”.
Por el otro lado, como toda estrategia de perfilamiento de un “nosotros” versus un “otros”, tiene una contracara. En este caso es la difusión de desinformación sobre Iván Cepeda y su relación con la religión y con las iglesias. Esto deriva en acusaciones falsas como que Cepeda va a cobrar por entrar a las iglesias, quitar el verso “comprende las palabras del que murió en la cruz” del himno nacional o declarar al papa León XIV persona non grata en Colombia. Este es el clásico uso de las noticias falsas aplicadas a la emoción más profunda de la gente: el miedo a perder su libertad de culto.
Y sería una jugada astuta (aunque nada novedosa) porque conecta con la dimensión más elemental de los seres humanos: los principios morales que nos rigen de manera personal y que interiorizamos más allá de argumentos y de la razón. Conecta con la fe. Cuando alguien que aspira a ser una autoridad pública enuncia que su horizonte moral es el mismo mío, conquista ese nivel más profundo porque habilita la conexión moral entre lo personal y lo colectivo.
Sería una jugada astuta de De La Espriella, dije, si fuera cierta. Pero está construida sobre el supuesto de que si De La Espriella se encomienda a sí mismo y a su campaña a Dios, eso significa que él, su plan de gobierno y su campaña, comulgan con los valores cristianos, a diferencia de Cepeda, su campaña y sus votantes que no lo hacen. Y eso es falso.
Quizás las alusiones de De La Espriella al cristianismo católico y a la Iglesia, además de sus constantes referencias a su radical conversión, vengan de un lugar genuino de fe, pero son deshonestas. Sus palabras, sus acciones y su plan de gobierno para Colombia no son concordantes con esos principios cristianos que dice defender.
Abiertamente promueve políticas violentas como la legalización del porte de armas y las megacárceles al estilo de El Salvador, en donde se suprimen los derechos y la dignidad humana, que está en el centro de la fe cristiana. Ha repetido que hará “fracking a lo que dé”, aun cuando está comprobado que esta práctica genera devastación ambiental irreversible, evaporando la idea del “cuidado de la casa común”, que es fundamental dentro de la doctrina social de la Iglesia. Y ha prometido que acabará con la JEP, institución creada para la paz, que es uno de los mandamientos primordiales de Jesús.
Además, De La Espriella se aferra a una retórica basada en la eliminación del otro: ha afirmado que destripará a la izquierda –así sea “por la vía de la Constitución”, como luego mencionó en entrevistas para explicar su exabrupto, pero la Constitución no permite destripamientos–; que bombardeará campamentos “narcoterroristas” y que estaría dispuesto a actuar de la misma manera que Netanyahu contra Palestina para defender a Colombia –es decir, a cometer un genocidio contra quienes cree diferentes–. La suya no es una política de amor al prójimo como mandata el cristianismo, sino que es una política de eliminación del prójimo.
Mientras tanto, Iván Cepeda no se encomienda a Dios, pero sí plantea en su plan de gobierno de manera explícita un respeto a las iglesias, la garantía de la libertad de culto e incluso en la creación de “condiciones favorables para que las iglesias y comunidades de fe continúen aportando con su labor educativa y de inclusión social”, tumbando los argumentos falsos que afirman que en su gobierno se iría lanza en ristre contra las iglesias.
Cepeda habla de la dignidad humana y plantea que es necesario lograr que deje de ser un privilegio. Es decir, promueve un país en donde el prójimo tenga las mismas condiciones que yo, reconociendo que ese prójimo debe incluir a todas las personas que han sido históricamente excluidas en este país. También tiene una visión de seguridad no solo como enfrentamiento de la violencia desde las armas, sino como un mecanismo de garantía de condiciones de vida que hagan menos probable que la violencia prospere. Esto se acerca a una visión de la seguridad desde la paz, que es una de las enseñanzas más repetidas de Jesús.
Para el progresismo que abandera, esta seguridad humana es indisociable de la justicia social: una revolución ética y política frente a la desigualdad y la pobreza que ponga en el centro los derechos fundamentales y la equidad, asumiendo que “nada sin el pueblo”, porque el bienestar del pueblo es el bienestar de todos. Asimismo, asume la defensa de la naturaleza y la biodiversidad, sintonizándose con el cuidado de la casa común. El proyecto de Cepeda se fundamenta en lograr que Colombia sea una potencia de la vida. Las políticas de este candidato son unas de reconocimiento e inclusión de la diferencia, del prójimo humano y más que humano y del cuidado de la vida.
Y lo digo reconociendo que la campaña de Cepeda comulga con principios cristianos pero no es una campaña cristiana. Por ejemplo, manifiesta su apoyo a asuntos que aún lamentablemente tienen detractores dentro de ciertos sectores del cristianismo y que seguramente son un factor decisivo para el voto de esos sectores. No obstante, también promulga la paz, la igualdad y la defensa de la vida como núcleo del deber ser de la manera de gobernar un país. Principios que se asemejan de manera profunda a los principios cristianos. Quisiera creer que somos más las personas cristianas y católicas que no creemos en dogmatismos ciegos de la fe y, por el contrario, tenemos la capacidad de discernimiento para ver más allá de las palabras y reconocer en los principios fundamentales del cristianismo el camino deseable.
La Conferencia Episcopal de Colombia emitió en un comunicado el 20 de mayo que propone unos criterios guía para el voto cristiano. “El cristiano no vota por ‘salvadores’, sino por programas que respeten la dignidad humana, la justicia social y el cuidado de la casa común”. En los últimos días ha expresado que estos lineamientos no pretenden favorecer a ninguna campaña política, pero no por eso los criterios dejan de ser válidos y aplicables a ambas campañas. Claramente hay una que se acoge y otra que no.
Usar a Dios como una estrategia de campaña para descalificar y excluir a otros es instrumentalizar su palabra para fines que la misma palabra condena. “La paz os dejo, mi paz os doy”, recitamos en la misa las personas católicas, como un recordatorio de la enseñanza de Jesús a sus discípulos en la Última Cena que compartió con ellos, antes de ser crucificado. Como cristiana católica yo creo en la paz, en la justicia social y en la defensa de todas las formas de vida. Como cristiana católica yo elijo jugármela por la vida, por Iván y por Aida. 🫰🏼


